Kim Phuc
Kim Phuc muestra la famosa fotografia de la guerra de Vietnam. (Borja de la Lama / EFE) Borja de la Lama / EFE

"A partir de ahora, cuando vean a esa pequeña vietnamita gritando y llorando, no piensen que lo hace por miedo o por dolor […], esa niñita llora por la paz".

A Kim Phuc le costó tres décadas perdonar a sus verdugos, pero al final lo logró. El 8 de junio de 1972 —dentro de una semana hará 35 años—, un bombardeo estadounidense sobre la pequeña localidad vietnamita de Trang Bang sepultó su idílica vida entre árboles frutales y animalitos y puso en su lugar el infierno.

El azote de la guerra, que enfrentó desde 1958 hasta 1975 a Vietnam del norte y del sur y a sus respectivos aliados —con un balance final de más de cinco millones de muertos—, había llegado hasta su tranquilo pueblecito.

Huida entre napalm

La pequeña, que entonces tenía nueve años, se había escondido en un templo huyendo de las bombas. Sin embargo, fue peor el remedio que la enfermedad: "Los aviones comenzaron a sobrevolarnos y comencé a escuchar gritos por todos los sitios ordenándonos que corriéramos […], no veía las bombas, pero sí escuchaba su ruido y las explosiones", recuerda entre lágrimas Phuc.

Un reguero de gasolina ardiendo fluía bajo mi piel

Como pollos sin cabeza, la niña y sus primos galopaban por los alrededores del templo hasta que, de repente, la tierra se convirtió en fuego. "Mis ropas se quemaron y empecé a sentir el calor sobre el cuerpo […], era como si un reguero de gasolina a más de mil grados de temperatura fluyera por debajo de mi piel", asegura Phuc.

Aquellos niños vietnamitas estaban siendo víctimas del napalm utilizado por el Ejército estadounidense, una gasolina gelatinosa que produce una combustión más lenta y duradera de lo habitual.

Imagen universal

Lo que ni por asomo podía sospechar Phuc es que su sufrimiento personal se iba a convertir pronto en universal gracias al objetivo de la cámara de Nick Ut, un fotógrafo vietnamita que asistió en primera fila al siniestro espectáculo.

Tras captar la instantánea, Ut bajó su cámara, subió a la pequeña a su coche y se la llevó a un hospital de Saigón. "Nick ganó el Pulitzer en 1973, pero sobre todo se ganó mi corazón", reconoce Phuc.

Tres días más tarde, los padres de la cría la encontraron sola y moribunda en un cuarto del hospital a donde la llevaron para dejarla morir. Pero no murió. Aquella niña, que hasta ese momento no sabía nada del dolor, fue trasladada por un médico hasta un hospital especializado en quemados.

En catorce meses fue sometida a 17 operaciones. "Me desmayaba cada vez que las enfermeras me metían en una pila llena de líquidos contra las quemaduras o me arrancaban la piel muerta para que no se me infectara", asegura.  

El tiempo perdido

Tras la guerra, la familia de Kim Phuc se quedó sin nada. Al dolor físico comenzó a unirse un sentimiento de autocompasión, un "por qué yo" constante que desembocaba en los pensamientos más peregrinos: "Creía que nunca iba a tener un novio, que no me casaría o que no tendría bebés […], pero me equivoqué", afirma sonriente Phuc.

Phuc quería emular a las personas que le habían ayudado y hacerse médico

Poco a poco, el tiempo fue curando heridas. Entonces fue cuando Phuc, ya adolescente, quiso recuperar el tiempo perdido y educarse. Quería emular a las personas que le habían ayudado y hacerse médico.

Sin embargo, a los 19 años, un nuevo jarro de agua fría cayó sobre la aspirante a doctor. El régimen comunista vietnamita quiso convertirla a cualquier precio en símbolo de la guerra. "No me dejaban estudiar", protesta Phuc, quien se reunió con el primer ministro de Vietnam para rogarle que le dejara marcharse a otro país a terminar sus estudios.

La joven vietnamita ingresaría pronto en la Universidad de La Habana.

Última lección: el perdón

Kim Phuc terminó con éxito sus estudios, pero sin duda le faltaba por aprender la lección más difícil de su vida: perdonar a quien un día la dejó sin nada.

El encuentro entre la vietnamita y el piloto estadounidense John Plummer se produjo hace un lustro, coincidiendo con el 30º aniversario del bombardeo.

"Plummer se acercó a mí llorando y me preguntó si le perdonaba […], le contesté que sí, nos abrazamos y comencé a llorar junto a él. Cuando cambié el odio por el perdón me sentí como en el cielo", exclama Kim. 

A raíz de esta experiencia, Phuc creó una organización internacional que tiene por objeto ayudar a los más de 39 millones de niños que son víctimas de las guerras del mundo —según Save the Children—. "Si la niña de la foto es capaz de perdonar, os aseguro que cualquiera puede hacerlo", cuenta una Phuc madura y en paz consigo misma; pues la niña de la foto ya perdonó.