José María Pou: "Muchos padres abandonan su obligación de educar"

  • Encarna a Héctor en 'Los chicos de Historia', de Alan Bennett.
  • Es una obra sobre docentes y alumnos cuya gira se cierra en Madrid.
  • Asegura que él nunca ha tenido vocación de perpetuarse.
El actor y director de teatro José María Pou.
El actor y director de teatro José María Pou.
JORGE PARÍS

José María Pou cierra en los Teatros del Canal de Madrid una gira de más de un año que lo ha llevado por toda España con Los chicos de Historia. En esta obra sobre la educación de Alan Bennett interpreta a un profesor, Héctor. Y dirige.

¿Siente especial responsabilidad con Los chicos de Historia por haber elegido el texto?

Sí, claro. Por suerte vengo haciendo funciones en las que yo elijo. Y no quisiera pasar por un santo, pero no las elijo para mi lucimiento personal, sino pensando qué me gustaría ver como público. En Los chicos de Historia vi que trata un tema fundamental, irresoluto y que nos preocupa mucho como ciudadanos: la educación de nuestros jóvenes.

El reparto incluye, precisamente, a ocho chicos.

Era un gran riesgo. Estuve dos meses haciendo pruebas (odio la palabra casting, la televisión la ha convertido en una especie de ejercicio de humillación a la gente) a más de 60 actores jóvenes de Barcelona. Fue agotador pero muy gratificante, comprobé que las generaciones jóvenes vienen muy preparadas.

¿Qué determina que elija una pieza?

Que me haya sacudido la lectura o la visión de la función. Algunas voy a verlas al extranjero, como espectador ingenuo. Si salgo del teatro conmocionado y lucho para que no se me olvide lo que acabo de ver…

¿Y qué hace que, además, la dirija, como ésta?

Yo nunca había querido ser director. Soy muy feliz siendo actor, que es un creador al mismo nivel que el director. Dirigí cuando me encontré con una función, La cabra, que me conmovía tanto que me interesaba que le llegara al público contada por mí, según mi punto de vista.

¿Y por lo que respecta a La vida por delante, que protagoniza Concha Velasco?

Elegí la obra como director del Teatro Goya de Barcelona. Pensé que la actriz ideal era Concha Velasco, quien, además, me había expresado su voluntad de cambiar de registro y de trabajar conmigo. Se la ofrecí y me encontré con una trampa mortal fantástica: me dijo “sí, con la condición de que la dirijas tú”. Y estoy muy satisfecho.

¿Es casual que eligiera el personaje de Héctor?

Tengo una debilidad especial por los personajes perdedores, y Héctor es un gran perdedor.

¿La complicidad que tiene Héctor con sus alumnos podría escandalizar al patio de butacas?

Cada uno tiene su criterio, y a un cierto tipo de público puede llegar a escandalizarle. Pero ni en Barcelona ni en el año que llevamos de gira me ha llegado más que algún comentario al respecto.

¿Cree en la escuela de la vida?

Uno aprende definitivamente cuando le sueltan a la vida. Sí creo en la formación, pero su finalidad última ha de ser crear en la persona un sentido de la disciplina y darle armas suficientes para cuando tenga que enfrentarse al mundo. Y debe ser conjunta entre padres y enseñantes. Creo que la violencia que hay ahora en las aulas viene dada porque muchos padres abandonan su obligación de la educación y la centran únicamente en la escuela.

¿Para usted la RESAD fue…?

Fundamental. Creo que el actor nace y se hace. En una escuela de arte dramático, el pan que lleva debajo del brazo el actor en el momento del nacimiento se puede hacer más rico y más grande. Hay una técnica que debe estudiarse y que se aprende únicamente en las escuelas, no te la tiene que enseñar el primer director con el que te encuentres.

No ha parado de trabajar desde el 70, y en algunos momentos compaginando trabajos, como ahora.

Casi siempre. Por suerte, soy un hombre con mucha energía y muy apasionado. Nunca me ha cansado el trabajo. No es que haya querido hacer muchas cosas a la vez para ser el muerto más rico del cementerio; lo que me mueve es una necesidad enorme de contar historias. Y me vuelve loco de placer ver cómo el público entra al teatro a ver una función que yo he decidido hacer.

El teatro, en cualquier caso, siempre ha sido una prioridad para usted.

Sí. Cuando decidí ser actor, con 17 o 18 años, para mí ser actor era ser actor de teatro. Me sorprende hoy en día cuando me encuentro con muchos jóvenes que quieren ser actores de televisión o de cine. Yo creo que uno quiere ser actor porque quiere interpretar, independientemente del medio. Supongo que esos chavales lo que quieren ser es famosos. No es lo mismo. Hay dos carreras: de actor y de estrella. Las dos son lícitas, pero tienes que elegir.

De los muchos premios que ha recibido, ¿guarda alguno con especial cariño?

Creo que soy uno de los pocos actores, si no el único, que tiene dos premios nacionales de teatro, el de España y el de Cataluña. Esos hacen una especial ilusión. Y la Medalla de Oro de mi ciudad, Mollet, por su vinculación de tipo personal. Me gustan mucho, eso sí, los que votan los espectadores, porque son mucho más objetivos que algunos jurados o compañeros. Pero el mejor premio es llegar al teatro y saber que está lleno cada día.

Al respecto de la dualidad, tiene usted los dominios www.josemariapou.com y www.josepmariapou.com

Lo llevo estupendamente. Los que no lo llevan tan bien son algunos de mis paisanos catalanes que, de vez en cuando, me insultan en la prensa porque dicen que soy un renegado. Yo decidí en los sesenta dedicarme a esto y vine a Madrid porque el teatro que se hacía en aquel momento en Cataluña era malo. Aparte, a mí me bautizaron José María, y como José María empecé mi carrera. Al cabo de 25 años de trabajar en Madrid recibí una oferta para trabajar en catalán. Me dijeron "si eres catalán tienes que llamarte Josep Maria Pou o te pondrás a todo el público en contra". Y ésa es una batalla que perdí. Desde entonces soy dual. Es la dualidad un tanto esquizoide que vivimos en Cataluña. Pero no tengo ningún problema. ¿Tú quieres llamarme Pepita Jiménez? Llámame Pepita Jiménez. No creo que en el nombre esté la esencia de mi catalanidad.

¿Ha renunciado a algo por su profesión?

Conscientemente, no. A lo mejor, si no hubiera estado tan obsesionado con mi oficio, habría podido dedicar parte de mi interés a formar una familia. ¡Pero mis hijos serían unos salvajes! Yo no tengo ninguna vocación de educar a unos hijos, de perpetuarme, de crear un hogar. Creo que un elevado porcentaje de los problemas de las sociedades se producen porque una gran cantidad de gente no se plantea si tiene vocación de padre, porque está metida en una rutina que consiste en hacer la primera comunión a los 7 años, tener novia a los 18, casarse a los 23 y tener un hijo al año de casarse. Y la gente la sigue sin plantearse nada. Con 24 años se encuentran que tienen hijos y están deseando perderlos de vista, separarse y empezar otro tipo de vida. De ahí salen un montón de familias desestructuradas.

Su profesión lleva implícito un cierto componente social…

Que yo ignoro prácticamente siempre. Primero, porque no tengo tiempo, lo dedico todo a mi trabajo. Y si termino una función o de ensayar, tener que ponerme un traje para un photocall me repatea una barbaridad. Hay mucha gente que tiene que enseñarse para aparecer en las revistas y tener trabajo. Como, por suerte, no ha sido mi caso nunca…

Con Nuria Espert tardó mucho en coincidir… ¿le queda alguien más con quien le gustaría trabajar?

En este momento, vendería mi alma al diablo por volver a trabajar con Nuria. Es lo que más me gustaría en este oficio. Lo estoy deseando.

BIO. Nació en Mollet del Vallés (Barcelona) en 1944. Recibió el Premio Nacional de Teatro en 2006 y el de la Generalitat de Cataluña en 2004.

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