¿Quién teme una moción de censura?

CARLOS SANTOS. PERIODISTA
Carlos Santos, colaborador de 20minutos.
Carlos Santos, colaborador de 20minutos.
JORGE PARÍS

Cuando Felipe González presentó la primera moción de censura, en el año 1980, la ganó desde el instante mismo de anunciarla.

-¡Una moción de  censura, los socialistas van a presentar una moción de censura!-, gritaban por los pasillos del Congreso los periodistas, mientras corrían a las cabinas de teléfonos para llamar a las redacciones.

-El PSOE va a presentar una moción de censura.

-¿Y eso qué es? –preguntaba asustado el redactor jefe.

-No estoy muy seguro, pero suena muy fuerte-, contestaba el plumilla antes de dictar la crónica y marcharse al Pachá a tomarse unos whiskies con Senillosa.

Es lo que tiene la moción de censura: suena fuerte, aunque se trate de un mecanismo parlamentario elemental, vinculado a la obligación constitucional de controlar al Ejecutivo y encaminado a "exigir la responsabilidad política del Gobierno", dice la ley. La oposición podrían presentar media docena al año, si quisiera; la ley se limita a señalar que deben firmarla más de 35 diputados y quien haya firmado una no puede volver a presentar otra hasta el siguiente periodo de sesiones. Sin embargo, durante décadas, los grupos políticos han esquivado su utilización. De hecho, solo se han presentado dos. La de Felipe González y la que presentó en 1987 Antonio Hernández Mancha, efímero presidente de Alianza Popular, el partido embrionario del PP fundado en 1977 por Manuel Fraga con otros seis ministros de Franco.

La censura de González tenía por objeto desgastar a Suárez  y foguearse él mismo como alternativa; lo consiguió con creces. La censura de Mancha tenía por objeto presentarse en sociedad; Fraga le había dado el cargo, él no tenía escaño en el Congreso y esa iniciativa le serviría para hacer pública exhibición de músculo político frente al felipismo gobernante. Le salió fatal. En lugar de hacer exhibición de músculo hizo exhibición de sus propias limitaciones y en lugar de desgastar a Gonzalez se desgastó a sí mismo.

Desde entonces nadie ha llevado una moción de censura hasta el final, aunque Rubalcaba amagó con una. ¿Por qué no? ¿Por qué no usan más ese instrumento democrático? Quizá temen que se le vuelva en contra, como a Mancha. Por eso en el universo mundo de Podemos hay muchos (no sólo los valencianos de Compromís) que recelan de la iniciativa de Pablo Iglesias. Creen que son mayores los riesgos que las ventajas y piensan que su oportunidad –elemento decisivo en estas iniciativas- es discutible.

Desde el punto de vista de los ciudadanos, sin embargo, las mociones de censura tan solo ofrecen ventajas. Son como una sesión de control, pero a lo bestia, si ustedes me permiten la expresión, que nos permite examinar de una tacada al Gobierno y a la oposición. Es una pena que no las presenten con más frecuencia; nos ayudarían a conocerlos a todos mejor. Lo digo en serio y lo que digo sirve también para plenos extraordinarias y monográficos, imprescindibles para que cada cual se retrate en asuntos tales como la relación con Europa, el terrorismo yihadista, el neomachismo vigente, el robo que no cesa o la exclusión de los jóvenes del mercado de trabajo.

Dicho eso, hará bien Iglesias en mirarse dos veces las cartas, como le sugiere Compromís, antes de llevar hasta el final una moción que fue concebida para poner entre la espada y la pared al PSOE y correr la banda con vistas a unas inminentes elecciones. Desde que la concibieron, ha cambiado el panorama: en el PSOE va a mandar Sánchez, lo que obliga a replantearse las estrategias, y el PNV garantiza a Rajoy la estabilidad hasta finales del año que viene, como poco.

O sea, que lo que toca ahora no es provocar a nadie ni exhibir músculo sino buscar el entendimiento. El aviso de Compromís va al meollo de los problemas actuales de la izquierda, que no son precisamente de liderazgo. Su futuro no es cuestión de músculo sino de capacidad para gestionar la diversidad. Ese es el reto, no ver quién mea con más gracia el territorio.

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