La revolución de la mesura

Juan Carlos Blanco  Periodista y consultor
El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, durante su intervención desde su escaño en el turno de réplica al Grupo Mixto del Congreso, en la segunda sesión del debate de investidura a 5 de enero de 2020.
El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, durante su intervención desde su escaño en el turno de réplica al Grupo Mixto del Congreso, en la segunda sesión del debate de investidura a 5 de enero de 2020.
Jesús Hellín - Europa Press

Esta Navidad de seis semanas que acabamos de vivir no solo nos ha dejado empachados de mazapanes, turrones y pestiños de miel que intentaremos quemar antes de que suenen los tambores primaverales. También nos ha dejado una epidemia de políticos hiperventilados dispuestos a advertirnos de los terribles males que sufriremos, siempre por culpa de los otros, sean quienes sean esos otros. Qué cansancio de investidura entre insultos, polvorones y cabalgatas.

Que haya por fin gobierno no va a cambiar nada en esta España polarizada y crispada por culpa de una enfermedad que se extiende a través de los grupos de whatsapp y las redes sociales, autopistas para el tremendismo más zafio. Nuestra clase política, salvo casos excepcionales, se abona al trazo grueso entre denuncias de apocalipsis exprés, guerracivilismo, golpes de estado y ridículos avistamientos de fachas y rojos que nos retrotraen a tiempos que siempre fueron mucho peores.

Como sigamos practicando esta suerte de bulocracia y desmemoria donde vale todo para aniquilar al adversario político, la confianza en nuestras instituciones se va a ir por donde ha venido dejando el espacio libre a toda suerte de populismos. Quizás por eso, en un ejercicio de ingenuidad, sigo pensando que lo que nos sigue haciendo falta es algo tan subversivo y revolucionario como la mesura y sobre todo, algo que se ha desterrado de la escena política por razones que desconozco: la búsqueda honesta de espacios de encuentro entre los grandes partidos que nos ahorren espectáculos tan broncos y tabernarios como los que estamos viviendo. Ya lo hicimos en la Transición. ¿Por qué ahora no podemos volver a hacerlo?

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