Puede que el aviso de los servicios de inteligencia norteamericanos a los Mossos fuera uno de tantos como se esforzó en recalcar el conseller de Interior. Puede también que la alerta no guardara relación con lo acontecido, aunque es verdad que parece mucha casualidad. Puede incluso que haberle dado credibilidad al aviso no hubiera logrado conjurar la acción terrorista del 17 de agosto y que, al final, hubieran atentado de igual manera en la Rambla o en cualquier otro espacio concurrido de Cataluña. Todo eso es perfectamente posible y argumentable y de haberlo hecho así en el momento en que sacó la información el Periódico de Cataluña tendrían fundamentos racionales para defender su actuación. Pero no obraron así, lo que hicieron fue mentir, mentir como bellacos y acusar al periódico y a todos los medios de comunicación que se hicieron eco de la noticia de montar una campaña contra los Mossos y contra la capacidad de Cataluña de bastarse por sí sola frente al terrorismo.

Mintió Puigdemont negando el haber recibido el aviso, mintió su conseller Joaquim Forn y mintió el jefe  de los Mossos Jose Luis Trapero que aun, en las últimas horas, con todas las evidencias en manos de los informadores, seguía negando la mayor. Trapero, que había triunfado gestionando la comunicación del atentado, ha pasado de héroe a villano en unas pocas horas por culpa de esas mentiras. Su reacción en la comparecencia ante la prensa retando al director del Periódico como un chulo de taberna ha evidenciado hasta qué punto sus compromisos son políticos y no profesionales en favor de la seguridad de todos los catalanes. Trapero ha pasado de héroe a villano por culpa de esas mentiras

Mintieron porque entendían que el admitir la existencia de esa alerta de la inteligencia norteamericana podía menoscabar su prestigio como gestores de la Seguridad y perjudicar el “procés”. Los atentados tuvieron lugar en unas fechas demasiado próximas al 1 de octubre, y temieron que el reconocer que despreciaron la advertencia les descalificara en tan delicada circunstancia. Temieron que les sucediera lo que Aznar con su manifestado empeño en señalar la responsabilidad de ETA en los atentados del 11 M en vísperas de unas elecciones generales. Y por eso insultan y amenazan a los periodistas revelando un desprecio intolerable a la libertad de expresión.

En esa deriva mezclan  aviesamente a los agentes de los Mossos, que no tienen culpa alguna de sus falacias y cuyo comportamiento, tras los atentados, fue impecable. No son ellos los que están en esta cuestión sino quienes les dirigen. Y  es la dirección de la policía catalana la que ha de enfrentarse al hecho de que no solo despreciaron una alerta del Centro Antiterrorista mejor informado del mundo sino que pasaron además del aviso de la Policía belga sobre el imán que montó la célula terrorista y que  tampoco investigaron a tiempo la explosión de Alcanar.

Una cadena de desaciertos que, como poco, exige algo de humildad y una comisión que los investigue para que no vuelvan a repetirse. Era sabido que Cataluña estaba en el punto de mira del terrorismo yihadista pero Puigdemont seguía creyendo, como en su día dijo Artur Mas, que su enemigo era el Estado español. El Gobierno catalán estaba centrado en lo suyo y no en la seguridad de los ciudadanos. Y para que no se notara, mintieron.