El peso de la nostalgia y el eco pugilístico del pasado ayudan, pero el boxeo moderno se ha convertido en un hándicap, o al menos en un estigma, para el cine.

El deporte se horteriza sin remedio, asolado por la mercadotecnia que todo lo invade con sus oropeles y sus metacrilatos; pero, en especial, hay que ver lo mal que ha evolucionado estéticamente el ring desde aquellos claroscuros tenebristas de Cuerpo y alma, Más dura será la caída y Marcado por el odio... tan respetados y sabiamente aplicados después por Martin Scorsese en Toro salvaje.

El mérito de Rocky (y el de John Huston antes en Fat City, ciudad dorada), un poquito antes de entrar de lleno en el despiporre capitalista cinéfilo de los 80, fue ponerle color al espíritu de aquello que hasta entonces olía a linimento y se alumbraba con una bombilla colgando sobre la lona. Hasta que les estalló en los guantes por sobredosis de bisutería deportiva en las sucesivas entregas y acabó implosionando en Rocky V.

Sin embargo, poniendo el foco en otro lado, las películas del potro Balboa han sabido superar el ahogo de la franquicia original sustituyéndolo por el toque shakesperiano (coppoliano también vale) que incluye la famiglia (aunque el apellido en liza tenga origen galaico-leonés) en la ecuación de éxito.

No son Million Dollar Baby, que aguantaba el tirón estético del boxeo chillón porque salía poco del gimnasio; ni tampoco The Fighter, que se mantenía con Christian Bale en las fronteras del universo white trash; ni siquiera Redención (Southpaw), que jugaba al drama sanguinolento con un sorprendente Jake Gyllenhaal. Pero funcionan con solvencia dramática y un cierto aroma (a diferencia del amaneramiento de Cinderella Man) a clasicismo sin ínfulas.

Tras la crepuscular Rocky Balboa y la neoadrenalínica Creed, esta segunda entrega de las andanzas del hijo de Apollo es un chute de nostalgia apoyada en el retorno de Iván Drago: la película apela de manera muy directa e inequívoca, sin aspavientos, con mecanismos simples pero muy efectivos (banda sonora que suena a la original) a la revancha del ruso derrotado en pleno auge de la administración Reagan.

El comeback de Dolph Lundgren –muy bien conservado– es el arma más poderosa (Brigitte Nielsen no anda lejos) para justificar la película: el director Steven Caple Jr. (realizador del drama racial The Land) se marcó como referencia para el encuentro entre los dos antiguos rivales el cara a cara entre Robert De Niro y Al Pacino que Michael Mann bordó en Heat. Y pese a las diferencias de peso (interpretativo), no ha salido mal parado en esta reivindicación de la sangre en plan soviético.

Ante Lundgren y su estigma, se agradecen los esfuerzos de Michael B. Jordan, junto a ese eterno marcharse sin acabar de irse de Stallone, y la presencia del contrapunto femenino de Tessa Thompson, que ya no quiere esperar en casa el resultado del combate.

Sucede que, en el boxeo, como en la vida, los perdedores acaban siendo mucho más interesantes. Atención al futuro de esta saga con Drago y su hijo, porque solo en el cine pueden los hijos del fracaso llegar a ser ganadores en el futuro.