Diego Carcedo  Periodista

Primavera sin claveles

Una manifestación durante la Primavera Árabe.
Una manifestación durante la Primavera Árabe.
REMI OCHLIK / EFE / ARCHIVO

Hace hoy diez años que un joven vendedor ambulante de fruta en Túnez, Mohamed Bouazizi, murió por defender la mercancía que le permitía malvivir y la policía local quería incautarle. Aquel incidente fue la chispa que hizo estallar la revolución popular, conocida como las primaveras árabes, que durante algunos meses mantuvo la ilusión de millones de personas ansiosas de que en sus países terminasen los regímenes de terror que venían matando, torturando y encarcelando a cuantos discrepaban de aquellas dictaduras.

Pero la ilusión duró poco. Solo Túnez entre los trece países árabes consiguió liberarse de la opresión e inaugurar una etapa democrática hasta entonces inédita. El balance del resto no puede ser más deprimente: tres guerras, en Siria, Libia y Yemen; algunos movimientos en Argelia o Sudán que de momento no pasan de ser cosméticos y un cambio de dictador en Egipto aún más cruel y autoritario que su antecesor.

No hay mucho que celebrar mientras tanto. Por el contrario, la efeméride, que los gobiernos intentan dejar pasar discretamente, la ha protagonizado otro joven que, ansioso por arriesgarse a cruzar el Atlántico en patera para emigrar a Europa, entregó todos sus ahorros y los de su familia a un mafioso, de tantos como trafican con la buena fe y el riesgo de las personas que buscan mejores condiciones de vida, le estafó y dejó sin viaje y sin dinero para subsistir. 

Frustrado, avergonzado y desesperado, esta nueva víctima se inmoló al estilo bonzo ardiendo como una tea en la ciudad de Dajla, al sur del Sáhara, ocupada por Marruecos.

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