¿Cuándo y cómo podemos enseñar a nadar a los niños? Consejos prácticos para que disfruten con seguridad

Un niño en una piscina.
Un niño en una piscina.
PIXABAY

Arranca la época estival y con ella la preocupación de los padres por la seguridad de sus hijos en playas y piscinas. Un temor con mucho fundamento ya que los ahogamientos siguen siendo una de las principales causas de mortalidad infantil durante los primeros cinco años de vida y siete de cada diez, además, se producen por un despiste momentáneo de los padres o cuidadores.

¿Cuándo enseñar a los niños a nadar?

La Asociación Española de Pediatría (AEP) y la Asociación Americana de Pediatras (AAP), entre otras, aconsejan que los niños aprendan a nadar alrededor de los cuatro años (momento en el que ya son capaces de adquirir autonomía dentro del agua, desarrollar movimientos propios de la natación y a atender las instrucciones de un monitor o de sus paders) y, antes de ello, a ayudarles a familiarizarse con el agua de una forma sana y divertida que les motive, además, a perder el miedo.

Por lo tanto, hay que diferenciar claramente entre aprender a nadar, algo que solo ocurrirá cuando los niños tengan la destreza necesaria para adquirir los movimientos coordinados que requiere esta práctica; y la matronatación, práctica que se puede iniciar mucho antes y que se centra en el disfrute y adquisición de ciertas habilidades, en familiarizarse con el agua y en estrechar los vínculos del bebé con sus padres, que le van a acompañar siempre en las sesiones.

Aún así, la AEP añade que "la decisión de cuándo un niño debe iniciar dichas clases debe ser individualizada” y desde la AAP se sugiere que "cuando tome la decisión, tenga en cuenta la madurez emocional del niño, el desarrollo físico y las limitaciones de sus habilidades y el nivel de confianza que tenga en el agua”.

¿Cómo enseñarles a nadar?

El aprendizaje del niño debería tener en cuenta varios aspectos. Los más importantes son:

Perder el miedo al agua y fomentar en él la sensación de seguridad

Para ello se pueden utilizar diversos recursos. Uno de ellos sería las ya comentadas clases de matronatación en la que el niño ganará confianza en el medio. Además, podemos familiarizarles a través de juegos fuera de la piscina o el mar como, por ejemplo, mojándose con una una pistola de agua o regándonos con una manguera, lanzando juguetes al agua para que observe como flotan, enseñándole como juegan y nadan otros niños con diferentes materiales que les ayudan a mantenerse a flote (churros, tablas…) y haciendo hincapié en que siempre va a estar acompañado de un adulto.

En el momento en el que se sienta más seguro se le puede animar a que se acerque o se meta con el adulto a la parte de la piscina que menos cubre o cerca de la orilla de la playa, siempre vigilando su protección. Hacer pie le ofrecerá seguridad la que uno de los principales miedos de los niños al aprender a nadar es el miedo a hundirse.

Trabajar la respiración

Cuando el niño ya se sienta a gusto y confiado en el agua podemos empezar a trabajar ejercicios de respiración a través de juegos que le estimulen. Por ejemplo:

- Echarles agua por encima de la cabeza con un cubo o regadera (de esta manera se empiezan a trabajar las apneas).

- Pedirles que intenten hacer burbujas en el agua expulsando el aire por la boca (no es necesario que metan la cabeza bajo el agua). Luego, progresivamente, pedirle que haga lo mismo metiendo la cara y, por último, la cabeza entera.

- Hacer pequeños buceos, a poca profundidad. Si no se está muy seguro de cómo hacerlo las primeras veces pedir asesoramiento a un monitor.

- Sumergirse e intentar coger algún objeto del fondo.

La flotación, de forma natural

Los expertos recomiendan que sea el propio niño quien descubra la flotación de forma natural a través de las inmersiones y los desplazamientos. Él mismo se dará cuenta de que el agua es capaz de empujarle hacia arriba cuando se sumerge y que no se hunde. Los

deslizamientos ayudan al niño a experimentar esta flotación. Podemos realizarlos a través de diversos juegos:

- Con un churro debajo de los brazos, animándoles a que muevan brazos y piernas y a que vayan a buscar objetos o lanzar una pelota para que la recojan.

- Los papás o dos adultos se sitúan uno frente al otro a una distancia acorde con la edad del niño para que éste vaya de uno a otro ayudado por el impulso de los mayores.

- Agarrados por la espalda al cuello de un adulto, éste abre los brazos imitando las alas de un avión y el niño mueve los pies para que el ‘avión’ se desplace.

Los saltos les motivan

Los saltos motivan al niño y, de paso, les ayudan con las inmersiones y la flotación. Al principio podemos ayudarles nosotros cogiéndoles en brazos y metiéndoles en el agua sin inmersión para poco a poco irlos familiarizando con los buceos. Podemos animarles saltando a la vez para vernos debajo del agua o pidiéndoles que cojan algo del fondo.

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