Peppa Pig, Garfio y Peter Pan

Boris Johnson en la Cámara de los Comunes.
El primer ministro británico, Boris Johnson.
EUROPA PRESS

¿Se imaginan que, en una de esas reuniones al más alto nivel, con todo el IBEX 35 al completo, la crema y nata de la empresa española, los cerebros de la economía privada, el presidente del Gobierno se pusiese a hablar de Pocoyó? Para quien no tenga hijos en edades, les aclaro que es el famoso dibujo animado hecho en España y exportado a otros países.

Bueno, pues esto es lo que le ocurrió exactamente a Boris Johnson el lunes. Tenía que dar una conferencia ante un grupo de empresarios, definir cuáles eran las líneas de su gobierno en una situación delicada, con una crisis de suministro afectando a muchos negocios de una forma más o menos grave; plantear cómo aliviar la situación geográfica y política del país –en plena andadura del brexit real– para intentar superar este enorme atasco, y a Boris Johnson se le perdieron los papeles. Tal cual. Subió al atril, empezó a suspirar y a maldecir en voz baja, se le llegó a escuchar un "maldita sea". Era evidente que algo le pasaba y que no encontraba lo que buscaba, que no era otra cosa que su discurso. Así que tras comprobar que no había nada, se disculpó y empezó a improvisar. Y ahí empezó el desastre o la evidencia del calado del hombre que se supone que tiene que pilotar el cambio de rumbo de un país.

Boris Johnson empezó a hablar de Peppa Pig. Sí, de Peppa Pig. Vuelvo a ayudar a quienes no tienen hijos o andan perdidos: es una cerdita de dibujos animados que arrasa entre los más pequeños. Peppa Pig es británica, pero se ve en decenas de países. El merchandising es impresionante, estas Navidades volverán a agotarse todos los juguetes que tengan que ver con ella y sus amigos. Un éxito, sí, que el primer ministro británico se apuntó como propio. Y de eso se puso a hablar ante hombres trajeados: les aconsejó a esos ejecutivos que fueran a visitar el parque temático dedicado a esa cerdita, que lo vieran, que merecía la pena ir. Dio alguna que otra cifra para apuntalar su errático discurso y cerró con alguna que otra receta que sonaba más o menos convincente para una audiencia atónita.

Lo mejor fueron las explicaciones que dio después. Un periodista de la BBC le entrevistó cuando el acto terminó y le pidió que aclarara qué había pasado, qué había querido decir. Pero, en el más puro estilo de Boris Johnson, el primer ministro, sin cambiar el gesto, dijo que había sido un gran discurso y que eso era, exactamente, lo que quería decir esa mañana a ese grupo de empresarios industriales. Y hasta luego.

"Este hombre convenció a un país entero para irse de la Unión Europea"

Así estamos. No sé si la política de hoy es mejor o peor que la de antes, si estamos en permanentes fuegos artificiales a veces incomprensibles, pero desde luego, el primer ministro británico se lleva la palma, con ejemplos que son para echarse a llorar. El problema es que este hombre convenció a un país entero para irse de la Unión Europea, y ahí están: intentando tomar el rumbo en una nave con un capitán que suena más a Peter Pan que a Garfio.

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