Carlos, Antonio y Miguel habían visto el invento en Europa pero hacían falta ocho millones de pesetas. La guerra devoraba todos los recursos al alcance de los últimos imperios y no había quien quisiera arriesgar tanto su dinero. Madrid necesitaba un metro, sí, pero España seguía en el vagón de cola.

Carlos, Antonio y Miguel eran los nombres de pila de tres aventajados ingenieros: Mendoza, González Echarte y Otamendi, considerados padres del Metro de Madrid. Ellos fueron los diseñadores de la línea Sol-Cuatro Caminos que terminaría por inaugurarse tal día como hoy hace 99 años. Su proyecto para colocar la capital a la altura de París o Londres a punto estuvo de naufragar. Tuvo que intervenir un actor inesperado: el rey Alfonso XIII.

"Era vital para Madrid, que ya tenía sus problemas de atascos, pero no encontraban dinero suficiente dentro de la iniciativa privada", relata Javier Otamendi, sobrino nieto del vasco Miguel Otamendi y antiguo responsable de relaciones institucionales de Metro. "Al final optaron por presentar el proyecto al rey". Y le convencieron. "Estuvo tan interesado en lo que le mostraban que sus ayudantes tuvieron que interrumpirle varias veces para decirle que la comida estaba servida, que le reclamaba su familia", agrega. Alfonso XIII puso un millón. "De su pecunio", puntualiza. Luego, llegó la banca y el resto de inversores hasta completar el presupuesto inicial. "Si él entraba en un proyecto, demostraba que no era peligroso, que había que apoyarlo".

El "timbre de gloria"

Las obras se iniciaron a comienzos del turbulento 1917. Habían pasado ya tres años desde que Otamendi pidiera la concesión al Gobierno, pero el plan mantenía su premisa: conectar "de forma económica" la Puerta del Sol y la flamante Gran Vía con Cuatro Caminos. "Era la barriada popular de la época", explica el exdirectivo, "y hacía falta una solución rápida, cómoda y directa". "Ahora estamos acostumbrados a ver las obras con las tuneladoras. Entonces, se hacían con pico y pala".

La línea Norte-Sur de la denominada Compañía del Metropolitano de Alfonso XIII realizó su primer viaje oficial el 17 de octubre de 1919 a las 15.40 horas. Ocho estaciones, 16 teléfonos y 37 semáforos a lo largo de tres kilómetros y medio de recorrido conectados en diez minutos que la prensa de la época resumió con pompa. "La ingeniería española ha añadido un nuevo timbre de gloria a su noble ejecutoria de trabajo", encabezaba el ABC del día siguiente. En la puesta de largo, retrata el diario, hubo bendición del obispo, casas engalanadas, prensa, vivas al rey, ministros, vivas a España y "efusivas muestras de afecto por parte de la muchedumbre" que se reunió en Cuatro Caminos para ver la partida del histórico trayecto.

Un ingeniero, el "señor Zapata", se encargó de conducir los dos coches que formaban aquel convoy, pionero en España. En el primero viajó el rey. En el segundo, los invitados. El itinerario duró algo más de lo previsto. Nada más llegar a Ríos Rosas hubo que hacer un alto para que "un núcleo de señoritas bellísimas, tocadas con mantilla blanca" agasajaran al monarca con un ramo. En Chamberí, Otamendi hizo de guía por pasillos, andenes y hall rematados con azulejos sevillanos. Resulta paradójico: reconvertida en museo, esta es, a día de hoy, la única estación del primitivo trazado que el tiempo ha terminado dejando fuera de servicio.

Tras descubrir una placa en Sol, a las 16.14, la expedición regresó por sus vías hacia Cuatro Caminos. Esta vez, no hizo parada alguna. Siete minutos y 56 segundos después, de nuevo en superficie, tocaba enviar un mensaje a la población. Funcionaba. "La sensación fue de perfecta tranquilidad ante las condiciones de solidez y seguridad", describía el diario sobre la experiencia de su majestad. Ese día, 56.200 madrileños compraron sus billetes para probar por sí mismos lo que era atravesar las entrañas de la ciudad a 25 kilómetros por hora. Un año después, los tornos habían validado ya 14 millones de tickets. De primera y de segunda clase.

De aquel frío día de octubre permanece la foto que Julio Duque legó a la historia. Sin embargo, hubo que retocarla. El original que hoy conocemos no era publicable: el rey había parpadeado en el momento justo. Los nervios de la primera vez.

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