Anselm Kiefer - Varus, 1976
Puntos de muerte en un óleo de 1976 de Anselm Kiefer Collection Van Abbemuseum, Eindhoven - Photo : © Jochen Littkemann, Berlin

"Cuanto más te empapas de pasado, más avanzas en el futuro", afirma el artista alemán Anselm Kiefer (Donaueschingen, 1945) en una entrevista distribuida por el Centro Pompidou de París, sede de una gran exposición monográfica sobre la obra, desde 1960, de uno de los artistas más inflamados y, como se ha dicho en repetidas ocasiones, "incómodos" —y el término debe entenderse en toda su épica grandeza— del panorama contemporáneo. Hasta el 18 de abril de 2016, más de 150 obras de Kiefer son como chispas de otro mundo que arrojan una luz, redentora y dolorosa al mismo tiempo, sobre la capital francesa.

Más cercano a la sensibilidad de escritores con el alma rota como Paul Celan (1920-1970), superviviente del campo de concentración donde murieron sus padres, luego autor del poema de indagación en el sinsentido Todesfugue (La fuga de la muerte), llamado con certeza "el Guernica de la literatura europea de postguerra", y finalmente suicida por pura incompatibilidad con la historia, Kiefer ha llenado sus cuadros de tierra, cenizas, lentejas, fibras de yute y su discurso plástico de preguntas.

'Una investigación sobre mí mismo, sobre lo que soy'

"No creo en el arte por el arte". No era necesario que lo repitiese para quienes llevamos décadas estremecidos por la fuerza latente de las cicatrices que Kiefer pinta con manos de enterrador y delicadeza de filósofo, pero lo ha repetido en la entrevista con el coordinador de la exposición del Pompidou, Jean-Michel Bouhour. "No pinto para pintar un cuadro. Para mí pintar es pensar, investigar (...) y no precisamente investigar sobre la pintura (...) Una de mis motivaciones para pintar es la historia de Alemania. Es una investigación sobre mí mismo, sobre lo que soy, sobre dónde nací...".

En la serie 'Símbolos heroicos' rescataba el saludo nazi para recordar que muchos colaboraron Ni una sola duda, si es que quedaba alguna tras la serie Heroische Sinnbilder (Alegorías heroicas), en la que Kiefer rescataba el saludo nazi en escenarios de toda Europa, recordando las simpatías y colaboración de países que después intentaron borrar con premura todo rastro de admiración pasada por el Tercer Reich, de la postura de este artista que ya desde los años sesenta puso en el mundo del arte la espinosa cuestión de la historia de Alemania, el despertar de la memoria, la dialéctica entre destrucción y creación, el luto de la cultura yiddish...

La 'realidad definitiva'

Interesado en la cábala judía, la alquimia medieval, las mitologías nórdicas de las que, asegura, puede sacarse la conclusión de que "vivimos el fin de los tiempos", en la poesía del austriaco Adalbert Stifter, para quien las piedras tienen sentimientos y son los humanos quienes carecen de ellos y convencido de que la realidad científica es "siempre una aproximación a la realidad", el pintor de los rasguños y las mordeduras —eso parecen algunos de sus cuadros—, busca la "realidad definitiva e indiscutible" a través del transporte artístico. Aún no ha renunciado al afán de trascender la torpeza humana.

Objetos en espera de redención, emitiendo una luz misteriosa La exposición del Pompidou es un grandes éxitos, con todas las obras pivotales —Resurrexit (1973), Quaternität (1973), Varus (1976), Margarethe (1981), Sulamith (1983), Für Paul Celan: Aschenblume (2006)— y también un acercamiento a las nuevas vías por las que transita ahora el inquieto alemán.

Una colección de 40 vitrinas muestra un arsenal alquímico de objetos: masas casi informes con libros, hojas secas, metales oxidados, inútiles juguetes... Son seres tullidos "en espera de redención", emitiendo mientras tanto "una luz misteriosa". Como nosotros, porque Kiefer, como siempre, nos sigue pintando.