Borja Terán Periodista
OPINIÓN

Netflix se hace viejo

Logo de Netflix
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Netflix
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Un día eres moderno y a la mañana siguiente despiertas convertido en Vía Digital. Nos hacemos mayores. Incluso Netflix, que ha construído su marca de vanguardia dinamitando las reglas de la industria audiovisual y, ahora, parece que necesita recoger cable para ser aquello a lo que no quería parecerse. No sin antes sufrir una crisis social de imagen, claro. 

La plataforma bajo demanda ya no permite compartir cuentas con amigos. Hay que vivir bajo el mismo techo para habitar en la misma suscripción. O pagar más. Netflix, por tanto, sólo valdrá para familias a la vieja usanza, que conviven en un mismo lugar. De esta forma, Netflix va desmontando la manera con la que desarmó al resto de operadores cuando dejó atrás la TV de pago amarrada físicamente a un enchufe y se vendió la revolución de poder ver dónde, cómo y cuándo quieras todo el catálogo.

Netflix representa el éxito de la sociedad de la impaciencia. La televisión que te acompaña literalmente en tu teléfono, portátil o tablet, que va contigo sin ataduras. La televisión de la libertad para devorar, pues permite ver todos los capítulos de una temporada del tirón en el mismo momento de estrenarse la serie. Nada que ver con las cadenas de siempre que dosifican el producto para que la inversión dure meses y meses. Nada que ver con las plataformas de antaño, a las que había que pagar una pasta por poner un trasto en el salón para decodificar la señal.

Pero esa flexibilidad de Netflix se va desvaneciendo, ya ha pasado la línea entre la ilusiones del recién llegado y las reticencias de los varapalos de la experiencia. Toca intentar encontrar un mayor rendimiento económico. Y mientras el precio de suscripción se encarece, también se disipa su percepción social de simpática empresa moderna. 

Normal, porque el camino que ha optado Netflix es retrógrado y va contra el secreto de su implantación entre la población. Netflix hizo suyo el momento tecnológico en el que cualquier contenido audiovisual ya está al alcance de un clic. Esa facilidad de poder conectarte y compartir allá donde estés es el alma del mundo digital. Y no se puede coartar. Habrá que buscar otras fórmulas de rentabilidad que posibiliten ficciones más plurales. Porque la gente está en Netflix más por la intuitiva facilidad de acceso a la plataforma que por la calidad de su oferta de producciones. Y si ya tampoco es sencillo y barato llevar Netflix en tu bolsillo, Netflix envejece de golpe porque te obliga a calcular dónde, cómo, cuándo y con quién deglutir su catálogo. Cuando el imparable futuro que sembró la propia plataforma es la antítesis: la tele ya va encima de nosotros, hace mucho que nosotros no vamos a la tele.

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