Parlamento europeo
Vista general del Parlamento Europeo, en Bruselas, Bélgica. Olivier Hoslet / EFE

Un fantasma recorre Bruselas a menos de un año de las elecciones más democráticas de la historia de la UE: la desafección. En 2014, y por primera vez, los ciudadanos de la unión podrán, con su voto, elegir al presidente de la Comisión y dibujar un Europarlamento con capacidades legislativas hasta ahora inéditas.

Paradójicamente, este impulso democrático llega en un momento delicado para la salud europeísta. Años de recesión económica, el creciente euroescepticismo, la desconfianza en las instituciones comunes y la falta de transparencia en las decisiones, especialmente las más delicadas (como los rescates financieros) han colocado al proyecto europeo al borde del abismo.

Un 57% de europeos no confía en el futuro de una Europa unida Así lo reconocen, con preocupación, la mayor parte de los parlamentarios europeos y así lo reflejan las encuestas de opinión. Según un reciente estudio de Pew Research, el porcentaje de ciudadanos que no apoyan el proyecto comunitario es de un 55%. Algo que también refleja el último Eurobarómetro, de otoño de 2012, donde un 57% de europeos decía no confiar en el futuro de una Europa unida.

A estos datos hay que añadir el inquietante precedente de la baja participación electoral en los comicios de 2009. En aquella ocasión la abstención barrió el continente: en España fue del 55%, en Francia del 59% y en el Reino Unido del 65%. Y con todo, lo peor podría estar por venir, pues los analistas políticos vaticinan que en mayo del año próximo el porcentaje de ciudadanos que decidan no ir a votar probablemente será todavía mayor.

A esta crisis de confianza en las instituciones –ninguno de los grandes organismos europeos es apreciado positivamente por los europeos– se le une otra de liderazgo político y una peligrosa brecha en la percepción de los ciudadanos de cada país respecto del presente de la UE: mientras que en España, Grecia e incluso Francia cada vez se sienten más alejados del proyecto común, en Alemania los ciudadanos siguen mostrando niveles muy altos de simpatía hacia él.

Más legitimidad, fantasía y trasparencia

"Cuando se pierde la visibilidad, se pierde también la legitimidad", reflexionaba, en el marco de un foro entre periodistas y políticos europeos, Jaume Duch, portavoz de Europarlamento. "En los próximos años habrá que hacer un esfuerzo de democratización",  aseguraba Duch, al tiempo que no eludía cierta autocrítica: "Antes la UE era una especie de concurso de belleza; esto debe cambiar".

Antes la UE era una especie de concurso de belleza; esto debe cambiar No obstante, ¿cómo se han alcanzado estas cotas de insatisfacción acerca de un horizonte europeo común? Para Enrique Guerrero, eurodiputado socialista y profesor de Ciencia Política en la UCM, lo que se ha producido es una "traslación de responsabilidades y culpas a las instituciones equivocadas".

En otras palabras: cuando la UE era una fuente de prosperidad ilimitada, los ciudadanos apenas tenían noticias de su devenir, y mucho menos de su funcionamiento. Con la crisis, y sobre todo con la impresión de que la élite continental no ha sabido encararla con inteligencia, la Unión se ha convertido en una especie de chivo expiatorio de los problemas nacionales. Faltaría, según Guerrero, "una dosis abundante de pedagogía europea".

"La situación es extremadamente difícil", admitía en un desayuno con periodistas Martin Schulz, presidente del Parlamento Europeo y posible candidato socialdemócrata a presidir la Comisión. "Hay que salvar la idea de la UE con más democracia y más transparencia", aseguraba el alemán, para quien Europa necesita "más fantasía y liderazgo".

El auge del euroescepticismo

A la mala imagen de los gobernantes –salvo la canciller de Alemania, Angela Merkel, el resto de los políticos europeos, según la encuesta de Pew Research, no han sabido manejar con solvencia la coyuntura económica– se suma otro quebradero de cabeza más para la burocracia europea: el renacer de dos viejos conocidos, el euroescepticismo y la germanofobia.

El reforzamiento de los estereotipos nacionales, la falla entre los países del norte y del sur (una caricatura fácil pero no del todo equivocada) y el resurgir de actitudes euroescépticas (en Reino Unido, con una opinión pública dividida acerca del referéndum sobre la salida de la UE en 2017, y significativamente también en Francia) están sobre las mesas de trabajo de las cancillerías y de las instituciones.

Hay dos tipos de euroescepticismo, uno ideológico, como en Reino Unido, y otro coyuntural, como el español "Hay dos tipos de euroescepticismo" –matiza Duch– "un euroescepticismo clásico, ideológico, como el que se da históricamente en Reino Unido, y otro más coyuntural, fruto de la crisis, y que está arraigando en las opiniones públicas de países como España o Grecia". Nuestro país es el segundo, por detrás de Chipre, donde crece más el porcentaje de ciudadanos críticos con la UE. Y en Grecia, un estado especialmente tocado por las imposiciones de Bruselas, el descontento hacia Europa alcanza el 77%.

Hay además otro sufijo que preocupa en Europa: 'fobia'. Principalmente la dirigida contra un país: Alemania. Los europeos, en general, siguen confiando en los alemanes más que en ninguna otra nacionalidad del continente; y Merkel, pese a la mala prensa que acapara en las regiones periféricas, es la política mejor valorada por el  conjunto de la ciudadanía.

Pero, y a pesar de estos datos, en los mentideros de Bruselas el creciente poder germano, tanto simbólico como efectivo, preocupa. El líder de los liberales en la Eurocámara, el federalista Guy Verhorfstadt, culpa a Alemania, y a Merkel en particular, de "la manera estúpida en la que se está ayudando a los países con problemas". Y el mismo Schulz, alemán de la SPD, marca distancias cuando se le pregunta sobre su nacionalidad: "Represento una idea de Europa, no a un país".

Más Europa, pero ¿a qué precio?

Europa está enferma, y no sólo económicamente. La aceleración del proceso de integración ha coincidido en el tiempo con la mayor crisis económica del continente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

El proyecto se tambalea, y junto a cierto realismo pesimista y cierta urgencia por comunicar, si los hubiera, los logros de estos años, la actitud de los representantes comunitarios tiende a mostrar una fe ilimitada en la UE.

Hay que profundizar en el federalismo, pero no a cualquier precio Para Izaskun Bilbao, europarlamentaria perteneciente a la Alianza de los Demócratas y Liberales por Europa (ALDE), la solución es "más Europa". No hay vuelta atrás del proyecto y hay que caminar hacia una mayor integración económica y política. "La culpa es de los estados", y añade que "hay que abogar por la colaboración y la gobernanza horizontal".

Algo similar cree Juan Fernando López Aguilar, de los socialdemócratas, para quien "hay que profundizar en el federalismo, pero no a cualquier precio". Un argumento que retoma y afila el europarlamentario francés y conocido activista antiglobalización, José Bové: "No se trata de debatir sobre si Europa es necesaria, sino de decidir qué Europa queremos".

Un parlamento con más poder y quizá ingobernable

Podría suceder. Lo proyectan las encuestas y lo asumen con resignación fatalista los políticos. La abstención y el voto de castigo en los comicios de 2014 probablemente configuren un Parlamento europeo atomizado (multitud de pequeños partidos reacios a las grandes coaliciones) y plagado de personal euroescéptico.

Otra paradoja más de un continente que vive en la encrucijada: el parlamento con mayor capacidad legislativa de la historia, emanado del último tratado, el de Lisboa, que entró en vigor en 2009, podría sufrir una parálisis que merme significativamente su poder efectivo.

Estamos aún, pese a todos los avances, en un momento embrionario de la unión "Estamos aún, pese a todos los avances, en un momento embrionario de la unión", reflexiona Ramón Tremosa, del ALDE y miembro de la Comisión de Asuntos Económicos del PE, "y estamos también lejos de ser un parlamento real". Para López Aguilar, el PE está en plena "crisis de maduración" y el riesgo de un parlamento ingobernable es real, aunque "evitable".

EL PE es, pese a todo, el segundo organismo de la UE, después del Tribunal de Justicia, que mejor nota obtiene de los ciudadanos de la Unión. Una nota que, sin embargo no llega al aprobado, sigue mejorando a pesar de la debacle de otras instituciones. Un 40% de los europeos confían en el trabajo que los miembros de La Casa –como llaman los europarlamentarios a su institución– llevan a cabo... aunque este a veces no se entienda mucho, o quizá se publicite mal o no trascienda lo suficiente.