«Son unos cagones, pero vaya amigos»
Los internos del Psiquiátrico de Fontcalent, en su última excursión, con sus inseparables perros (RAFA MOLINA).
«Era de noche, conducía mi coche y en el cielo vi a Papá Noel, con sus renos; no faltaba ninguno. Pensé que era un sueño, que no podía ser, y miré al suelo porque sabía que cuando volviera a mirar arriba ya se habrían ido».

Detrás de estas estremecedoras palabras se encuentra la tragedia de un hombre  que, como muchos otros, han sido víctima de una enfermedad mental que le ha condenado para siempre.

Alejo asume su esquizofrenia e intenta sobrellevar su particular yugo escribiendo historias, inventando lenguas que sólo él conoce, yendo a la escuela a aprender y coordinando el cuidado de Pluto y Venus, dos perros que conviven con el resto de reclusos del Centro Psiquiátrico Penitenciario de Alicante.

«Son unos cagones, pero son los dos mejores amigos que tengo en el módulo», dice José, encargado de Sol y Luna, los otros  canes. En su cara sólo se esbozan sonrisas y agradecimientos (como el resto de reos) hacia los cinco trabajadores que les acompañan en la excursión a la montaña.

«A mí me alegra tenerlos (a los animales),  aunque a veces pienso que qué habrán hecho para merecer estar con nosotros», confiesa Raúl. En sus ojos, la ilusión por el cariño que le dan… pero detrás de sus pupilas, la tristeza de no ser libre.

Los canes les dan el calor que les falta de sus familias, por lejanía o desazón. «Me duele escribir a mis sobrinos y que no contesten», se lamenta Alejo. «Mi madre sólo viene una vez al año», protesta otro de los internos a los que acompañamos.

Han sido libres por unas horas, han podido desayunar y almorzar en el campo, ver de lejos el mar... coger oxígeno para seguir con su condena.

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Habituados a muchos dueños

Cuatro perros para los módulos I y III del Psiquiátrico de Fontcalent. Estos ejemplares, venidos de un criadero de Segovia, de raza golden y labradores, con pedigrí, son los mismos que se suelen amaestrar como lazarillos de invidentes. A todos los internos acuden, serviciales y con ganas de jugar. Los presos más afortunados, por lo que cuentan, se encargan también de enseñarles unas elementales normas de comportamiento allí dentro, sin grandes alardes, obviamente; se sienten satisfechos con lograr, por ejemplo, que no se hagan sus necesidades en cualquier parte.