Jesse Malin
Jesse Malin, en acción en la sala El Sol. (SILVIA MANZANO) SILVIA MANZANO

Hacía bastante tiempo que un concierto rockero en Madrid no deparaba tantos sentimientos encontrados. La actuación de ayer de Jesse Malin en una bastante nutrida sala El Sol no puede asociarse a los recientes triunfos rotundos de formaciones como Waterboys o Tesla, o a los fiascos de Quique González en el Azkena 2007.

El ex líder de los tristemente desaparecidos D-Generation hace escala en España para presentar su inspirado Glitter In The Gutter, tercer álbum de su carrera en solitario, y ayer le tocó el turno a la capital.

Su voz, en otros tiempos llena de empaque y agresividad, sonó sorprendentemente fina y lineal
La expectación por comprobar el estado de forma de este antihéroe del rock de los 90’s era tremenda, y pronto algunas dudas se disiparon.

Con Downliner, la mejor canción del amuermante The Fine Art Of Self Destruction, y una de las primeras del show, la audiencia comprobó pronto que este Malin no iba a descolgarse con una de las incendiarias actuaciones que ofrecía con D-Generation.

Su voz, en otros tiempos llena de empaque y agresividad, sonó sorprendentemente fina y lineal, y resultaba duro rendirse a la evidencia de que ese punk-rocker, con ese registro, encajaría mejor en una formación como Placebo que en otra mucho más acorde a su sensibilidad como The Clash.

Sentimiento agridulce

Musicalmente, la banda comenzó poco engrasada, y en el citado tema quedó bastante en evidencia, redondeando la interpretación más mediocre del concierto.

Por suerte, un bonito encadenado de Prisoners In Paradise y Black Haired Girl, también en los primeros compases de actuación, mostró a un Malin más convincente, como en la mayoría de las canciones de su tercer álbum, en líneas generales unos cuerpos por delante de los, en su mayoría, ramplones temas de los dos primeros.

Este sujeto tiene madera de punk-rocker y es inevitable añorar sus desbocados tiempos con D-Generation
Según se desarrolló el concierto, no obstante, la intensidad aumentó, y el sentimiento agridulce de ver a un tipo derrochando carisma y vitalidad a destajo en el lugar equivocado, también. Porque no hay que engañarse, Malin actualmente ha apostado por un formato de rock americano intimista para todos los públicos, al estilo de Ryan Adams, pero este sujeto tiene madera de punk-rocker y una energía desorbitada, y es inevitable añorar sus desbocados tiempos con D-Generation, cuando era un ciclón al mando de una de las mejores bandas de su época.

Como momento anecdótico cabe destacar su mesiánica versión de Death Or Glory, de The Clash, donde instó a la audiencia a sentarse en el suelo y corear la canción, y como momento revelador de que Malin no es precisamente un cantautor comatoso su interpretación acústica de Aftermath, violentamente interrumpida por él mismo porque unos individuos no le prestaban mucha atención.

In The Modern World, en la recta final del concierto, se erigió en el punto álgido de una velada en la que Jesse Malin, para desgracia de los fans de D-Generation, transmitió la sensación de ser un músico domesticado por un repertorio repleto de altibajos y por un formato musical que se le queda pequeñísimo y donde no puede desarrollar toda esa grandeza y devastadora pegada que exhibían las composiciones de su antigua banda.