El X Seminario Internacional de Lengua y Periodismo celebrado esta semana en San Millán de la Cogolla ha puesto de manifiesto que los libros de estilo y los correctores profesionales contribuyen a mejorar el trabajo de escritores y periodistas.

Se trata de una de las siete conclusiones que resumen el trabajo acometido por los participantes en esta iniciativa organizada la Fundación San Millán de la Cogolla y la Fundación del Español Urgente (Fundéu BBVA) en la localidad riojana los días 13 y 14 de octubre. La cita, bajo el título 'Manuales de estilo en la era de la marca personal', fue inaugurada por la Reina Doña Letizia.

Los lingüistas, periodistas, investigadores y el resto de profesionales que acudieron al seminario también coinciden en la necesidad de adaptar estas herramientas a los nuevos tiempos. En este sentido, abogan por facilitar el acceso y su uso gracias a las nuevas tecnologías para resolver las posibles dudas que puedan surgir y, con ello, preservar el buen uso de la lengua.

Asimismo, no tienen duda de que los manuales de estilo más generales tienen su utilidad para el público y no solo para los profesionales de los medios de comunicación o las empresas editoriales.

CONCLUSIONES

Entre otras de las conclusiones, del Seminario se desprende también que "norma y estilo no se oponen, se complementan". Así, la norma define un terreno de juego general para todos los hablantes; el estilo, un camino propio dentro de ese marco. "Sin norma no hay estilo; es necesario conocerla antes de adoptar decisiones estilísticas".

En este sentido, algunas de las nuevas normas se incumplen más que otras (la supresión de la tilde en solo, la del punto de los millares en las cifras, la eliminación de algunas mayúsculas como las de rey y papa...). Aunque suelen argumentarse razones técnicas o de claridad, se trata más bien del apego a normas, reales o no, interiorizadas previamente. Hay cambios que tardan una generación en ser adoptados por los hablantes.

También se desprende que "los libros de estilo siguen teniendo sentido". En el caso de los medios, los ayudan a dotarse de una voz propia, marcan preferencias cuando hay varias posibilidades admisibles, iluminan las zonas grises de la norma, ayudan a interpretar las grandes obras académicas, que en ocasiones son complejas... En resumen, adaptan la norma general a las necesidades de cada medio.

Al respecto de los libros de estilo, desde el Seminario concluyen que "no pueden estar en un altar". En demasiadas ocasiones, los libros de estilo se quedan en las estanterías y se consultan poco. "Hay que lograr que sean orgánicos, que formen parte de la cultura de la redacción".

Para ello es conveniente que su redacción sea colaborativa, que sus decisiones estén explicadas y que se recuerden y revisen sus pautas regularmente.

Por su parte, los manuales de estilo pueden ser útiles para el público. Los manuales de estilo más generales, dirigidos a un público amplio más allá de los límites de las redacciones, tienen utilidad en esta época en la que cada ciudadano es un medio capaz de comunicar y busca orientación para expresarse correctamente.

Ambos, libros y manuales de estilo "deben adaptarse a los nuevos tiempos". Profesionales y público necesitan herramientas útiles, ágiles y rápidas, que no solo miren a la edición tradicional en papel, sino a los muchos retos de estilo que plantea la escritura digital

Estos, además, deben contemplar que los contenidos creados para Internet responden a una pautas de escritura y lectura adaptadas a las pantallas y en las que no solo se escribe para personas sino también para robots, especialmente para los buscadores.

Los manuales deberían ir a quien escribe sin esperar a que quien escribe vaya a los manuales. Para consultar hay que tener una duda que, a veces, ni siquiera se tiene. Los nuevos manuales deberían ser sistemas integrados en los programas de edición que alerten al escritor, le adviertan sobre posibles errores y le sugieran posibilidades y alternativas mientras escribe.

También consideran que se deben eliminar y adelgazar los sistemas de edición y corrección de los medios compromete su calidad.

Además de libros de estilo, los medios necesitan correctores o editores profesionales que revisen el producto final. Lo ideal sería dotar a los medios de unidades de vigilancia capaces de detectar y atajar errores frecuentes.

Por el contrario, los medios tienden en los últimos años a adelgazar e incluso eliminar los controles profesionales y lingüísticos, lo que redunda en el aumento de errores, erratas, malos usos...

Por último, destacan, los correctores hacen mejores escritores y periodistas. Libros de estilo y correctores profesionales son complementarios. Los segundos aplican y revisan los primeros.

El autor suele ser el peor corrector de su propio texto. Se necesita un ojo entrenado y con los recursos necesarios. La relación entre corrector y redactor ha de ser de confianza. Un buen corrector hace mejores redactores.

La labor de estos profesionales es accesible y asequible y, en un mundo en el que todos somos o podemos ser medios, deberá estar presente en ámbitos donde hasta ahora apenas lo ha estado: blogs, autoedición...

Todo porque "la existencia de correctores automáticos y sistemas de redacción asistida no hace innecesaria la labor de correctores profesionales, aunque puede orientarla de otro modo".

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