El 22 de febrero murió Antonio Fraguas, Forges, y millones de españoles lo sentimos como se siente la muerte de un familiar o un amigo. De repente, advertimos la importancia que ha tenido en la vida de varias generaciones de españoles. Quien no desayuna con una taza de Forges tiene un dibujo suyo en la nevera y quien no guarda en su memoria una de sus viñetas, utiliza alguno de sus palabros. Como además de prolífico fue generoso, se cuentan por miles los institutos, oenegés y asociaciones que le pidieron un dibujo para el calendario, las jornadas o el cartel de las fiestas. A él le faltaba tiempo para compartir su talento y su visión del mundo.

Ahí, en esa visión del mundo, está el secreto. Somos forgianos. Hablamos como Forges, pensamos como Forges, sentimos como Forges. Durante cincuenta años ha sido un elemento esencial de nuestra educación como personas y ciudadanos, un faro moral que nos iluminaba a la hora de vivir y, sobre todo, de convivir. Porque no solo ha sido un creador lúcido y crítico: ha sido un actor importante en la construcción y mantenimiento de nuestro sistema de convivencia, ese que unos no saben valorar y otros no saben defender. Si se ha hablado y escrito mucho sobre Forges estos días, no es por casualidad: es una pieza fundacional de nuestra democracia, que no la hicieron cuatro políticos en un despacho, como decían (ya no lo dicen tanto) algunos despistados. Construida sobre los rescoldos de una dictadura, la hicieron los ciudadanos y la hicieron, desde luego, los artistas, los poetas, los humoristas, los creadores: esos que van por delante, mal que pese a los censores, enseñando a mirar, a entender o, como es el caso, a convivir.

En la Transición, los ultras a Forges le tenían gato. Una vez tuve que salir por pies en la calle Goya porque me vieron con unos fascículos suyos bajo el brazo (“Los forrenta años de Historia”, se titulaban; hace unos meses los llevé a encuadernar y Antonio me los dedicó). Aquellos individuos aferrados al pasado se daban cuenta de que él era el futuro.

Y es que Forges no solo ha sido un cronista riguroso de la historia reciente: ha sido uno de sus protagonistas, con una inusual mezcla de espíritu crítico y respeto al prójimo, genialidad y humildad de la que todos hemos aprendido algo. Por los mismos días en que murió, recibió un par de palos muy serios la libertad de expresión pero, para compensar y despedirlo con una sonrisa, que es lo suyo, asistimos a dos debates forgianos: uno sobre el himno de España y otro sobre la tortilla de patatas. El primero lo abrió una cantante madrileña con una versión propia del himno tan forgiana como la que escribió Pemán o la que se cantaba en las escuelas:

      Franco, Franco

      que tiene el culo blanco

      porque su mujer

      lo lava con Arieeel...

El segundo lo abrió un cantante gallego con su receta sobre la tortilla de patatas, “sin cebolla, por supuesto”.  Hordas de concebollados, heridos en lo más hondo de su concebollismo por el sincebollista gallego, se alzaron en armas virtuales contra los aguerridos defensores del sincebollismo, en un debate muy forgiano, muy español, en el que se discutía con pasión un matiz sin cuestionar lo esencial: el común amor por la tortilla. Tan español y tan forgiano como querer ser independientes y seguir jugando la Liga y la Copa del Rey, para poder silbar en la final.

Une mucho, pese a las discrepancias (o gracias a las discrepancias) el debate de sincebollistas y concebollados. De poco vale discutir sobre la letra de un himno que no tiene letra. Mucho más interesante debatir sobre un plato cuya paternidad se atribuyen vascos y extremeños, de cuya excelencia presumen en Betanzos o en Madrid y al que Néstor Luján, catalán de Mataró, llamaba “el as de oros de nuestra gastronomía”.

En la diversidad se sustenta la unidad. A diferencia del himno, la tortilla todos la sentimos como propia. Y a Forges, también. Proclamo.