Beatriz Preciado
Beatriz Preciado Lydia Lunch

Filósofa, teórica del feminismo queer, profesora de Teoría del Género en la Université Paris 8... Pero Beatriz Preciado no sólo teoriza, también experimenta con su propio cuerpo, como ya lo hicieran Freud con la cocaína o Michaux con la mescalina: durante varios meses ingirió 50 mg diarios de testosterona. Testoyonqui (Espasa) es el fruto de las reflexiones en torno a su consumo y, sobre todo, el análisis de una sociedad farmacopornográfica.

¿Por qué elegiste experimentar con la testosterona?

Se trata de una sustancia bastante nueva, porque antes había más transexuales de hombre a mujer, pero había menos de mujer a hombre. Yo nunca me he definido como hombre o mujer, siempre he estado en terreno de nadie. Cuando empezó el tráfico de testosterona en los grupos gays, de lesbianas y transexuales, quería conocer la sustancia y ver los efectos que podía producir sobre mi cuerpo y mi sexualidad. Me interesaba también como experimento político: mientras que la progesterona y el estrógeno son hormonas cuyo uso está absolutamente banalizado y que se pueden encontrar en cualquier farmacia, para consumir testosterona hay que declararse disfórico de género. Es una situación que debe denunciarse políticamente, porque nuestras normas de género y sexualidad siguen siendo tremendamente conservadoras y reaccionarias.

Hablas de farmacopornografía. ¿En qué consiste?

Hasta mediados del siglo xx, existía un modelo de control de la sexualidad que tenía que ver con establecer una relación entre sexo y reproducción; del mismo modo, la masturbación se consideraba pecado, enfermedad y algo que había que reprimir. A mediados de los años cincuenta surge un nuevo modelo de sexualidad que yo llamo farmacopornográfico porque se asienta en dos pilares opuestos a los ejes del modelo anterior y cuyos índices son el Playboy y la píldora. Por una parte, una incitación mediática a la masturbación a través de la pornografía y la conversión de la pornografía en nueva cultura de masas. Por otra, se rompe la relación tradicional entre sexo y reproducción con la invención de la píldora. Aparece por tanto ese control audiovisual de la sexualidad y es a ese sistema a lo que yo llamo farmacopornografía. Lo que hay que plantearse es cómo resistirse a ese nuevo poder y a las tecnologías que han tomado la forma de nuestro propio cuerpo. Una de las técnicas sería la oposición, la otra es la infiltración y el uso desviado de esas tecnologías, como el hecho de traficar con tu propia testosterona.

¿Son los estrógenos y ansiolíticos los nuevos corsés?

Sí, de hecho ésta es una de las cosas que me interesó de la investigación, y fue darme cuenta de que ha habido una mutación de los sistemas de control del cuerpo desde el siglo xix. A partir de los años cuarenta y los cincuenta no hace falta llevar un corsé, porque el corsé se interna en el cuerpo y se convierte en un pecho de silicona. No es que las disciplinas del siglo xix hayan desaparecido, es que se les han añadido otras que operan a través de microtecnologías. En términos de control del cuerpo es mucho más interesante un seno de silicona que un corsé, porque el corsé es visible, mientras que el seno de silicona se convierte en cuerpo y toma la apariencia de naturaleza. Es un mecanismo que no sólo opera con la cirugía, sino también con la subjetividad: producir el alma femenina y el alma masculina con las hormonas farmacológicas que se pueden administrar por vía oral.

Ahora, además, dominan los modelos femeninos como Bridget Jones, cuyas únicas aspiraciones son estar guapas y tener pareja... ¿Vamos hacia atrás?

Los modelos de género dominantes se están recrudeciendo y extremando. Yo no creo que la generación futura pueda vivir encarnando a Bridget Jones y 50 Cent. Lo que veo en las nuevas generaciones es una enorme insatisfacción y una enorme rabia hacia esos modelos, precisamente por la imposibilidad de encarnarlos, porque son mitológicos. Me da la impresión de que se va a producir una revisión, y lo que pasará es que Bridget Jones querrá cargarse a 50 Cent o 50 Cent querrá ponerse falda. Cuanto más fuertes son los procesos de represión, más aguda es la crítica y la resistencia a esos modelos.