Esto podría ser el 50 por ciento de una frase entre desconocidos. Pero la parte de "¿trabajas?" se ha omitido porque, en muchísimos casos, es una utopía si no se hace lo primero.

Más de la mitad de las empresas exigen un título universitario entre los requisitos de los candidatos, y la tasa de paro de los potenciales trabajadores con titulación superior está en el 11,36%, más de cinco puntos por debajo del 16,83 de las personas que sólo han finalizado los estudios obligatorios de secundaria.

Pero no vale estudiar por estudiar. No se trata sólo de formarse en lo que se tiene más vocación o lo que proporciona más empleabilidad. Es necesario coordinar aptitudes, calidad de los centros, tipo de formación y las necesidades de los mercados y empresas.

En la sociedad siguen presentes algunos fallos del pasado, como sobrevalorar un título universitario que no tiene nada que ver con la profesión ejercida, infravalorar la FP, o no ver que dominar otro idioma pesa, en muchos procesos, más que un certificado académico.

Por un lado, vivimos en un mercado muy competitivo y, por el otro, parece que el esfuerzo no es recompensado, ni valorado, como se hacía hace décadas. Por este motivo, entre otros, es necesario un “papel” que acredite que un potencial empleado posee la preparación adecuada y se ha sacrificado lo necesario para conseguirlo.

Es primordial que la universidad, el centro de formación profesional superior o la escuela de negocios que se elija esté reconocida por su calidad formativa en el área que se escoja. Se calcula que cerca de la mitad de los nuevos puestos de trabajo altamente cualificados que se crearán en la próxima década en España (unos 250.000) podrían no cubrirse por falta de formación.

Además, cuando se estima que tres de cada cuatro empresas apuestan por ‘reentrenar’ plantillas y más de la mitad de los trabajadores tendrá que mejorar sus habilidades en los próximos cinco años, es un hecho que la formación tiene que seguir presente a lo largo de toda la vida profesional.