El asesino de la universidad de Virginia odiaba «a los niños ricos»
Laura Gillman.
El autor de la peor matanza universitaria de la historia de Estados Unidos ya tiene nombre y cara. Se trata de Cho Seung-Hui, un surcoreano de 23 años que residía en Blacksburg y estudiaba en la Universidad Politécnica de Virginia, en cuyo campus dejó 33 cadáveres, incluido el suyo.

El jefe de Policía de la Universidad, Wendell Flinchum, reveló ayer la identidad del autor de la masacre y confirmó que se habían recuperado dos armas. Se trata de una del calibre 9 mm y otra del 22. Los expertos en balística encontraron pruebas de que una de ellas fue usada en las dos escenas del crimen.

En una nota hallada en su habitación el asesino escribía en contra de lo que denominaba «niños ricos», «los falsos charlatanes» y el «libertinaje». Aunque había circulado la hipótesis de que el universitario actuó por despecho contra su novia, el jefe de Policía no dejó claros los motivos por los que Seung-Hui decidió acabar con su vida y las de otras 32 personas.

Ayer se filtraron detalles macabros de la matanza, como que el asesino se suicidó de un disparo en la cara o que bloqueó con cadenas las puertas del Norris Hall, donde mató a más gente. Asimismo, se conoció el caso del profesor israelí Liviu Librescu, un superviviente del holocausto nazi de 75 años, que murió al bloquear la puerta de su aula a Seung-Hui. Los alumnos saltaron por la ventana, pero él recibió un balazo mortal.

Identificación lenta

Aunque ayer empezaron a comunicarse los nombres de algunas de las víctimas, el jefe Flinchum aseguró que los trabajos de investigación avanzan con lentitud. Mientras los 40 heridos se recuperaban, las primeras críticas a la actuación de las autoridades durante la masacre surgieron desde el campus universitario. Estudiantes, familiares y docentes se preguntan por qué no se actuó después de los dos primeros asesinatos y cómo pudo Cho Seung-Hui recorrer libremente el campus hasta la Facultad de Ingeniería, donde dos horas después ejecutó a 30 personas.

Ayer por la tarde, el presidente George Bush y su esposa, Laura, asistieron a una concentración en el campus para rezar por las víctimas.

Dos estadounidenses en España

Jim Dodson. Empresario, 68 años. 

«Es similar al 11-M»

«Lo que ha pasado en Virginia es un desastre similar al 11-M en Madrid. Es difícil de entender por qué todo el mundo tiene armas en Estados Unidos cuando un perturbado actúa. Sin embargo, yo estoy a favor del derecho a llevar armas».

Gabriela Torres. Abogada, 25 años.

«Valoramos mucho la libertad»

«Estados Unidos es una nación de gente de muchos lugares, por lo que valoramos la libertad por encima de todo, como la de elegir si tener armas o no. Aunque hubo gente que quiso restringir el acceso a las armas, otros muchos las reclaman para su seguridad desde los ataques del 11-S».

Un personaje solitario

Cho Seung-Hui llegó a EE UU con su familia en 1992, cuando sólo contaba ocho años. Un portavoz de la universidad, Larry Hincker, describió al estudiante de último curso de Filología Inglesa como un personaje solitario. Sus instructores le recomendaron seguir tratamiento psicológico por el tono perturbador de sus ejercicios literarios. Otras fuentes aseguran que Cho recientemente había incendiado un dormitorio y acosado a mujeres. Los investigadores creen que Cho podría estar tomando antidepresivos.

Laura Gillman, Profesora Universidad de Virginia.

«No nos decían lo que estaba pasando»

Laura es una ciudadana estadounidense que trabaja como profesora en la Universidad de Virginia y es madre de Eduardo y Sean Piñeiro, estudiantes españoles en el mismo centro.

¿Cómo se enteró de lo que ocurría en el campus?

El lunes no me tocaba dar clase, pero pasadas las siete consulté mi correo electrónico y encontré un mensaje de aviso. Nos decían que había una operación policial en marcha en una residencia con posibles muertos. Nos pedían calma y que nos mantuviéramos a la espera.

¿Qué pensó entonces?

Me mantuve a la espera y empecé a irritarme porque los mensajes que mandaban las autoridades eran ambiguos. No explicaban qué estaba pasando. Me acordé del mes de agosto de 2006, cuando un preso estuvo suelto por el campus. Las autoridades manejaron mal la situación porque avisaron y desalojaron muy tarde.

¿Y conforme pasaban las horas, qué les dijeron?

Entre las ocho y las doce todos creían que sólo había dos muertos. Entonces me llamó mi hijo Eduardo, que estaba en un edificio cercano al Norris, y me dijo que estaba bien y que ya les habían dejado salir. Las noticias ya hablaban de una veintena de muertos. No podía creerlo y pensé que no estábamos protegidos.

¿Qué sintió al ver las imágenes de la masacre?

Algo horrible. Pensé en las víctimas y en sus familias. Yo tengo dos hijos que estudian aquí y muchos compañeros de trabajo. No me gustaría recibir una llamada de la Policía dándome una mala noticia. Luego sentí vergüenza de que esto pase en mi ciudad. Desde hoy, todo lo que tenga que ver con la universidad estará ligado a la tragedia.

Bio. 54 años, Dpto. de Estudios Interdisciplinares. Sus hijos, Eduardo y Sean, son españoles y estudian en la Universidad de Virginia. Su ex marido vive en un pueblo coruñés.

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