Mejor estatuas de sal que becerros de oro

CARLOS SANTOS. PERIODISTAOPINIÓN
Carlos Santos, colaborador de 20minutos.
Carlos Santos, colaborador de 20minutos.
JORGE PARÍS

Menudos encuestazos debe guardar en la manga el presidente Rajoy para contestar como contestó el otro día a Albert Rivera. Con semejante desparpajo solo puede hablar quien da por seguro que, en caso de elecciones, tendría muchos más escaños de los que tiene ahora. Si no es así, no se entiende.

Hablaban de crear una comisión de investigación sobre la financiación irregular del PP. En lugar de contestar "cuando quiera ponemos fecha", que es lo suyo cuando uno está comprometido con la regeneración democrática, contestó dando un rodeo que terminó de este modo:

Lo positivo sería que mirásemos hacia el futuro, porque si miramos demasiado hacia el pasado puede pasar como a la mujer de Lot, que quedó convertida en estatua de sal.

Rivera lo llamó caradura, con un gesto, pero la intervención presidencial merece respuesta más profunda.

¿Cómo que no hay que mirar atrás? Rajoy lleva suficientes años en la política y en la vida como para saber que el retrovisor es tan importante como el parabrisas y el pasado más importante que el futuro. El futuro nada más llegar se convierte en pasado, pero el pasado se queda para siempre. Lo dijo Faulkner: "El pasado nunca muere". A diferencia del futuro, por naturaleza volátil, el pasado es un sólido elemento del presente: sus cimientos.

Pongamos que el Parlamento (que existe, entre otras cosas, para controlar el correcto uso de los recursos públicos pasados, presentes y futuros) dedica unas semanas a mirar atrás. ¿Qué se encontrarán? Veamos.

Que desde treinta años antes de que el dúo Millet-Montull cantara La traviata en su inolvidable recital del Palau, la semana pasada, ya estaban en marcha los mecanismos que de manera tan descarnada describen.

Que desde la Transición existe en los partidos políticos españoles la inocente costumbre de sacar comisiones para su propio sostén.

Que con la democracia consolidada siguieron metiendo mano en la caja y pidiendo porcientos a quienes contrataban algo con la administración pública.

Que los primeros escándalos apuntaron al PSOE y a Alianza Popular, rebautizado en 1990 como Partido Popular.

Que mientras el caso Filesa, de financiación ilegal del PSOE, se resolvió en los tribunales, AP-PP esquivó el golpe por una cuestión de procedimiento. "Nos hemos salvado por la campana: ahí hay nueve años de financiación ilegal del partido", dijo a este cronista uno de los dirigentes que se ocuparon de la investigación interna.

Que en la última década del siglo algunos pasaron de las comisiones para el partido al robo puro y duro.

Que en 1991 y 1994 un ministro, Josep Borrell, rogó a los constructores (en vez de mandar a los guardias) que no pagaran comisiones.

Que en la segunda mitad de esa década y en la primera del siglo actual se cuentan por centenares los implicados en financiación irregular, de los partidos o de sus propios bolsillos.

Que esas prácticas ilegales han seguido en plena crisis, para espanto de una sociedad empobrecida por las políticas  económicas.

Que desde hace diez años la financiación del PP ha dado muchísimo trabajo a policías, fiscales y jueces. Ahí están los sumarios de 50.000 folios y las listas interminables de imputados.

Que entre esos imputados están los cuatro tesoreros del partido, como recordó el otro día Albert Rivera.

Que en las elecciones generales el PP sacó 137 escaños.

Que para poder gobernar firmó un pacto con Ciudadanos.

Que uno de los puntos de ese pacto es que se cree una comisión de investigación de la financiación irregular del PP.

Que aparte de que los jueces juzguen (ya están en ello) las conductas delictivas, para sanear el sistema es imprescindible que se hable de estos asuntos en el parlamento.

Que si en esta mirada atrás algún político se queda convertido en estatua de sal, a los ciudadanos nos importa un pimiento. Peor es, ya que nos ponemos bíblicos, que sigan convertidos en intocables becerros de oro.

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