Helena Resano  Periodista

La historia de Elizabeth y Natacha

Playa de luto. Madeleine Chaplain, una adolescente de 14 años, camina por la playa de Patong en Phuket, Tailandia, en la que murieron varios de sus familiares durante el maremoto de hace un año, y en la que se han puesto flores para recordarlos.
Flores en una playa de Phuket, donde murieron numerosas personas por el tsunami de 2004.
Chaiwat Subprasom / Reuters

Esta es la historia de cómo del dolor más profundo, de la pérdida más dolorosa, del sufrimiento más desgarrador puede surgir lo mejor de cada uno. Esta es la historia de Elizabeth, una mujer que en 2004 vivió el momento más terrible de su vida, la muerte de su hija, y cómo de aquello surgió el proyecto más maravilloso que a día de hoy sigue ayudando a decenas de niños de Tailandia.

Elizabeth estaba en Egipto trabajando cuando una ola arrasó Tailandia aquel 26 de diciembre de 2004. Las noticias de que un tsunami había borrado buena parte de las costas del sur del país no era una noticia más para ella. Su única hija, su querida Natacha, estaba en ese momento en las islas Phi Phi. El 90% de las islas quedaron sumergidas por la ola, cientos de personas habían muerto y a pesar del horror de las imágenes que llegaban desde allí, ella se aferró a la esperanza de que su hija había podido sobrevivir.

El viaje desde El Cairo hasta París lo recuerda como un mal sueño. No paraba de llorar, de llamar a su teléfono, de buscar respuestas, alguna señal que le dijera que Natacha había logrado salvarse. Pasaron los días, las semanas y en febrero, sin noticias de que hubieran encontrado su cuerpo, decidió viajar a Tailandia y buscarla ella misma. Lo que vio entonces le impactó. Se habían ido creando pueblos improvisados para acoger a los supervivientes, en la mayoría había muchos niños perdidos, huérfanos que habían perdido a su familia y su casa. 

No paraba de llorar, de llamar a su teléfono, de buscar respuestas, alguna señal que le dijera que Natacha había logrado salvarse

Elizabeth supo entonces que tenía que hacer algo. Reunió fondos entre sus amigos y en abril se trasladó a vivir a Tailandia. Mientras seguía buscando desesperadamente a su hija (lograron identificar su cuerpo en septiembre de ese año), ella se instaló en Krabi, a una hora en barco de Phi Phi. Allí levantó una escuela que había quedado arrasada por el tsunami. Y ahí empezó a andar la fundación NAT: la primera escuela se llamó Natacha School.

Años después, por las escuelas de Elizabeth han pasado decenas de niños, 15 han llegado ya a la universidad. Ella sigue viviendo allí y cada día, a sus 77 años, se sigue levantando para ir a las escuelas, ayudar en lo que puede, aportar su sonrisa y su baile. Porque Elizabeth era bailarina antes de que aquel tsunami le cambiara la vida. Su preocupación ahora es cómo lograr que todo lo que ha hecho durante estos años no se pierda. Que la memoria de Natacha y la fundación que ha creado no desaparezcan cuando ella ya no esté.

Sentada en el sofá del hotel donde vive en un pequeño bungalow me cuenta cuál fue el último mensaje que Natacha envió desde su móvil, fue a un amigo: "Realmente esto es precioso. Creo que he encontrado el sitio donde me gustaría terminar mi vida"… Elizabeth todavía no ha decidido si terminará sus días también allí o si algún día regresará a Francia. Todavía no lo ha decidido, en ello está.

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