¿Quién quiere un Puigdemont en Madrid?

Anna Grau  Periodista y diputada en el ParlamentOPINIÓN
  • "¿Alguien quiere arriesgarse a que Madrid desande a la misma velocidad que Cataluña todo lo andado desde los años 30?"
El expresident de la Generalitat, Carles Puigdemont, durante una entrevista la semana pasada.
El expresident de la Generalitat, Carles Puigdemont, durante una entrevista la semana pasada.
STEPHANIE LECOCQ / EFE

Corría el mes de marzo de 1998 cuando yo lie el petate en mi Cataluña natal para irme a Madrid. Al frente de la Generalitat seguía Jordi Pujol. Un Jordi Pujol todavía formidablemente respetado, en cuyo horizonte judicial sólo constaba la lejana tormenta de un consejo de guerra bajo el franquismo, el nubarrón que nunca llegaría a descargar del todo de Banca Catalana —lo que el entonces molt honorable calificaba de "jugada indigna del gobierno socialista"…— y alguna sospecha de corrupción familiar masiva que aún tardaría años en sustanciarse. Por el momento, Pujol era el puntal en que se apoyaba José María Aznar para gobernar al frente de un autoproclamado centroderecha reformista.

La número dos de Ciudadanos en Cataluña, Anna Grau, en una imagen de Telemadrid.

ANNA GRAU

  • Periodista y diputada en el Parlament de Cataluña.

Sólo cinco años después, Aznar tenía una mayoría absoluta cada vez más estridente y menos de centro, mientras el heredero de Pujol al frente de CiU, Artur Mas, se veía arrojado de la Generalitat —junto con una legión de cargos públicos que ni en sus peores pesadillas se imaginaron jamás ayunos de poder institucional, y juraron hacer lo que hiciera falta para vengarse…— dando paso al primer tripartito catalán, presidido por Pasqual Maragall. Entre todos pusieron en marcha una explosiva reforma del Estatut que acabaría a las puertas del Tribunal Constitucional y que, lejos de ayudar a la sociedad catalana a entrar con buen pie en el siglo XXI, la ha hecho retroceder a unos niveles de primitivismo político, fractura social y decadencia económica no ya preconstitucionales o guerracivilistas, sino casi prerromanos.

Dado que el espacio y hasta el tiempo (de aquí al 4 de mayo) apremian, mejor vamos al grano: el centro es a la política lo que la sal a la tierra. Algo que parece que no hace falta, ni tiene mérito, cuando las cosas van bien. Cuando la moderación beligerante y eficiente, el anteponer el interés general a la adrenalina particular, el gobernar de todo corazón, pero con la cabeza, deja de caer por su propio peso, todo desastre es posible. Y es posible muy rápido.

¿Quién se iba a imaginar que en sólo veinte años Barcelona podría pasar del sueño olímpico a la pesadilla del procés, con el Parlament convertido en sala de purgas y con un fugado de la justicia bloqueando la gobernabilidad desde Waterloo? ¿Alguien quiere arriesgarse a que Madrid, el éxito de Madrid, la libertad de Madrid, la ilusión de Madrid, desanden a la misma velocidad que Cataluña todo el camino andado desde los años 30? ¿Que no puede ser? Olvídense de que Ciudadanos existe, y resiste, como tanto guru de pago les aconseja. Déjense arrastrar al lado oscuro de la política y de la fuerza. Dejen hacer sin contrapesos, sin centro, a los hiperventilados de cada bando… y ya me cuentan.

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