Silvia, cuidadora: "Ya no puedo mandar dinero a mis hijos, pero atiendo gratis al de otra para que ella pueda trabajar"

Jhair, con su cuidadora, que se encarga de él gratis.
Jhair, con su cuidadora, que se encarga de él gratis.
Miquel Taverna

Silvia Sánchez es colombiana, vive en Barcelona, no tiene papeles, trabajaba unas horas cuidando a una niña y otras como limpiadora hasta que la crisis del coronavirus le obligó a parar y se ha quedado sin poder mandar dinero a sus hijos, que tuvo que dejar en su país porque no le llegó el bolsillo para traérselos con ella. "Son lo más importante para mí", afirma.

Su situación está por resolver, pero eso no le impide pensar en los demás y ayudar a quienes están peor que ella, pues desde que se dictó el confinamiento por la pandemia, se encarga sin cobrar del hijo de Rosa, una mujer de Ecuador que limpia casas de personas mayores, para que ella sí pueda seguir con su empleo, hacer frente al alquiler y alimentar al niño.

"Afortunadamente yo no tengo que pagar una vivienda porque vivo junto a otras 40 personas ocupando un edificio del Raval que antes era una escuela y para comer nos ayudan mucho los vecinos. Todo lo que ganaba se lo mandaba a mis hijos", cuenta.

Silvia es portavoz del Sindicato de Cuidadoras sin Papeles de Barcelona y como ella, otras nueve mujeres que forman parte de él se están dedicando también estos días de decreto de alarma a cuidar gratis de niños de madres con pocos recursos económicos que tienen que trabajar. Y es que la organización, integrada sobre todo por argentinas, peruanas, colombianas y marroquíes, se ofreció a través de las redes sociales a dar este servicio cuando estalló la crisis. "Tiempos de solidaridad y cuidados. Si eres precaria y no tienes quien te cuide a tus hijos, llámanos y te ayudamos de forma gratuita", reza el mensaje que publicó el sindicato.

Silvia apunta que además de las 10 mujeres que ya están cuidando de niños sin cobrar, hay otras cinco que se han mostrado dispuestas a hacerlo y que la cantidad va creciendo. El hijo de Rosa, del que ella se encarga, se llama Jhair, tiene tres años y vive en la calle Feliu Casanova del distrito de Sants-Montjuïc.

"Voy hasta allí a pie y tardo una hora, prefiero eso que coger el metro porque me da mucho miedo contagiarme", explica, y aunque no usa mascarilla, asegura que se lava las manos y se cambia de ropa nada más llegar al piso. "Estoy tranquila porque yo estoy libre de enfermedades y me cuido de no toser ni estornudar cerca del niño", dice.

Cuenta también que el pequeño es "tranquilo", que no lleva mal el confinamiento porque se entretiene fácilmente con "juegos o con la televisión" y que a ella le hace sentir bien la labor que está realizando. "Me aporta alegría y calma que personas que lo están pasando mal sepan que tienen a alguien para darles la mano", afirma.

Por su parte, Rosa Cunuhay, la madre de Jhair, dice: "Me cayó algo bueno. Es algo que ni me imaginaba. Sin Silvia no sé lo que hubiera hecho porque me querían cobrar 70 euros al día por cuidar de mi hijo y no los podía pagar".

Explica que llegó a Barcelona hace 12 años, que limpia tres casas de "abuelos" en Sant Just de cuatro a seis horas diarias por la mañana a seis euros la hora y que no le queda más remedio que trabajar para pagar los 400 euros de alquiler del piso compartido en el que viven ella y su hijo con otra familia. "A veces por la tarde hago unas horas extra para poder llegar mejor a fin de mes", apunta.

Unión contra el acoso

El Sindicato de Cuidadoras sin Papeles nació a principios de este año cuando varias mujeres inmigrantes, sobre todo latinoamericanas, que realizan este trabajo se unieron para apoyarse unas a otras después de haberse topado con muchas dificultades tras su llegada a Barcelona.

La principal, apunta Silvia, son los casos de "acoso". "Hay señores que te tocan el brazo, que te dicen que si te dejas hacer tal, te pagan más...", asegura. También explica que acostumbran a cobrar "solo entre cinco y ocho euros por hora" y que muchas veces sus empleadores no respetan las condiciones acordadas en un principio. "Por ejemplo, hay chicas internas que tienen un horario de las siete de la mañana a las 10 de la noche, pero les llaman a la una, a las dos y a las tres de la madrugada", lamenta.

"Tenemos que velar por nuestros derechos y luchar para ser tratadas como las que tienen papeles", apunta Silvia, y para ello, las integrantes del sindicato se reúnen semanalmente en el llamado Espacio del Inmigrante del Raval, que comparten con el Sindicato Popular de Vendedores Ambulantes de Barcelona y otros colectivos.

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