Una noria de cabreos. Un mosqueo bastante caro. Tantas excusas como palmeras… Lo de que te tomen el pelo debe de ir incluido en los gastos de gestión. El Mad Cool tiene un serio problema, aunque ten por seguro que el comunicado que emitirá será que la culpa es de todos los demás. Son magos de la excusa, del autoengaño. Todo es postureo, como más de la mitad de la farándula que rodea cualquier festival hoy en día.

¿Que ocurre algo? Pues tira para adelante, aprieta un poco los ojos y que el meneo sea tibio. Hora y media más tarde emitimos un comunicado, echamos la culpa a alguien y pedimos disculpas por las molestias. Eso sí, de la cara de tonto que se le queda al personal no hay ni fotos en Instagram.

Que miles de personas se quedan a las puertas a mitad de tarde del primer día, entre vallas, en el circuito previo al acceso al recinto: la culpa es del lector de pulseras. O de la gente que decide ir a la hora en la que probablemente ha salido del trabajo, o a la que simplemente le salía de las narices. O del osado festivalero que decide ir al evento en coche, a un parking que seguro tenía reservado previamente por unos cuantos euros. O de ese grupo de personas, miles, que les apetece beber algo y tienen que emplear entre 30 o 50 minutos en hacerse con vaso porque el número de bares o el personal contratado no es proporcional a las 80.000 personas diarias que allí se van a dar cita. Si es que… hay que ver, cómo es la gente. Le das la oportunidad de hacer algo y lo desborda. Es que queremos aprovechar hasta las cosas que se ponen de adorno, como lo de usar el móvil… ah no, calla, que tampoco hay cobertura.

La última de anoche fue la de Massive Attack, uno de los cabezas de cartel que coincidían en horario con la actuación de otro de los cabezas de cartel, Franz Ferdinand. Dos caramelos para todo asiduo a festivales, te gusten más o menos. A los primeros les tocaba actuar en The Loop, un escenario carpa que, en mi opinión, es el peor de todo el recinto por sus dimensiones, por el calor y por la distribución. Los horarios y la disposición de escenarios se conocían desde hace más de un mes. Ayer, repleta hasta los topes, la carpa se quedó muda durante más de una hora sin que la gente tuviera información de por qué ahí no salía nadie, mientras Franz Ferdinand ultimaba en el escenario grande, en la otra esquina de Valdebebas. El anuncio de cancelación y un ridículo comunicado alegando que ellos no querían tocar ahí llegó una hora después.

Si hacemos un poco de memoria, nos daremos cuenta de que en este festival siempre pasan cosas. Hace dos años, el caos para pedir en los bares por problemas para pagar con las pulseras y la ratonera con el transporte. En 2017, más de lo mismo en los accesos y el triste accidente mortal del acróbata Pedro Aunión. Obviamente no responsabilizo a la organización del accidente, pero sí de lo mal que se comunicó algo que los asistentes presenciaron en directo.

Para hacer un gran festival, hay que estar a la altura, como mínimo, de lo que cuestan las entradas. Que se garantice el acceso y la seguridad de los asistentes; que puedas disfrutar con sentido común de los servicios que, se supone, allí se ofrecen; que los VIP vivan plácidamente en los edificios que hoy se levantan frente a los escenarios y que no les falte de nada... Pero, sobre todo, que pueda lucir sin complejos la horrible camisa de patos que me pongo un par de veces al año. Hoy toca Queens of the Stone Age, así que tengamos la fiesta en paz.