Trabajo doméstico equitativo
Angélica y Pablo con sus dos hijos forman una familia que ha conseguido la corresponsabilidad en las tareas del hogar. JORGE PARÍS

Hubo un momento en la vida de Angélica en el que sintió que tenía demasiada carga familiar encima y que tenían que organizarse mejor. Se sentó con Pablo, su marido, y lo hablaron. "Llegamos a un nuevo acuerdo y ahora ya no tengo que ir corriendo a todas partes". El punto de inflexión ocurrió cuando la pareja, que reside en un barrio al sur de Madrid, empezaba a compaginar sendas carreras profesionales con la crianza de sus dos hijos.

Angélica creía que el reparto de tareas que tenían previo al último consenso ya era equitativo, pero resulta que no era justo. "Ahora hemos evolucionado y la clave está en que ambos hemos renunciado a parcelas de nuestro tiempo particular y hemos negociado un reparto que nos encaja", explica Angélica sin darle mayor importancia, como si su experiencia fuera lo habitual, cuando en realidad este pacto explícito les sitúa en un universo minoritario de las parejas en España que mantienen un reparto equitativo de las labores del hogar.

Angélica y Pablo están bajo la lupa de un equipo de sociólogas, autoras de un reciente estudio 'La casa es de los dos: desmontando la división de las tareas domésticas por sexos'. En él fijan la mirada en 28 parejas españolas de dos ingresos y de diferentes contextos socieconómicos, en busca de las claves y los patrones en las familias que rompen moldes con el reparto de los quehaceres del hogar. Porque las investigadoras opinan que son estas parejas las que pueden ilustrar los mecanismos que permiten superar los roles de género tradicionales.

A falta de una estadística oficial más reciente, la gran brecha de género en las tareas domésticas se sigue calculando en España en base a la encuesta del INE sobre el uso del tiempo (del 2010) que descubría que los hombres dedican 2 horas y 10 minutos al día a los quehaceres del hogar, mientras que las mujeres invierten diariamente 4 horas y 4 minutos. Respecto a la anterior encuesta (de 2003) la evolución es mínima. En siete años, ellos aumentaron la corresponsabilidad en el hogar en veinte minutos, los mismos que ellas redujeron su dedicación.

La decisión de quién plancha, hace la compra, cocina y ordena armarios en casa es más relevante de lo que puede parecer. Un reciente informe de Fedea concluye que el dispar reparto de las tareas familiares es el germen de la desigualdad laboral entre hombres y mujeres en España. "Es precisamente lo que condena a las mujeres, a pesar de su mejor formación, a trabajar en empleos peor pagados, a sufrir más las jornadas parciales involuntarias, la temporalidad y a ocupar menos cargos de dirección en las empresas", indica el informe de este laboratorio de ideas.

Un estudio descubre que no hay reparto igualitario de las tareas del hogar en una casa sin negociación explícita de la pareja La socióloga de la Uned Teresa Jurado, autora de varios estudios sobre familia y género, considera que paradójicamente "incluso las parejas jóvenes con valores igualitarios conviven en situaciones de reparto desigual de las tareas domésticas". Da una idea el hecho de que la sociología considere parejas igualitarias aquellas en las que los hombres realizan el 40% de las tareas del hogar y las mujeres asumen el mayoritario 60% de los trabajos domésticos.

A base de estudiar a las parejas más avanzadas, Jurado y sus compañeras de estudio han descubierto cuáles serían las claves que favorecen un reparto equitativo. Estas son: un nivel alto de educación y la actitud a favor de una relación igualitaria. Ambas son "condiciones fundamentales para ir a contracorriente del reparto tradicional de tareas". Otra conclusión es que no hay distribución igualitaria sin negociación explícita. "Las parejas más igualitarias exteriorizan los conflictos y acometen explícitas negociaciones sobre las tareas", sostienen en el estudio.

¿Qué es exactamente negociación explícita? Unos pactos acordados sobre la división del trabajo, con la especialización de cada miembro de la pareja, y un control mutuo.

La investigación ha averiguado que algunos quehaceres son más compartidos que otros, como la limpieza general o la compra. La especialización es fruto de gustos o de habilidades: como fregar o poner lavadoras. El listón de los estándares de limpieza se probó asímismo como un obstáculo y una amenaza para la equidad y tiende a ser más alto en las mujeres. Las parejas que comparten equitativamente se mueven en el mismo margen de lo que consideran aceptable en materia de limpieza.

Otra de las bases fundamentales para una correcta negociación es la aspiración a una distribución justa del tiempo libre. Estas parejas no analizan las tareas domésticas solo como una política de igualdad de género, sino de justicia, en mayúsculas, con cálculos premeditados de las horas invertidas dentro y fuera de la casa y de la familia.

"Corresponsabilidad no es ayudar en casa"

"Hay parejas que intentan hacer realidad la corresponsabilidad, que no es ayudar en casa, sino responsabilizarse", describe Teresa Jurado. La socióloga reclama más política pública que haga posible "un modelo de familia en el que ambos sean empleados y cuidadores sin que estén penalizados laboralmente".

Fedea también considera necesario "flexibilizar las jornadas y lugar de trabajo, un punto en el que España suspende porque solo el 20% de las empresas —según datos de OCDE— ofrecen a sus empleados flexibilizar su empleo. Y propone un sistema de bajas laborales por nacimiento que sea más equitativo".

En el pequeño apartamento madrileño que comparten Angélica, Pablo y sus dos hijos nunca está todo impoluto. "A veces entras en casa y es como Sarajevo", describe Angélica. "Cuando tienes hijos bajas tus estándares de comodidad y limpieza. Las huellas en las ventanas y los juguetes por todas partes están ahí", explica. Su pareja coincide, "la casa dura limpia lo que un niño tarda en sacarse la zapatilla de regreso del parque y antes no teníamos así de pintado el sofá".

En su caso basan creen que la base de un reparto equitativo es una buena organización. "Hay cosas que a él no le apetece hacer, como limpiar el baño. Yo lo limpio, pero el friega los cacharros, que a mí me da más pereza", explica Angélica. La compra es cosa de él, la cocina de ella. "Antes yo llevaba y traía a los niños de la escuela e iba a todas partes con la lengua afuera". Esa tarea ha pasado a manos de Pablo en el nuevo acuerdo.

"Fui consciente de que ella hacía más y no me parecía justo, teníamos que acomodar las cosas mejor", reconoce Pablo. Los dos coinciden en que este modelo conlleva esfuerzos y renuncias por parte de ambos: "Dejar de hacer cosas para uno mismo y ocuparse del bien común".