Pepa Bueno: "La instrumentalización política de las víctimas de ETA es otra de nuestras tragedias"

  • La periodista presenta el libro 'Vidas arrebatadas' , que cuenta la historia de dos hermanos que se quedaron huérfanos tras un atentado de ETA en Zaragoza en el año 1987.
Pepa Bueno, en la terraza de Prisa, con su libro 'Vidas arrebatadas'.
Pepa Bueno, en la terraza de Prisa, con su libro 'Vidas arrebatadas'.
Jorge París

José Mari y Víctor son dos víctimas de ETA. Dos supervivientes. La casa cuartel de la Guardia Civil de Zaragoza donde vivían fue detonada por la banda terrorista el 11 de diciembre de 1987. Tenían 13 y 11 años cuando se despertaron a las seis de la mañana rodeados de polvo y un olor a amonal, un explosivo utilizado por la banda, que todavía les martiriza. Sus padres y su hermana no sobrevivieron y ellos cayeron en un olvido institucional y social que ahora la periodista Pepa Bueno quiere reponer, en la medida de lo posible, con su libro 'Vidas arrebatadas: los huérfanos de ETA'.

¿Cómo le llega la historia de José Mari y Víctor?

Llega a mí cuando estaba atascada con otro libro que sigue pendiente y que quizás retome. La editora de Planeta, Ángeles Aguilera, me dice que hay una historia muy potente: son dos víctimas de ETA. Me hizo llegar los textos que el mayor de los hermanos escribía en sus noches de insomnio a petición de su psicóloga en los que reflejaba cosas alucinantes. Una especie de diario discontinuo donde había una historia terrible de supervivencia. Les conocí y a raíz de charlar con ambos no tuve dudas de que esa historia había que contarla.

José Mari no solo quería contar su historia solo como terapia para él, sino como terapia para la sociedad, ¿no?

Los dos hermanos tenían motivaciones distintas para estar en el libro. Jose Mari tenía claro, efectivamente, que no solo quería contar la historia como terapia para él, sino como recuperación de una memoria que es muy reciente y desconocida para muchos, que es la de qué pasaba con los supervivientes de ETA cuando se apagaban los focos. Victor, en cambio, está para echarle una mano a su hermano, porque José Mari tiene un desequilibrio muy fuerte producto del estrés postraumático que no fue tratado hasta que no fue bien adulto. Víctor veía el libro con mucha distancia y se embarcaba porque a su hermano le iba a ayudar a encontrar su lugar en el mundo. Luego, sin embargo, fue emocionante ver cómo a Víctor le servía hablar. Había enterrado mucho los recuerdos y él mismo llegó a decir: “Qué bueno es esto de hablar”.

Puede que sea un mal endémico de nuestra sociedad el no hablar de nuestros problemas, ¿no?

Ellos eran dos niños de 11 y 13 años cuando desapareció todo. Murieron sus padres, desapareció su casa, sus amigos, sus juguetes… Los niños no hablan de los que les duele, huyen de eso. Víctor lo hizo y se convirtió en alguien muy hermético. Una de sus profesoras, con las que hablé, así lo recordaba. Se ha tirado años sin mencionarlo. Incluso hablando conmigo no llamaba a su tragedia por su nombre. Le costaba decir las palabras atentado o muerto. Ha sido un proceso muy lento, terrible, porque pasó mucho tiempo hasta que Jose Mari tuvo un tratamiento específico a manos de una psicóloga experta en violencia terrorista. El reconocimiento por parte del Estado de su estrés postraumático no llega hasta diciembre de 2019 y el atentado es de 1987. Esa parte es la que había que contar: la desatención institucional clara y evidente, y cómo una sociedad que quería quitarse el peso de ETA miraba para adelante sin tener claro qué quedaba por el camino.

¿Ha habido una reparación justa para las víctimas de ETA por parte del Estado?

No me gusta hablar en nombre de las víctimas de ETA porque yo he conocido a dos y, desgraciadamente, hay muchas más. Yo puedo hablar de dos víctimas muy concretas que se han sentido muy desatendidas, muy olvidadas. Jose Mari tuvo que acreditar que estaba en la casa cuartel porque ni aparecía entre las víctimas del atentado en las dos primeras sentencias, una de 1994 y otra de 2003. En España la atención institucional ha evolucionado. La primera ley de reconocimiento del daño de las víctimas la hizo el Gobierno de José María Aznar en 1998 y la ley integral, José Luis Rodríguez Zapatero en 2011. ETA llevaba varias décadas matando.

¿Falta, por parte del Estado, dar a conocer nuestra historia para hacer madurar a la sociedad?

Falta una cosa muy sencilla, que a los profesores les dé tiempo a llegar a los siglos XX y XXI. No se llega nunca. Siempre me dicen: ¿Por qué los jóvenes no saben nuestra historia más reciente? Porque nadie se la ha enseñado. Un chico de 20 años no tiene la obligación ‘per se’ de estudiarse la historia. Él ha nacido en un mundo y lo que pasó ayer no existe. Cuando murió Franco yo era una niña. Cuando me convertí en una joven consciente del mundo en el que vivía habían pasado 6 o 7 años y me parecía la prehistoria. Cuando eres joven ves el presente y el futuro.

Ahora, en la ficción y en la no ficción se está apostando más por contar aquellos años sangrientos. Como ejemplo, la serie Patria o su libro.

El tiempo hace su trabajo. ETA ya no está, ha desaparecido, y es una buenísima noticia. Quizá ahora empecemos a tener perspectiva para analizar aquellos años con otra distancia y es posible que emerjan historias que no habían emergido cuando había una banda terrorista que mataba y extorsionaba. La prioridad era que aquello acabara y creo que el paso del tiempo servirá para que emerjan más historias como esta.

Ha dicho que no se puede hablar en nombre de las víctimas, ¿las instrumentaliza la política?

Las víctimas han sido total y absolutamente instrumentalizadas por la política. Todavía hoy en el Congreso te encuentras con eso y con algo peor: se les pone una especie de etiqueta en la frente como si todas fueran iguales. Las víctimas comparten un mismo dolor, pero son seres humanos con su individualidad, con su mirada sobre el mundo. En el libro se ve. Víctor y José Mari, que hablan con mucha distancia y asqueamiento de esa instrumentalización, viven la misma tragedia de forma simultánea y metabolizan su dolor de manera radicalmente diferente. Cada uno es único. Cada vida es única y usar en el barro político a las víctimas es una falta de respeto atroz.

Bildu no es ETA, pero algunos de sus dirigentes tienen raíces en ese muno. ¿Es una victoria de la democracia que hayan decidido participar en la política estatal?

Estoy encantada de que participen en política, porque además Bildu es más cosas. Que estén en política quienes ampararon en su día la violencia de ETA es una victoria para la democracia, una buenísima noticia. Quienes hemos sido adultos con esta lacra encima nos pasamos mucho tiempo pidiendo que dejaran las armas y que hicieron política. Ahora lo están haciendo. Eso sí, a quienes representan a los herederos de quienes comprendieron y ampararon la violencia de ETA les queda un recorrido ético, que es el del relato compartido. Hace poco una dirigente que viene de esa línea decía que ahora que el daño está reconocido, que cada uno haga su relato. Hombre, no. Necesitamos un relato compartido que diga que matar, secuestrar y extorsionar por motivos políticos fue un error monumental, trágico y doloroso.

¿Es la violencia machista el terrorismo de hoy?

No me gustan las comparaciones de ese tipo y es verdad que, en el fragor de las muertes de un día y otro día, se te viene la palabra terrorismo a la boca. Creo que se hace la comparación para demostrar lo gordo que es, pero el terrorismo es una banda organizada que extorsiona, secuestra y mata y la violencia machista es un asunto estructural de la sociedad mucho más difícil y lenta de combatir.

¿Trata bien España a sus víctimas?

Me he hecho tantas veces esa pregunta escribiendo este libro… Pero no me gustaría mezclar víctimas. Si hablamos de víctimas del terrorismo, pienso en cómo es posible que los periodistas nos hayamos cruzado el mundo buscando historias teniendo aquí tantas otras que no hemos visto. Luego la sociedad se sorprende de que a nuestro lado, aquí, dos menores se quedaran colgados sin atención de nadie. Cuando hago esa reflexión pienso en la pandemia. Hace un año, cuando nos decían que había 500 muertos, nos aterrorizaba. Hoy nos dicen que hay 200 en un fin de semana y preguntamos por la vacuna. Pienso que la sociedad, salvando las distancias, cuando tiene una tragedia que nos sobrepasa activamos un mecanismo de defensa que nos hace mirar al futuro y no nos detenemos a mirar lo que se va quedando por el camino: los heridos y los supervivientes.

Lo plantea Manuel Jabois en el prólogo: “Cuando el despliegue mediático fue absoluto, todavía había dos asuntos de los que no se informaba: el destrozo físico de las cosas y de los vivos”.

Los muertos lo habían perdido todo, hasta la vida, pero los vivos seguían sufriendo. Hubo un apagón de una sociedad que tenía que sobrevivir, pero las instituciones debían atenderlos y se tardó mucho tiempo.

Después de este libro, ¿qué viene?

No tengo claro ni que vaya a escribir un siguiente libro… Supongo que sí, porque al final para los periodistas audiovisuales que contamos la vida en segundos ponerte a escribir una historia sin límite es una gozada. Yo siempre digo que todo se puede contar en un minuto o, incluso, en 30 segundos, pero cuando estaba terminando el libro pensé: “Esta experiencia está muy bien, me gustaría repetir”. Ocurrirá cuando tenga una historia tan poderosa, de las que te piden ser contadas.

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