Borja Terán Periodista
OPINIÓN

La fuerza de 'Tu cara me suena': así se ha convertido en un espectáculo sin rival

Agonei a lo Mónica Naranjo en 'Tu cara me suena'
Agonei a lo Mónica Naranjo en 'Tu cara me suena'
Atresmedia
Agonei a lo Mónica Naranjo en 'Tu cara me suena'

Cuando parecía que la fórmula empezaba a estar agotada tras nueve temporadas y diez años en emisión, Tu cara me suena ha vuelto a demostrar su fortaleza en prime time. Un éxito sin rival construido con la inteligencia de recordar que la buena tele no es la que intenta engatusar al espectador vendiendo emoción prefabricada. No, la televisión que cala es aquella que convierte al espectador en cómplice. 

De ahí que Tu cara me suena haya vuelto a brillar porque no se queda en el conflicto vacío en el que se intenta incidir en otros talent shows con concursantes empujados a la superación o a la lágrima fruto del conflicto. Al contrario, el gancho de Tu cara me suena es el aporte de la vivencia en su máxima expresión. De hecho, los concursantes terminan contando sus avatares de la vida sin filtros, gracias a que no cuentan con la presión de otros programas. Paradojas. Se sinceran porque se sienten entre amigos. El jurado, con Lolita al frente, también. Las anécdotas fluyen. Y el público se siente implicado en un programa porque transmite verdad. Toda la verdad. Cualidad que se ha ido perdiendo en otros canales a la misma.

Da igual que la audiencia ya esté inmune al momento en el que el participante sale del 'clonador' y aparece caracterizado. No interesa tanto como antes el parecido que se logra con el icono de la música a imitar. Lo relevante es la felicidad que se despierta al espectador con una coreografía bien planteada de estímulos: luz, baile, música y sonrisas. No es baladí. Aquí no se recorta en escenografía, atrezo y color. Y todo acontece desde un gran plató que transmite una amplitud acogedora que no olvida que la tele entre por los ojos.

El repertorio musical se adelanta a la tendencia 

Como consecuencia, cada actuación de Tu cara me suena cuida la fantasía que remueve los sentidos en el buen sentido. Y sabiendo que no se puede quedar a medio gas en las propuestas. Si la canción es monótona, se otorga un giro de guion que fomenta un crecimiento de la interpretación. El ingenio del programa está en cómo se hace y, también, en qué se hace. Porque el repertorio musical elegido nunca es el tópico. Mientras otros talent shows se quedan enquistados en mismas canciones (y por eso ya no los ve nadie), Tu cara me suena se adelanta a los códigos actuales. No sólo busca reconocer éxitos en el catálogo de músicas que se presupone que funcionan en prime time, sobre todo busca que haya una audiencia que descubre hits. Ya sean los jóvenes 'flipando' con temas de antaño o los mayores con temas del trepidante hoy. En este punto, uno de los aciertos de esta temporada es que el formato se ha atrevido a ir a la tendencia más actual. Sin miedo. Después de años y años jugando con los artistas más icónicos de la nostalgia, tocaba ir a los himnos que nos levantan hoy. Así un programa viejo no ha parecido nada viejo.

Pero el clímax del show no espera a la apoteosis de los protagónicos números musicales. La atmósfera de reunión de amigos se guisa en los entreactos, que preceden y en los juegos de después. Y ahí la complementariedad de los concursantes de esta temporada ha logrado una pandilla muy disfrutona. El sarcasmo de Eva Soriano, la naturalidad de María Peláez o los apuntes de Loles León han conseguido que el casting, en conjunto, se sintiera muy incontrolablemente libre en plató para luego, eso sí, tomarse muy en serio las imitaciones. Hasta cuando son de broma. Y esa imprevisibilidad que atesora Tu cara me suena es el motor de la televisión. Esa celebración de la creatividad que confía en la inteligencia del espectador. Aquí a la audiencia no se intenta engañar con tácticas, se la intenta conquistar con los colores de la imaginación. Su éxito es el de todos.

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