Si no fuese por la ácida e impactante Tres anuncios en las afueras, Guillermo del Toro sería ya el rey absoluto de la temporada de premios, favorito indiscutible de cara a los Óscar.

La culpa la tiene La forma del agua, su mejor película en años, un cuento que recoge los elementos característicos de su cine y los entrelaza con maestría y sensibilidad. El cineasta mexicano toma como escenario una base militar secreta de EE UU en 1963, en plena Guerra Fría, y le añade, en forma de criatura marina antropomorfa, su habitual imaginería y atmósfera de fábula oscura.

En esa extraño entorno, que recuerda ligeramente al videojuego Bioshock –del que Del Toro es fan–, el director vuelca toda su erudición cinéfila, su destreza narrativa y su talento a la hora de construir historias humanas a través de seres extraños, diferentes, inadaptados, relatos fantásticos que cuentan historias reales.

En esta ocasión, la aventura es una especie de revisión del mito de La Bella y la Bestia en el que no hay maldición que romper ni hace falta una belleza exterior que certifique la existencia de una belleza interior. De este modo, La forma del agua presenta una historia de amor sin prejuicios y desprovista de hipocresía en la que una animosa chica muda, que trabaja en el equipo de limpieza del citado búnker secreto, establece un vínculo con el asombroso humanoide que los militares mantienen retenido en una sala con un tanque de agua.

La joven Elisa –a la que da vida, de forma magistral, la actriz Sally Hawkins– no es una figura dramática, no se la presenta desde la lástima. Todo lo contrario. Ella es alegre, decidida, valiente, divertida, una amiga para el espectador ya a los pocos minutos de metraje.

Pero Elisa y su amado anfibio no son las únicas estrellas del espectáculo. Los secundarios son todos increíbles. Por un lado están los dos grandes amigos de la joven: su vecino, un maduro hombre homosexual llamado Giles (Richard Jenkins), y Zelda (Octavia Spencer), su compañera de trabajo y principal elemento cómico del filme. Según cuenta Del Toro, los tres –Elisa, Giles y Zelda– son en realidad el mismo personaje, individuos invisibles para el mundo, marginales, pero que no ven la vida como una tragedia ni reniegan jamás de quiénes son.

Frente a ellos se planta el coronel Richard Strickland (Michael Shannon), desde el principio el verdadero y obvio monstruo de la película.

Son todos ellos, los buenos, los malos y los no tan buenos y no tan malos, los que consiguen que La forma del agua trascienda la insuficiente definición de película romántica. La última joya de Guillermo del Toro es un alegato, con un marcado cariz feminista, en defensa de las minorías, de la concordia, de hacer el amor y no la guerra –sí, del sexo, explícitamente–, un grito contra la violencia, la xenofobia, el racismo, la homofobia...

Tal vez no sea tan buena como El laberinto del fauno, o sí (cada uno tendrá su opinión), pero lo que es indudable es que pasará, por méritos propios, por sus muchas escenas, icónicas, que quedan grabadas en la retina, a la historia del cine.