José María del Río

Una leona y dos machos en Masai Mara.
Del Río ha narrado multitud de documentales sobre naturaleza.
Benh Lieu Song / WIKIPEDIA

Pasan en televisión, a horas imposibles, un documental sobre volcanes. Espléndido, como todo lo que hace David Attenborough, pero creo que poco oportuno. Dice el gran naturalista, con toda la razón, que sin los volcanes no habría vida en la tierra; que el dióxido de carbono que arrojan es fundamental y que la ceniza que lanzan al aire ha permitido la fertilización de lugares maravillosos como el Serengueti y miles de praderas y bosques más, en todo el planeta. Muy bien, pero esa ceniza está sepultando ahora mismo media isla de La Palma y por eso me parece algo imprudente poner ahora mismo ese document…

De pronto me quedo inmóvil, con los ojos muy abiertos. Esa voz. Esa voz en español que me está contando lo de las cenizas y los ñus no es la de Attenborough. Esa voz perfecta, cálida, inconfundible, que no ha cambiado nunca, lleva acompañándonos a todos casi desde que tenemos memoria. Esa voz prodigiosa es la de un madrileño que se llama José María del Río. La semana que viene cumplirá 79 años. Y ahí sigue, dale que dale, con los ñus y los guepardos y el dióxido de carbono y lo que le echen.

España produce, desde hace muchas décadas, los mejores actores de doblaje del mundo, esto no es ningún secreto. Hay nombres que son leyendas. Morgan Freeman o Ian McKellen no habrían pasado de ser (para el público español) dos secundarios del montón sin la voz de Pepe Mediavilla, que murió hace tres años. Clint Eastwood es imposible de imaginar para nosotros sin Constantino Romero. Dustin Hoffman lleva dentro a Ricardo Solans, otro de los grandísimos. Anthony Hopkins podría haber sido un amoroso tío de Jodie Foster en El silencio de los coderos sin la maléfica voz del salmantino Camilo García Casar. Matilde Conesa nos hizo odiar a Angela Channing. Son decenas y decenas de actores y actrices geniales. No cito a más porque necesitaría un libro. Pero José María del Río es, para mí, singular.

"Esa voz imposible de olvidar es uno de los hilos que nos une con nuestro pasado. Es la misma que sonaba cuando éramos chicos"

Hace ya bastantes años, la revista en que yo trabajaba regaló a los lectores, como promoción para aumentar las ventas, los memorables vídeos sobre la Transición, elaborados en 1995 por Victoria Prego y Elías Andrés. En uno de los primeros capítulos se reproduce una grabación, obviamente clandestina, de un congreso socialista, no recuerdo ahora si del PSOE o de la UGT, que se celebró ya en Madrid. Franco acababa de morir. El acto fue un poco montaraz, como era el PSOE entonces, pero la narración es impecable: ahí estaba ya la voz de José María del Río. La misma que oí, conmovido, anoche. Intacta, perfecta, con esas cosas raras que a veces hace con la letra S.

Luego le oyes hablar normalmente, en una conversación cualquiera, cuando no está actuando, y cuesta trabajo reconocerlo. Ese es su mérito: la perfección con que usa su voz. Nos contó, seductor, cómo era el universo en la serie Cosmos, de Carl Sagan. Se volvió juvenil y divertida al hablar con aquel curioso muñeco, Pocoyó. Kevin Spacey debería pasarle un sueldo mensual por la vida que le dio en sus películas. Cientos y cientos de anuncios, desde pizzas a bombones. Y los ñus, los leones, los suricatos, los cocodrilos hambrientos del Masai Mara, ¿qué sería de ellos si Del Río no llevase décadas contándonos qué les pasa y por qué?

Esa voz imposible de olvidar es uno de los hilos que nos une con nuestro pasado. Es la misma que sonaba cuando éramos chicos, no ha cambiado ni un átomo en todo este tiempo. Nosotros sí, pero esa voz sigue idéntica a sí misma. Seguir escuchándola hoy, casi me atrevería a decir que rejuvenece.

¿Cuándo hará nuestro país un homenaje, un reconocimiento público, un gran abrazo colectivo a todos esos actores que forman parte indispensable de la banda sonora de nuestra vida, aunque a muchos no les reconoceríamos si los viésemos por la calle? Algunos de los más grandes nos han dejado ya. Pero otros siguen ahí, los más jóvenes aprendiendo, los mayores dando un ejemplo valiosísimo. Actores como el gran Del Río son uno de nuestros más valiosos tesoros culturales. Pues digámoslo, caramba; démosles las gracias al menos, alto y claro, que se lo tienen más que merecido.

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