Victoria Camps
La filósofa y escritora Victoria Camps. ARPA EDITORIAL

En un jardín de las afueras de Atenas, al margen del ágora y el pensamiento oficial, Epicuro alentaba el debate entre personas de toda clase y condición. En aquel espacio ajeno al ajetreo de la urbe, una de las principales cuestiones de reflexión era la de la felicidad.

Epicuro pensaba que la filosofía es "una actividad que, mediante discursos y razonamientos, nos procura la vida feliz". Ahora que miles de libros regalan las claves para encontrarla, La búsqueda de la felicidad (Arpa, 2019), el nuevo libro de Victoria Camps (Barcelona, 1941) –filósofa y catedrática de Filosofía moral y política de la Universidad Autónoma de Barcelona–, es un pez nadando contracorriente.

"La filosofía no es autoayuda –asegura Camps–. La filosofía nos hace pensar, nos da argumentos, razones. No elude los problemas, a veces, incluso los agrava, los aumenta. Con respecto al tema de la felicidad, sobre todo nos pone frente a las limitaciones de la vida humana. Nos hace pensar sobre cómo superarlas y cómo mejorar nuestra manera de vivir".

Camps recuerda que la búsqueda de la felicidad es una empresa muy individual, que no responde a fórmulas universales, a una lista de reglas aplicables a todas las personas. Uno de los principales inconvenientes que la filósofa encuentra en este tipo de textos es que, muchas veces, no incentivan el pensamiento y simplifican.

Cuando el rendimiendo económico es el único posible

"[La felicidad] tiene mucho que ver con la libertad de escoger la forma de vida que a cada cual le apetece vivir. También, con unas condiciones materiales que los estados deberían proporcionarnos", explica. Camps defiende que esa búsqueda es un derecho, como reconoce la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, y que el modelo del estado de bienestar es clave para ello.

"El estado de bienestar se creó en Europa y es ahí donde más se ha desarrollado. Pero, en los últimos treinta o cuarenta años, ha habido una crisis importante. Se está lanzando el mensaje de que no es sostenible y que, por lo tanto, el Estado no se puede hacer cargo de la protección de las personas", dice. La escritora asegura que, desde una concepción ética, no debemos aceptar ese mensaje porque "el estado de bienestar tiene que ser sostenible".

"El mal está en conceder a la competencia y al éxito la mayor fuente de la felicidad, lo cual envenena no solo el tiempo de trabajo, sino también el de descanso. Si el gozo de vivir se puede aprender, hay que buscarlo en otra parte", se puede leer en La búsqueda de la felicidad. Tal y como está planteado el sistema de trabajo, con toda su inestabilidad, el camino hacia la felicidad de muchas personas se hace cada vez más intrincado. "La precariedad es un problema porque produce angustia, no nos ayuda a construir una vida con ciertas expectativas", cuenta la autora.

Al final, una vida feliz es, para Camps, "aquella en la que el deseo de vivir no se desvanezca pase lo que pase". Y la precariedad no es una condición adecuada para ello. Sin embargo, la autora recuerda que una vida más desahogada, en la que solo se atiende al éxito económico, muy difícilmente permite esa búsqueda. "Los bienes materiales son también ellos mismos precarios y, por lo tanto, no son la mejor manera para acercarse a la felicidad", asevera.

Todas esas imágenes que encontramos en Instagram y que, de forma constante, asocian el éxito vital al económico no tienen nada de nuevo para la escritora. “Todo eso viene de una sociedad muy competitiva, una sociedad de consumo, donde la vida productiva y el rendimiento económico son, básicamente, los únicos rendimientos posibles que se pueden buscar”. Dentro de una sociedad así, se olvida, por ejemplo, el rendimiento cultural, al que la filósofa dedica un espacio especial dentro de su libro.

Una vida propia pero en compañía

Así como Camps defiende que para aproximarse a la felicidad es imprescindible un mínimo de equidad y dignidad en el terreno de las condiciones materiales, la igualdad de género también le parece elemental. “La infelicidad de la mujer –eso que Betty Friedan llamó el problema que no tiene nombre y que describió en los años sesenta del siglo pasado, un problema ante el que se encuentran las mujeres cuando ya han criado a sus hijos, cuando se encuentran solas en el hogar sin saber que hacer– es un estado de ánimo desgraciado, depresivo. Tiene como causa el que a la mujer no había sido educada, hasta entonces, para tener una vida propia, hecha por ella misma, a su manera”.

Ese hecho, el de tener una vida propia, es uno de los primeros para poder encontrar una vida buena. Sin embargo, Camps recuerda que dentro de esa existencia autónoma es imprescindible no excluir a los demás. El afecto, la compañía y los cuidados son básicos. Esta cuestión ha estado presente en la filosofía desde sus comienzos, con el mismo Epicuro, con los estoicos, con Aristóteles o con Platón.

Pero, ¿si la compañía es necesaria para conseguir la felicidad, cómo hacerlo en una sociedad cada vez más sola? Esta cuestión es una paradoja para la autora, pues la esperanza de vida crece y crece y, cada vez, más gente se encuentra con la soledad al final de su vida, en ese momento en el que ya han dejado de formar parte del sistema productivo. “Esas personas empiezan a tener una serie de dependencias y a necesitar a los demás. En una sociedad muy individualista, muy egoísta, donde cada uno va a lo suyo, la consecuencia es que nadie quiere hacerse cargo de ese afecto que todos necesitamos”, explica.

“Tanto el vulgo como los cultos piensan que vivir bien y obrar bien es lo mismo que ser feliz” es la frase con la que comienza el tratado aristotélico Ética a Nicómaco y la cita con la que parte el primer capítulo de La búsqueda de la felicidad. Para Camps, la búsqueda de la felicidad es, en esencia, una búsqueda dirigida a ser buena persona. “Consiste en la vida buena, en vivir bien en el sentido ético de la palabra. Podemos decir que se trata de una búsqueda ética, la búsqueda de una vida buena para uno mismo y para los demás”.