Punko y Ana
Punko no es un can de raza, pero es perro de asistencia y de terapia.

Adorables cuando se revuelcan como croquetas en la hierba, si agitan su cola al vernos llegar, o cuando se lanzan en plancha a un estanque. Bonachones y cariñosos, guapos y habilidosos. Así son Arya, Max, Punko, Timoteo y Fermín, cinco perros sin raza pero con mucha clase.

Pertenecen a la categoría de mestizos —los animales de compañía más comunes en España. Sus historias, marcadas por el compañerismo y el espíritu de superación, demuestran cómo las mascotas devuelven el cariño recibido. Y tú, ¿tienes un perro sin raza? Cuéntanos cómo es vuestra convivencia. Escríbenos a zona20@20minutos.es.

Arya, la abandonada

Poco sospecha esta perrilla de mirada tristona (ver foto) que hay una familia bebiendo los vientos por ella. Miguel Baena y Alicia Fernández acaban de solicitar su adopción. Quieren darle el cuidado que le negaron quienes la abandonaron en una carretera secundaria de Guadalajara con tan solo un año de vida. Su flechazo con Arya fue inmediato y ocurrió navegando por la página de Facebook de la protectora Apamag.

Evaso"Cómo no te vas a fijar en esa bicharraca con carita de pena que tiene pinta de 'rechupetearte' a la mínima que le muestres cariño", explica Miguel. Sus hijas —Eva, de 7 años, y Sofía, de 4—, también "están como locas" con ella.

La familia quiere un perro por dos razones: porque las mascotas "ayudan a los niños a tratar bien a los animales" y porque Miguel, el padre, lo necesita. A sus 37 años, este jubilado por prescripción médica necesita caminar mucho. "Si tengo un perro me obligaré dos o tres veces al día a salir y no me darán estos calambres", explica.

La compra de un perro nunca ha sido una opción para ellos. "No quisiéramos contribuir al mercado de la explotación animal", explican. Les apena mirar las tiendas en las que se "hacinan animalitos". "Además, Arya ya está aquí y tiene muchas posibilidades de morir sin que nadie la adopte por lo grande que es".

Los Baena Fernández esperan a Arya, la deseada, con los brazos abiertos. Si finalmente no aterrizara en su casa eso significará que ha encontrado otro buen hogar. Y ellos seguirán buscando. "Hay miles y miles de perros sin raza para adoptar. Y es lo suyo. A los hijos los quieres por lo que son. Lo mismo que a los amigos, ¡que no todos son guapos ni tienen pedigrí!", añade Miguel.

(Actualización: Unos días después de publicado este reportaje se supo que Arya no congeniaba con gatos y esta familia tiene dos adoptados. Por tanto, Arya sigue buscando un hogar. Interesados, contactar con Apamag)

Max, el cachorro

Con solo tres meses, se mea y se caga por toda la casa. Da unas noches "de perros", pero Isidro, Mamen y sus hijas -Alba (14) y Sandra (10)— aseguran estar "encantados" de tener a Max en casa. Sospechan que tuvo un padre pastor alemán y saben que su madre era mestiza.

Isidro explica que sucumbió a la insistencia de sus hijas de adoptar una mascota porque vio ciertas ventajas a la "dulce condena" de tener perro. "Creo que un animal hace más responsables a los hijos, por sus rutinas. Y las mías tienen edad para pasearlo, cuidarlo y mimarlo", explica entre bostezos —síntoma de que Max aún no ha aprendido que se duerme de noche.

Este pequeñín marrón de lomo muy oscuro y calcetines blancos estaba hace menos de un mes en la sede de la protectora Anaa. Lo escogieron por bebé. "Tiene muchas ventajas tener un perro adulto ya educado, pero quisimos pasar por este aprendizaje", explica Isidro.

De la protectora, Alba y Sandra salieron con Max en brazos. Isidro salió compungido al constatar cómo la crisis está incrementando los abandonos.

Max "corre como una bala por el pasillo, nos coge las zapatillas y las destroza, pero es muy listo y empieza a obedecer a órdenes que le dan las niñas, que le premian con galletitas".

Lo que empezó siendo un capricho de las niñas, ha pasado a ser uno más de la familia Lo que empezó siendo un capricho de las niñas, ha pasado en solo unos días a convertirse en uno más de la familia. Para siempre. "Si su perspectiva de vida es 12/14 años, mi hija mayor se planta en los 26/28. No me planteo que se lo vaya a llevar. Tal y como están las cosas, hasta ella seguirá en casa".

Punko, el habilidoso

Ana García (39 años) está en silla de ruedas desde los 30, cuando le detectaron un tumor en la médula espinal que le cambió la vida "para bien", dice ella, porque así fue como conoció a su pareja y se encontró con Punko, un perro -mezcla de mastín y galgo- del que se siente orgullosa.

PunkoAdoptado en 2006 cuando sólo tenía cuatro mesecitos, este mestizo de 7 años es la prueba de que no hace falta ser de pura raza para convertirse en un excelente perro de asistencia y de terapia.

Punko abrió su primer cajón al mes de vivir con Ana. "Era algo mágico, me leía el pensamiento. Yo que nunca había adiestrado a ningún animal, a base de premios estaba consiguiendo que me obedeciera". Más que las galletitas que le daba, lo que motivaba a Punko en realidad era "la fiesta que montaba" su dueña cuando hacía que lo difícil pareciera fácil.

Gracias a esa complicidad mutua, el animal aprendió a recoger del suelo lo que a Ana se le caía, y con solo un año le abría las puertas y encendía la luz. La clave está en "respetar la naturaleza del perro. Nunca le pedí que hicera el pino, ni que me bailara una jota", explica.

Tras convertirse oficialmente en perro de asistencia, Punko aprendió también las habilidades propias de un perro de terapia. Otra vez se trataba de explotar su naturaleza, pues Ana observaba el cariño que le tenían los jubilados con los que se cruzaba de paseo. Entonces empezaron a visitar residencias de ancianos y las terapeutas se volvían locas al ver el efecto tan positivo que Punko tenía en los residentes.

Ana sabe que su perro es especial. Le sirve de gran ayuda, sobre todo en lo emocional. "Me ha obligado a relacionarme más, a integrarme mejor", confiesa. De él destaca su nobleza y su paciencia y disfruta viéndole jugar con 'Risa', la nueva de la familia, una "perrilla que había sufrido demasiado y ahora le tocaba empezar a vivir bien".

Timoteo, el compañero

A Timoteo casi lo atropellan. Era Semana Santa, hace 11 años, Paloma López y su marido viajaban de Madrid a Cádiz y pararon a repostar en Andújar. El coche tuvo que frenar en seco para no arrollar al bebecito peludo, mezcla de mastín, que recogieron y llevaron en brazos a la gasolinera, pensando que se les habría escapado.

Timpalo."¡Uy! Ahora van a aparecer muchos regalos de Reyes abandonados. Empiezan a crecer y ya no los quieren. Éste es solo uno más", cuenta Paloma que les dijo el gasolinero. La pareja se miró cómplice y metió al perro en el coche "con un bocadillo de chorizo para que comiera" con la idea de llevarlo a una protectora.

Antes de llegar a su destino, ya habían tomado la decisión de que en ausencia de chip se quedarían con aquel polizón al que llamaron Timoteo.

"No teníamos ni idea de perros. A mí me habían dado miedo toda la vida", recuerda Paloma. La veterinaria a la que visitaron, que era amiga, les advirtió de que Timoteo iba a ser muy grande y les recomendó que se lo pensaran bien. "Pero nos gastamos un pastón en el 'kit' del perro abandonado (vacunas, desparasitación...) y a casa".

Paloma reconoce que el principio fue duro, sobre todo el aprendizaje de los pises. Hubo noches que se pensó en "tirarlo por la ventana", bromea, pero tuvo la "paciencia" suficiente.

Timoteo es el ejemplo de un perro fiel, del compañero. Paloma, que ahora tiene 41 años, enviudó prematuramente hace unos años y a su perro le agradece que le haya dado "vida" desde entonces. "Me mudé a Barcelona y se vino conmigo. Es ya una parte de mí. Son 40 kilos de perro, es verdad que hay que adaptarse, pero me acompaña a todas partes".

Un perro no es un accesorio, no tiene que ir a juego con mi vestuario Dice que nunca le preocupó el pedigrí de Timoteo. "Un perro no es un accesorio, no tiene que combinar con mi casa o ir a juego con mi vestuario. Pagar por tener un perro, habiendo tantos abandonados, no está bien. Además, sinceramente, no creo que los quieras más".

Timoteo es "tranquilo y cariñoso", describe. "Jamás pensé que podría querer tanto a una cosa con cuatro patas".

Fermín, el recuerdo

"Cariño" y "tristeza" son las dos emociones que despierta en Silvia Ordás el recuerdo de Fermín. El pasado 1 de octubre, cuando la vejez hacía estragos en la salud de este perro de 16 años, la veterinaria lo durmió para siempre. Atrás quedan los recuerdos de un amigo que enseñó a su dueña "a abrir la mente, a conocer mejor el mundo animal y a valorar más la naturaleza".

Fermín.Silvia tenía 21 años cuando con su hermana, Laura, y la madre de ambas, Elisa, decidieron adoptar un perro y compartir juntas su crianza. Elisa —muy concienciada con el cuidado de animales abandonados— descartó desde un principio la compra de una mascota. Ya tenían planeado acudir a una protectora cuando llegó Fermín, una de las crías de la "chuchilla rubia, de esas que parecen lobitas" de un amigo de Silvia.

Con la vejez de Fermín todavía muy presente ("una parte de la vida del animal en la que mucha gente no piensa cuando los adopta o los compra"), Silvia hace recuento de los padecimientos finales de su viejo amigo color canela. "Con los perros no sabes cuánto les duele, ni dónde. Y con el tiempo se vuelven más y más dependientes", advierte.

Por su experiencia, Silvia cree que esta sociedad todavía tiene que dar pasos de gigante para considerarse "amiga de los animales". No ve normal si no "que no se pueda ni entrar en una playa con el perro o que no se pueda viajar con ellos en el transporte público". 

De nuevo, evoca a Fermín, al que le gusta imaginárselo en su plenitud y saltando al estanque de patos de El Retiro madrileño. "Le encantaba nadar", se ríe.