Francia
Miles de personas se manifiestan en París para condenar el ataque contra la sede del semanario satírico francés "Charlie Hebdo". EFE

"Prefiero morir de pie que vivir de rodillas", dijo hace dos años en una entrevista el director del semanario satírico Charlie Hebdo, Stéphane Charbonnier, conocido como Charb. Pronunció esa frase en referencia a los ataques y amenazas que su medio venía sufriendo desde el año 2006 a raíz de la publicación de unas viñetas sobre Mahoma. A pesar de las intimidaciones, a pesar del incendio provocado con cócteles molotov en sus oficinas en 2011, a pesar de que tanto él como parte de su equipo tuvieron que acostumbrarse a la presencia constante de guardaespaldas en sus vidas, las sátiras de Charlie Hebdo sobre el islam –y sobre muchísimos otros temas– no dejaron de publicarse en ningún momento.

Charb falleció este miércoles, asesinado por varios pistoleros que al grito de "Alá es grande" irrumpieron en la redacción de la revista francesa. No cabe duda de que tanto él como sus colegas periodistas murieron como vivieron: de pie, o lo que es lo mismo, con su dignidad intacta, con la certeza de que su obligación de periodistas, y su derecho, era satirizar cualquier asunto criticable de la vida pública; incluida la religión, fuera el islamismo, el cristianismo o cualquier otra. Unos fanáticos, islamistas en este caso, acabaron con sus vidas.

Fanáticos que consideran que sus creencias religiosas están no solo por encima de la libertad de expresión, sino también por encima de las vidas de otras personas. ¡Qué triste, qué dramático, qué desolador que en el año 2015 –como hace siglos y salvando las distancias los fanáticos de la Inquisición– haya aún extremistas convencidos de que su libertad vale más que la de otros, de que su dios es mejor que el dios del de enfrente, y de que quien se atreva a cuestionarlo de manera pública ha de ser castigado de la manera más cruel y cobarde!

El atroz atentado contra Charlie Hebdo no es solo un ataque a la libertad de conciencia, a la libertad de expresión, a la libertad de prensa. No es solo un atentado contra la prensa crítica, contra periodistas y dibujantes libres y por tanto incómodos. Es también un ataque a la soberanía intelectual de todos los ciudadanos en general, a la libertad sin apellidos y con mayúsculas de las sociedades y de los hombres libres. Es, en definitiva, un ataque a uno de los fundamentos básicos de la democracia, a su corazón mismo. Todos somos Charlie Hebdo.