Adultos y niños miran libros en Sant Jordi en Barcelona
Adultos y niños miran libros en Sant Jordi en Barcelona EUROPA PRESS

La celebración del Día del Libro es un acontecimiento muy especial para los más pequeños. A través de los libros, los niños reciben la herencia cultural, histórica, científica, literaria... y pueden viajar a otros mundos y lugares, transportarse al pasado y al futuro y vivir otras vidas mediante los personajes.

Enumeramos los libros que se leían justo después de dejar a Teo y antes de empezar a leer Rebeldes. Justo antes de que llegase Harry Potter para cambiar buena parte del panorama de la literatura infantil y juvenil para siempre.

Los cinco de Enid Blyton

21 novelas publicadas entre los años cuarenta y sesenta llenas de misterios en páramos y tesoros en manos de contrabandistas, familiarizaron a varias generaciones de lectores con los encantos del pastel de carne y la cerveza de jengibre.

La historia interminable de Michael Ende

Fue una novela de éxito fulgurante desde su aparición en alemán en 1979. Uno de esos libros cuyo mito, ayudado por su subsiguiente película, lo convierten en algo más. Su estructura de relato dentro de relato, el juego de las tintas verde y roja, el regordete protagonista que sufre bullying, el homenaje a la fantasía y cierto amargor combinado con el tono metafórico lo convirtieron en un clásico eterno, además de proporcionarle un insólito éxito entre los grupos de música españoles.

Pesadillas de R. L. Stine

En algún momento anterior a 1992 alguien se dio cuenta de que a unos cuantos niños les encantaba pasar miedo. A lo largo de cinco años, Stine publicó hasta 62 novelas cortas dentro de la serie Pesadillas. Unos 350 millones de ejemplares se vendieron en todo el mundo, traducidos a múltiples idiomas; se creó una exitosa serie de televisión basada en los relatos y fue una de las responsables del regreso de los finales sorpresa y del terror light a la cultura mainstream.

¿Dónde está Wally? de Martin Handford

En 1987 irrumpió en nuestras vidas uno de los iconos más reconocibles de nuestro tiempo. Los libros de Wally no se leían, se jugaban buscando a su protagonista en dobles páginas atestadas de personajes. La simplicidad de su fórmula fue directamente proporcional a su brutal éxito: más de 40 millones de libros vendidos, siete entregas principales, una serie de televisión e incluso un proyecto de película que busca explotar una premisa sin historia son la muestra de la persistencia de uno de los personajes de ficción más famosos de los últimos años.

Fray Perico y su borrico de Juan Muñoz Martín

Uno de los mayores éxitos de El barco de vapor fueron las historias protagonizadas por este fraile de principios del siglo XIX que hizo su aparición con Fray Perico y su borrico y lo volvimos a encontrar hasta en ocho libros más.

Resuelve el misterio de M. Masters

Cada entrega tenía un mapa desplegable de Lakewood Hills, localidad ficticia de Minnesota en la que los protagonistas resolvían casos que oscilaban entre misterios domésticos. El componente de "jugabilidad" de los libros era que los casos podían ser resueltos por el lector analizando un dibujo que se incluía después de plantear el enigma.

El tercer elemento significativo de esta serie era que la solución de cada caso se desvelaba en una página al final del libro escrita al revés, con lo que solo podía ser descifrada leyéndola al trasluz o en su reflejo en un espejo.

Querida Susi, querido Paul de Christine Nöstlinger

Las aventuras de la austríaca Nöstlinger estaban narradas de modo epistolar o en forma de diario. La historia se completó con Querida abuela: tu Susi, Diario secreto de Susi; diario secreto de Paul y La auténtica Susi donde los personajes crecían, descubríamos que las relaciones evolucionaban y los amigos de la infancia podían acabar cayéndote mal y siendo racistas.

Alfred Hitchcock y los tres investigadores de Robert Arthur y otros autores

Un gran ejemplo de que ya en los sesenta Hitchcock se había convertido en una marca comercial fue esta serie de novelas de niños detectives en las que la presencia del director no pasaba del título, la introducción y su papel de interlocutor de las historias. El cineasta solo estuvo vinculado a las 30 primeras novelas, lo que no impidió, con la clásica falta de cuidado que en ocasiones se dedica a la literatura juvenil, que su nombre siguiese figurando en el resto de las novelas publicadas en España.