Francisco
Francisco Javier Barahona Imedio. 20minutos.es

Tormenta de mayo sobre Santa Engracia. El césped reverdece en los patios bien cuidados de este barrio de arquitectura blanda, con manzanas de edificios no demasiado altos comunicadas entre sí por rampas y túneles peatonales que evitan las calles. Quizá por esas dimensiones humanas, el efecto de la desvastación resulte más focalizado. En el portal donde vive Amparo, hubo tres muertos. Uno de ellos fue su hijo, Francisco Javier Barahona Imedio (34 años).

La noche anterior se habían sentado los dos juntos a ver en la televisión el partido de fútbol, pero Francisco Javier no pasó del descanso. No sólo porque era del Barça y jugaba el Real Madrid, sino porque tenía que madrugar para llegar a Alcobendas, donde trabajaba como programador informático para Toyota, y prefería acostarse pronto.

–Mamá, tengo sueño. Sigue tú y mañana me lo cuentas. A primera hora del jueves, él entró con sigilo en la habitación de Amparo y le colocó un beso en la frente.

–Adiós, hijo –dijo ella, todavía adormilada. Desde entonces es la madre quien, mañana tras mañana, entra en el cuarto de Francisco Javier para saludarle.

–Tenía el el perfil del hijo que todos quisieran tener: sereno y cariñoso –dice, orgullosa.

Amparo enviudó hace diez años y Francisco Javier, el hijo pequeño –la mayor, Lourdes (36), está casada–, se convirtió en su protector. Vivían juntos y, aunque él pensaba en independizarse, dilataba la decisión porque era no estaba muy convencido de dejar sola a su madre. Tenía novia, estaba ahorrando para poder comprar un piso y seguía empeñado en mejorar su perfil profesional. Ahora estudiaba inglés. Amparo, que pone en duda que pueda ser feliz otra vez, tiene claras dos cosas.

La primera, que Francisco Javier era, como dice con una sonrisa con fondo triste, “la persona más maravillosa del mundo”. Desde que nació, pesando nada menos que cinco kilos y medio, todos se dejaban fascinar por su sonrisa. Cuando enuncia la segunda de sus certezas, la madre habla con vehemencia y palabras claras:

–Estoy rabiosa con Aznar y su prepotencia al meternos en una guerra que no quería nadie. Que venga a ver cómo estamos las familias y diga, después, si se atreve, que se ha ido con las manos limpias. Las llevas llenas de sangre y muerte. Porque quizá le recordasen su propia infancia de travesuras, Francisco Javier se sentía otra vez crío con sus dos sobrinos, Mario (9) y Álvaro (3).

El mayor, con el sentido de la responsabilidad que tienen los niños, se encarga de que la familia no se deje llevar hacia la profundidad de la tristeza. El niño vigila el ánimo de la abuela Amparo y le repite cada día la fórmula mágica:

–El tío Paco no nos quiere ver tristes, quiere que estemos como estaba él, siempre riendo. Estoy seguro de que tiene alas, porque ya las tenía en la tierra.