La primera guerra escrita: diarios, memorias y testimonios del frente

Un soldado británico lee tumbado en el frente antes de que comience la batalla de Ypres, en 1917
Un soldado británico lee tumbado en el frente antes de que comience la batalla de Ypres, en 1917
IMPERIAL WAR MUSEUM

La imagen parece ajena al horror de la Gran Guerra y a los iconos fotográficos y testimoniales que solemos evocar: un soldado relajado, tumbado en un tosco banco de madera mientras espera a que comience la batalla, está leyendo. Podría ser Robert Graves recitando mentalmente un poema de John Keats, o Ernst Jünger repasando sus tempestades de acero; pero podría ser, por qué no, un combatiente anónimo, no importa el bando, devorando una novelita de aventuras antes de pasar a consignar sus vivencias a un diario que jamás será publicado.

La letra impresa fue el acompañamiento cotidiano de las bombas. Su antídoto. El recurso para escapar a la melancolía bélica. "El grado de literaturización que se dio en todos los grados del Ejército fue incomparable", escribe el historiador Paul Fussell en su clásico La Gran Guerra y la memoria moderna. La Primera Guerra Mundial fue la primera guerra escrita (y también leída). A ello contribuyeron la escasa movilidad de los frentes, el eficaz sistema postal, los altos niveles de alfabetización de los soldados y el establecimiento de una colosal infraestructura de bibliotecas.

De la inocencia a la ironía

"Aquellos eran los primeros balbuceos de la guerra de trincheras; los días de las bombas confeccionadas en latas de conservas: eran días inocentes aún". Es un jovencísimo Robert Graves, luego novelista imprescindible, recordando en Adiós a todo eso, su libro de memorias del conflicto, los años que pasó combatiendo como oficial. Graves no fue el único que aludió aquellos primeros días a la añorada inocencia. En el bando contrario, el propio Jünger –más excesivo y menos candoroso– también alude a esa pérdida de un mundo idílico: "La guerra había enseñado sus garras y se había quitado la máscara amable".

Del bello verano previo a la guerra –un locus amoenus moderno del que nadie, ni Stefan Zweig, logró escapar– al aprendizaje de la decepción. Fue la humillación del soldado incomprendido, que regresa a la ciudad y a quien le hiere el estilo grandilocuente, de "sensiblera benevolencia" –como escribe Fussell– con el que sus conciudadanos, la prensa (que mantenía la moral con un estilo elevado y eufemístico) y el Gobierno le reciben.

El heroísmo, el mito del Progreso, tan decimonónico como ilusorio, se desvaneció en las llanuras de Somme e Ypres, en el corazón mismo de una Europa hasta entonces frágilmente pacífica. Los soldados eran ya unos completos descreídos. Como escribió en uno de sus poemas de guerra Wilfred Owen –uno de los grandes poetas ingleses, fallecido en 1918 en el frente, antes de cumplir 23 años– morir por la patria ya no era algo dulce y honroso, como decía Horacio, sino una vil mentira.

En los años posteriores a la guerra, las memorias y obras de los supervivientes proliferaron en todos los países. Extinguido ya el necesario luto, aquellos que combatieron –desde soldados rasos a oficiales– fueron desempolvando sus recuerdos. La ironía fue entonces su nueva arma. El espanto de la guerra iba a ser denunciado a través de la sátira: nacía así el mundo moderno, con toda su carga de descreimiento, polarización y perdida inocencia.

A las icónicas novelas antibelicistas, como Sin novedad en el frente, de Enrich María Remarque, se sumaron relatos más modestos, pero igualmente valiosos. Así, el italiano Giani Stuparich publicó en la década de los treinta Guerra del 15, una descripción pormenorizada y naturalista de su participación –y la de su hermano Carlo, que fallecería en combate– como soldado voluntario cerca de Trieste. O Parte de guerra, de Edlef Köppen, artillero del ejército alemán que murió poco antes de comenzar la Segunda Guerra Mundial y cuya obra –por irreverente y antibelicista– fue prohibida por los nazis.

Una gran biblioteca ambulante

La vida cotidiana de la guerra en las trincheras, además de imprevisible y cruel, era bastante aburrida. Las largas horas aguardando otro violento ataque del enemigo que sacudiera la monotonía y desentumeciera los músculos se consumían leyendo. Leyendo cualquier cosa, desde manuales de estrategia a novelas de evasión. Alta y baja cultura. Periódicos (aunque los soldados no creían en las mentiras de la prensa) y hasta libritos para aprender idiomas.

"Leer tuvo una dimensión terapéutica", escribe Alfonso González Quesada, historiador de la Universidad de Barcelona. En su artículo Soldados lectores: la movilización del libro durante la Gran Guerra, González Quesada calcula que, sumando todas las partes beligerantes, se pusieron en circulación cerca de 30 millones de documentos escritos. Además de la función puramente evasiva, la lectura también contribuyó a la formación técnica de los soldados, a su "equilibrio anímico" y al refuerzo de valores tradicionales como la obediencia y la camaradería.

Cartas y telegramas desde el frente

Los servicios postales ejercieron una labor vital durante toda la guerra. El frente por lo general no estaba demasiado lejos de la retaguardia, y un sistema eficaz de correos era capaz de poner en contacto ambas realidades –tan antagónicas– en un plazo muy breve de tiempo y con un margen de extravío inferior a lo que pudiera pensarse.

Diario de un soldado alemán

Los soldados enviaron desde las trincheras centenares de miles de cartas a sus familiares y amigos. La censura previa militar existía, en mayor o menor medida, y no todo se podía contar. El tiempo apremiaba, y a veces bastaba con un simple formulario estandarizado en el que el soldado rellenaba sus datos. Por ejemplo, tras una batalla, un combatiente cualquiera escribía a su hogar detallando, escuetamente, que había participado en una ofensiva, que estaba (o no) herido, pero que su vida no corría peligro. Y así millones de telegramas, con buenas y malas noticias.

Algunas veces la correspondencia incluía asuntos artísticamente más trascendentes, como el intercambio epistolar que mantuvieron el escultor francés Gaudier-Brzeska, soldado en frente occidental, y el poeta Ezra Pound. Brzeska, que moriría en 1915, estaba en pleno proceso creativo, y escribía constantemente a Pound –a quien unía una fuerte amistad de vanguardia– para pedirle consejos y teorizar sobre el arte.

Mucha de esa correspondencia anónima (que da fe de los sentimientos comunes y habituales frente al horror de la guerra) puede todavía leerse hoy. El trabajo de documentación y archivo ha sido extraordinario y existen importantes instituciones encargadas de mantener a buen recaudo su legado, como el Imperial War Museum en Inglaterra o  el Proyecto 1914-1918 de la biblioteca digital Europeana. La memoria escrita de la Gran Guerra logró salir viva de las trincheras.

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