La vuelta al trabajo después de unos días de descanso veraniego no ha sentado demasiado bien a los aragoneses. Los psicólogos y psicopedagogos ya empiezan a notar los primeros efectos del denominado Síndrome Postvacacional, que en esta época del año aumenta entre un 18% y un 20%. Este tipo de cuadros depresivos se ha incrementado alrededor de un 75% en la última década y tiende a continuar subiendo, según indicaron diversos profesionales consultados por 20 minutos.

«La gente habla de depresión postvacional pero no se trata de una depresión propiamente dicha. Es más bien un estado de decaímiento y de apatía provocado por pasar de una situación agradable a un estado que puede ocasionar conflictos o estrés», explica José Antonio Planas, presidente de la Asociación Aragonesa de Psicopedagogía .

El origen de tal malestar reside, según los expertos, en la dificultad que tiene la sociedad actual para asumir las frustraciones diarias.

«Los padres educan a los hijos para el triunfo pero los sobreprotegen y no los preparan para el fracaso. Por eso, cuando surge algún problema no son capaces de resolverlo. En los últimos 10 años ha aumentado cerca de un 75% este tipo de cuadros depresivos y no es normal», añade la psicóloga Cristina Equiza.

El Síndrome Postvacacional a menudo produce somatizaciones, es decir, problemas físicos derivados de la propia preocupación. Así, los afectados sienten malestar general, acompañado de dolores de cabeza, vómitos e incluso diarreas.

En la mayoría de los casos se trata de gente insegura y con escasa autoestima. Por eso, gran parte de los especialistas aseguran que la mejor medicina para ellos es conseguir aumentar su capacidad de decisión y de defensa frente a la adversidad.

A más vocación, menos depresión

No existe una horquilla de edad en la que el Síndrome Postvacacional sea más frecuente ni tampoco influye si se es hombre o mujer. Generalmente el estado de decaimiento que se genera con la vuelta al trabajo va en consonancia con el tipo de profesión que se tiene. Así, los trabajos más pesados y los menos cualificados son los más proclives a provocar estados depresivos. Le siguen aquellos que implican un trato constante con los demás (profesores, banqueros...) y aquellos que requieren escasa creatividad (tareas de oficina o funcionariado).