Sara Vaughan
Una de las grandes estrellas de Verve, la vocalista Sara Vaughan Courtesy Thames & Hudson

Además de grabar a partir de 1956 a practicamente todo aquel que tenía algo nuevo que aportar al cambiante mundo del jazz —"el elixir de la vida en los EE UU", como han escrito algunos, o el único género musical que importa porque ha dado a luz a todos los demás, como sostenemos otros—, el sello discográfico Verve actuó como un poderoso agente social contra la injusticia de la segregación racial. Fue, por ejemplo, la primera empresa en juntar a músicos negros y blancos, pagarles lo mismo, permitirles que compartieran camerino y dejar que en el público las razas también se mezclaran para disfrutar de lo que emergía del escenario.

La fragosa historia del sello, convertida en un recorrido fotográfico y literario por nombres, lugares, épocas y estilos, es detallada en el libro Verve. The Sound of America (Verve, el sonido de los EE UU)escrito por Richard Havers y editado por Thames & Hudson [400 páginas, más de mil fotografías, 45 libras esterlinas de PVP]. El volumen, con prólogo del pianista de jazz Herbie Hancock ("la música de Verve nunca morirá, es la vida y la sangre de nuestra cultura", escribe), es la obra definitiva sobre una de las empresas discográficas con mayor cantidad de talento de la historia.

"Nunca toques dos veces de la misma manera"

Recorrer la nómina de artistas que grabaron para la empresa es trazar la historia del jazz: desde Louis Amstrong (que recomendaba "nunca debes tocar una canción dos veces de la misma manera") hasta Billie Holiday (la cantante de blues de quien un crítico escribió que "la experiencia de escucharla no es analizable, la sientas o no"), de Ella Fitzgerald (la voz de una raza condensada en una sola garganta) hasta Louis Amstrong ("es al jazz lo que Einstein a la física"), de Bill Evans (el única pianista blanco capaz de tocar con dedos y corazón negros) a Stan Getz (el trompetista que descubrió que el jazz había sido inventado por la bossa nova)... Seguir enunciando nombres es inútil: pasen los ojos por esta lista, dejen de hacer lo que estén haciendo —leer esto, por ejemplo— y vayan a escuchar jazz.

A principios de los 40 organizó noches de jazz para negros y blancos El libro es, sobre todo, un canto de alabanza al fundador de Verve, Norman Granz (1918-2001), hijo de judíos de Ucrania nacido en Los Ángeles, un hombre con tres objetivos en la vida: luchar contra el racismo en los EE UU, ofrecer buenos productos musicales y ganar dinero. Los alcanzó todos y se arriesgó en el camino: a principios de los años cuarenta organizó noche de jazz en un club que admitía a blancos y negros, luego llevó la experiencia al aire libre, en el auditorio filarmónico de Los Ángeles, donde montó la serie Jazz at the Philarmonic, un hito musical y social en los EE UU.

Se enfrentaba a la Policía

Granz, de quien dicen que era honesto y testarrudo, se enfrentó a un agente de policía que le encañó con una pistola porque lo encontro permitiendo que uno de sus músicos negros se sentase en la zona para blancos de un autobús; fue detenido porque dejaba que las dos razas compartieran camerinos en los conciertos; montó las primeras jam-sessions interraciales y nunca escatimó un céntimo a un músico por el color de la piel. También era un buen productor: en muchos de los discos de la casa se encargaba personalmente de controlar las grabaciones en el estudio.

Después de grabar y editar a los mejores músicos de los años cincuenta —en competencia fértil con Blue Note, el otro gran sello de jazz de la época—, Granz vendió Verve al imperio MGM por tres millones de dólares y se fue a vivir a Suiza, aunque siguió manteniendo lazos con la música —fue el agente de Oscar Peterson y tuvo otro sello discográfico jazístico, Pablo Records—. Verve siguió adelante y se abrió a otros estilos musicales (ficharon a Frank Zappa y a la Velvet Underground de Lou Reed). Ahora pertenece al holding de Universal y poco queda del amor por el riesgo de los años de Granz.

El jazz pertenece a los EE UU, las diferencias de pigmentación de no tienen sentido El libro descubre, sobre todo, los pormenores de la vida de un buen hombre, alguien capaz de afirmar, veinte años antes de que la segregación racial fuese anulada legalmente, que "el jazz pertenece a los EE UU, es tocado y escuchado en armonía por todo tipo de personas. Las diferencias de pigmentación de la piel no tienen sentido... Como sucede en toda genuina democracia, sólo cuentan los actos".