El escritor Jordi Soler.
El escritor Jordi Soler. PEP ÁVILA

Jordi Soler (México, 1963) llega a punto para la entrevista con un libro del mexicano Octavio Paz bajo el brazo. Tiene lógica: lleva 15 años viviendo en Barcelona pero toda la conversación parece su íntimo tête-à-tête entre aquel chico que se crió en La Portuguesa, en Veracruz, y el hombre que ahora es, ya lejos, tanto tiempo después.

"Tarde o temprano, el inmigrante acaba siendo parte del sitio al que ha emigrado", aclara. "Hay un peaje que se debe pagar y después, una vez pagado ese rito de iniciación, ya eres del paisaje", comenta con conocimiento de causa: su familia se exilió a México durante la Guerra Civil y él ha vuelto a España. Y siempre la misma historia. Clasismo. Racismo.

Temas "rabiosamente contemporáneos" que recorren su vida y su obra, porque en ambas habla de sí mismo y del protagonista de su último libro, Usos rudimentarios de la selva, una novela erguida como un mangle sobre 12 relatos de su juventud. "Yo me resisto a llamar a estas historias cuentos porque son bastante autobiográficos. Son doce cuadros que al final completan una suerte de novela completa", resume.

"Esa batalla es un motor muy importante para mí", dice la voz madura. El niño que fue apenas son retazos impresionistas, fotografías ocres, espacio vacante. "Hay una nostalgia permanente de aquel mundo a pesar de lo duro que era. Porque era duro, pero yo no lo percibía. Yo era un chico feliz".

Pausa para beber algo de agua, como quien jerarquiza sus propios recuerdos. "Simplemente no conocía otra cosa. En esa comunidad no usábamos zapatos, no íbamos al colegio ni al médico: había una chamana que nos curaba. Nunca habíamos visto un ascensor o un edificio. Los vi por primera vez cuando tenía 10 años, en el DF", rememora.

Ni una hoja de realismo mágico

Y no miente, aunque sorprenda. La virulencia de su prosa, cierto panorama de la inmundicia y anécdotas torvas no parecen la autobografía de un niño. "Un niño falso, escrito por un adulto". ¿Memoria? "Reconstruida. Es la única forma de volver a casa. Y este libro es, de entrada, un ejercicio personal de regreso a casa y siempre que eso ocurre hay una especie de reset, pero para seguir hacia adelante". Es un argumento válido.

Con todo, no parece que Soler quiera salir, literariamente hablando, de ese extremo del mundo, porque la nostalgia de la infancia "no se supera, hay que lidiar con ella". "Tengo la impresión de que ya no voy a salir de esa selva. Mi siguiente novela también transcurre ahí", avanza. Puede parecer su Ítaca personal, su Macondo anclado, pero no le gusta la ciudad del Gabo: "Me queda grande, es demasiado, casi un cliché. Aquí no hay nada de realismo mágico".

Absolutamente nada. Al contario, se trata de historias ásperas, basiliscas, feroces, salvajes. "Una de las ilusiones que me hace este libro es participar en la concepción que hay de la naturaleza en el siglo XXI, esta idea de que te metes al bosque y sales vivificado al otro lado, una especie de reinicio en la cabeza cuando vas respirando el oxígenos de los árboles. Y eso es verdad siempre y cuando no te salga un lobo", opina el autor.

En definitiva, parece no cesar de hablar sobre estar alerta, ganarte de nuevo su confianza, el hijo pródigo. "El otro día me decía un amigo que este libro es como un manual de supervivencia", se sincera, porque en la selva "todos mueren más rápido, se vive más deprisa, se vive en unas cuantas décadas, un paisaje donde si no eres capaz de quemarte, te pudres. Rápidamente. Es una de las metáforas del libro: todo se pudre rápidamente, incluso la vida, en estas historias".

Una violenta Mamá Natura

La violencia. Una palabra para defirnir un libro. Y él es consciente de lo que veía: "Una de las ideas de estas historias es que Madre Natura nos quiere, pero también nos quiere aniquilar. Hay una parte de la Naturaleza que es muy violenta contra nosotros porque nosotros ya no somos propiamente naturaleza. Somos ya un subproducto, nos hemos desligado y ahora pretendemos entrar y que nos ame".

Soler sabe que su país de entonces ("la violencia era parte sustancial de la vida allí, integrada al sistema, los cadáveres que pasan en el libro por el río son los cadáveres que yo veía de niño"), no es el México de ahora.

"No creo que se haya vuelto violento, pienso en lo que veía de niño, sino que se ha expandido y lo poco que ha cambiado ha cambiado para mal", argumenta Soler. Para él, "a toda esta violencia se ha sumado el narco", el cual "es otro tipo de violencia, que tiene otros códigos, que ya no son los usos rudimentarios de la selva". Id est, "la violencia industrializada", porque "aunque conozcas los usos ya no sirven, eso es un tiro en la cabeza, no hay ciencia".

Y sin embargo, desde aquella Veracruz de su infancia a la Barcelona donde viven sus hijos, ve esperanza. "México sigue siendo un país muy joven, que ha vivido casi toda su época moderna en crisis, así está preparado para salir de ella", sintetiza, a lo que contrapone que "en España noto un desánimo general, que no hay energía,  hay  melancolía. Mientras que México, por cercanía, sabe los usos rudimentarios de la selva, España está sometida a los usos civilizados de occidente".