delirio en tabacalera
Los años veinte del siglo pasado debieron de ser muy parecidos a éstos en muchas cosas (Martín Mesa).
Los años veinte del siglo pasado debieron de ser muy parecidos a éstos en muchas cosas. Igual que ahora, un médico le habría diagnosticado a Málaga infraestructuritis aguda, una patología que consiste en encomendar la identidad de la ciudad a las infraestructuras faraónicas. Sin AVE, sin Metro y sin hiperronda no somos nadie, y proyectamos museos de siete en siete para ver si un día nos reconocemos como capital cultural.

El edificio de Tabacalera se empezó a construir en 1923. Los prohombres de la ciudad habían ponderado mucho la necesidad de tener fábrica de tabaco, que entonces era como ahora un palacio de ferias. Francisco Bergamín, ministro malagueño de Hacienda, firmó el decreto que obligaba a la compañía estatal a invertir un dineralazo en un magnífico edificio junto al mar.

Como en realidad Tabacalera no necesitaba la fábrica de Málaga, la construcción se demoró más de seis años, y finalmente se decidió usar el enorme jardín y los once pabellones cubiertos para la fermentación y cultivo de plantones de tabaco, y ese único uso tuvo durante medio siglo, hasta que en 1977 se inició la elaboración de cigarros puros.

Una vez extinguida definitivamente la actividad tabaquera, las ideas de los prohombres y promujeres de hoy para dar uso al complejo han llegado al delirio. Se podía haber quedado en centro social, más que nada porque los servicios públicos no abundan en el barrio de Huelin, pero el edificio tenía que seguir su destino de símbolo vacuo de prosperidad.

Finalmente parece que va a albergar por diez años una colección privada de gemas, un museo de coches y algunas dependencias municipales. Dicen que eso le hará mucho bien a la vida del barrio, que lo activará como lugar de atractivo turístico. Mira qué suerte.

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