Nunca antes un director español había asumido la responsabilidad de sacar adelante un proyecto cinematográfico tan colosal como este. J.A. Bayona ha recogido el testigo prehistórico y ha construido una secuela digna de Hollywood, una cinta que perfectamente podría igualar las cifras de su predecesora –actualmente cuarta película más taquillera de la historia–... porque es básicamente la misma cosa.

Bayona ha cumplido tan bien su papel que su estilo, su sello, apenas se aprecia. Tal vez solo, y muy ligeramente, en el último tercio, más oscuro, casi gótico y con tintes de terror.

Pero lo cierto es que la nueva Jurassic World es un reino caído en muchos sentidos, caído en la repetición, en el "más difícil todavía" y en el "cuanto más grande e inverosímil mejor". Es, en definitiva, una superproducción formulaica que juega a atrapar al espectador por acumulación de impactos visuales. Y, en ese sentido, es innegable que funciona.

Lo primero que salta por los aires es la isla Nublar, a causa de un desastre natural, la erupción de su volcán. Eso sirve de disparador de la trama y permite, por segunda vez –ya en El mundo perdido (1997) se hizo algo parecido–, jugar con los dinos en nuevos escenarios.

Al margen de este detalle, casi todo suena a ya visto: carreras en medio de una estampida, peligrosos depredadores persiguiendo a los héroes (que incontables veces se salvan de la dentellada por un milímetro de tela), tipos mezquinos devorados por el karma jurásico y muchas escenas de acción que a veces parece que homenajean a las películas originales y otra veces parece que las copian.

Pero todo esto es perdonable e incluso disfrutable, lo que resulta más difícil de justificar son las líneas argumentales básicas. Cuesta empatizar con las motivaciones de los personajes, ya sean los buenos o los malos. Los primeros son ecologistas temerarios que creen que es necesario embarcarse en una misión suicida para salvar a los dinosaurios de la isla antes de que esta salte por los aires. Los segundos son un hatajo de descerebrados que, como en la primera Jurassic World, tienen la absurda idea de que los dinosaurios pueden ser utilizados como arma militar. Se añade también el algo más comprensible interés comercial, pero no deja de parecer todo muy loco, más aún a medida que el filme se acerca a sus compases finales.

Lo que sí funciona, de principio a fin, son Owen y Claire, los protagonistas. Chris Pratt y Bryce Dallas Howard son dos maravillosos héroes de acción, carismáticos, con química y una vis cómica perfecta para una película de estas características. Están a la altura de la franquicia.

Por desgracia, al igual que sucedió en el resto de secuelas, los secundarios no dan la talla. Hay un abuelo entrañable, pero no es el gran John Hammond; hay una niña, que nunca será tan recordada como los hermanos de Jurassic Park (aunque para muchos fuesen odiosos); hay un malo maloso, a años luz del icónico Dennis Nedry; y sí que está Ian Malcolm (Jeff Goldblum), pero tan solo en forma de breve cameo. También hay un par de jóvenes incorporaciones, una agerrida activista y un geek cobarde. Simplemente no dan la talla.

El reino caído es, pues, la continuación esperable de Jurassic World, que tampoco era gran cosa pero que logró dar en el clavo y se convirtió en un fenómeno de taquilla gracias a sus certeros dardos de nostalgia, que aquí vuelven a estar presentes. Estos, combinados con ciertas ideas disparatadas, conforman una trepidante aventura que, aunque predecible, es entretenida, siempre y cuando se vea sin prejuicios. Además, sirve en badeja de hueso las bases para el cierre de la trilogía.