Tras las bombas en el ‘Nueva York’ de Oum
Un obrero trabaja en el solar donde antes se encontraba la Casa de España en Casablanca. (J.Rada).
Los atentados de Casablanca del 16 de mayo de 2003 fueron un punto de inflexión para la nueva sociedad marroquí. En su cuarto aniversario, los artistas, su máximo estandarte, recuerdan lo sucedido.

Oum, cantante de soul de 28 años, regresó de Francia con las explosiones de Casablanca. Un ciclón de 45 muertos que dejó a la sociedad marroquí en estado de shock. Ese día, españoles y marroquíes fueron hermanados bajo los escombros de la Casa de España, el hotel Safir... Pero Oum, natural de Marrakech, se quedó al ver algo nuevo en los ojos de la gente, su gente: el germen de una nueva marroquinidad. «Me convencí de que debía luchar aquí», explica.

Los atentados fueron un foco en espiral para una sociedad que quiere aunar, al fin, modernidad y tradición por encima de todo fundamentalismo. Un espíritu plural plasmado en el lema: «No toquéis a mi país», enarbolado hoy por los jóvenes artistas de Casablanca, actores de la vanguardia y representantes de esta conciencia que se fragua en las cenizas de la Casa de España, convertida ahora en un proyecto para un campus universitario de la Escuela Superior de Gestión (EGS).

«No fue sólo el movimiento   urbano el que se alzó en contra, fue toda la sociedad, va más allá de la ideología», explica en su estudio Chaht, miembro del grupo de rap Casacrew. «Hasta los mismos barbudos (los islamistas) están en contra», dice, en un barrio lleno de look islámico.

Oum vive cerca de la avenida en la que se inmolaron dos kamikazes el pasado abril. «Los atentados fueron el resultado de la ignorancia y la miseria; resulta fácil ir a las chabolas y lavar el cerebro a la gente, ya eran víctimas antes de ser verdugos», explica.

Zombies de rabia venidos de la nada al todo de la ciudad,  hombres que no querían vivir. «Los atentados no fueron una cuestión islámica. Es la pobreza. Les dan dinero y así los adoctrinan, pero no nos representan; este país se enorgullece de mantener un equilibrio», explica Medhi, un videojockey de 25 años.

Equilibrio para una identidad experimental construida sobre la herida de esta Casablanca del 16 de mayo. «La gente reaccionó. El logro de los últimos años se debe a la sociedad marroquí, no al Estado. Somos la última valla contra la islamización total», explica Mohamed Merhari, de  35 años, director de un festival de jóvenes músicos.

La Casa de España casi recuerda hoy a un caserón fantasma. Es sólo un recuerdo, un compromiso escrito de todo marroquí. Y un antídoto para unos jóvenes que no piensan detenerse por muchas bombas que haya en Casablanca, «el Nueva York» de la dulce Oum.  «La llenaremos de vida, daremos luz sobre la oscuridad», dice Jacques Knafo, director de la EGS, la primera universidad construida en el corazón de Casablanca.