Proyecto Fénix de Casa Caridad
El piso habilitado por Casa Caridad es una especie de preparación para una vida normalizada y en sociedad. En la imagen, Samuel (izquierda) y Viriato, dos de sus actuales residentes. EDUARDO MANZANA

Viriato y Samuel hablan despacio, pero relatan hasta el más mínimo detalle de sus historias, de sus dramas personales. Desde la huida de matanzas o de la pobreza hasta la llegada a España, en cayuco o como polizón en un barco. Desde la pérdida del empleo hasta la acumulación de desgracias que los dejó en la calle, sin nadie a quien recurrir. Pero esos relatos pueden tener un final muy diferente al que cabría imaginar.

Ambos fueron en su día usuarios de los dos albergues de Casa Caridad, que el año pasado ocuparon el 100% de sus 159 plazas y acumularon 44.363 pernoctaciones. Ahora, la ONG ha decidido dar un paso más y apostar por un plan piloto hacia la reinserción.

Como aves que son cuidadas en un nido antes de emprender el vuelo por ellas mismas, Viriato y Samuel viven actualmente en un piso supervisado de València que la entidad asistencial puso en marcha hace un año, y por el que ya han pasado nueve personas. De ellas, cinco han logrado recobrar su autonomía e independencia al encontrar un nuevo hogar. Como el animal mitológico, han resurgido de sus cenizas. El nombre del programa es evocador: Proyecto Fénix.

Viriato tiene 40 años y es de Guinea Bissau, de donde salió  en 2007 huyendo de las matanzas de los rebeldes de Senegal, que le dejaron sin dos hermanas. Llegó a España en cayuco y, tras pasar por Canarias y Madrid, trabajó cinco años en Almería como agricultor. En 2016, vino a València desde Alicante y, cuando se posponía a renovar su certificado de asilo político, fue atropellado por un coche.

Cuando despertó del coma no sabía dónde estaba, se alimentaba por una sonda a través de la garganta y no podía andar, ya que lleva unos tornillos en la rodilla. Desde entonces, pasó por varios hospitales pero, tras cinco meses ingresado, se vio en la calle. Pasó por el centro municipal de ayuda a sin techo (CAST) y por los albergues de Casa Caridad. "¿Dónde estaría yo sin ellos?", se pregunta.

En la vivienda del Proyecto Fénix espera a que le llamen para quitarle la prótesis y poder trabajar. Mientras, va al centro de día de la entidad, donde hace actividades, y aprende español con los Jesuitas. "Me gusta València, es una ciudad muy bonita, pero sobre todo su gente", cuenta. Pero dice que echa de menos a su madre, que lo dio por muerto mientras estuvo ingresado y en coma al no tener noticias suyas.

En el sofá de enfrente, Samuel, ghanés y de 50 años, escucha el relato de Viriato con la mirada fija. Su voz, potente, refuerza una gestualidad con la que explica una trayectoria llena de obstáculos. "Llegué como polizón al puerto en 1989 con otras cuatro personas desde Costa de Marfil. València ha sido mi vida, he crecido aquí", asegura. Tras deambular por la ciudad fue atendido por Cruz Roja y Casa Caridad. Con el tiempo, trabajó sin papeles en el campo "cogiendo chufas, lechugas", se casó y tuvo cuatro hijos.

Empezó a trabajar "en negro" en un lavadero de coches, pero su vida se torció por la droga: "Estuve en prisión, falleció mi mujer", explica. Cuando salió de la cárcel, fue a vivir con sus hijos a Cheste, pero no funcionó y volvió a València. Entonces, se quedó ciego debido al glaucoma. "Estuve a punto de quitarme la vida". Ahí comenzó su vida en la calle. Deambuló por el Mercado Central, fue al CAST y finalmente acabó en Casa Caridad. "Yo no quería ir porque era callejero y no me gustaban los horarios, pero no podía valerme porque ya no veía".

Samuel dice que Casa Caridad le ha hecho "ser persona, porque antes era un animal. Me ayudan mucho, son como mi familia". Su sueño es que los médicos hagan "un milagro" y vuelva a ver algún día.

Pero la historia ha cambiado. A Samuel le han concedido una ayuda, está aprendiendo braille, ahorrando y tiene como objetivo alquilar un piso con un compañero, con alguien de confianza. Todos los días va a las actividades del centro de día, donde hacen visitas culturales, a museos, piscina, excursiones... "Son como mi trabajo, no falto a ninguna", recalca.

Viriato y Samuel se están preparando para resurgir de sus cenizas y volar como el ave fénix gracias a una iniciativa que, quizá en el futuro, se pueda ampliar a más viviendas para dar herramientas a las personas sin hogar más allá de un albergue temporal. Para recuperar vidas con dignidad.

Las claves de un programa para salir de la calle

Objetivo general. La iniciativa, explican sus responsables, consiste en la convivencia de cuatro personas en una vivienda supervisada dirigida a personas que han pasado con anterioridad por otros recursos de la ONG y que se encuentran en su última fase de reinserción. Un espacio donde trabajar las habilidades y fortalezas de la persona con acompañamiento y supervisión.

Objetivos específicos. Allí se familiarizan con las tareas del hogar, hacen la compra y, tras años en la calle, aprenden de nuevo a convivir y a llevar una casa. Es decir, vuelven poco a poco a ser autónomos y a estrechar lazos con la comunidad mientras buscan un empleo que les garantice la total independencia. La clave es la autonomía, pero duradera.

Perfiles. Las personas con las que trabaja Casa Caridad son el perfil más cronificado dentro de las personas sin hogar. Las que acuden a sus sedes de forma cíclica presentan características comunes: cobran prestaciones mínimas o tienen trabajos en la economía sumergida; alquilan habitaciones (recurso precario por las propias condiciones, por el perfil de personas que lo ocupan, los problemas de convivencia, los abusos...); carecen de red social/familiar de apoyo y presentan adicciones (recaídas).

"Pobreza heredada". Las características mencionadas provocan que las personas regresen una y otra vez a la asociación y acaben con una fuerte dependencia institucional fruto de su falta de habilidades sociales y relacionales. Se genera una «pobreza heredara» derivados del estilo de vida en la marginalidad que es necesario romper.

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