Nacho Vegas
Nacho Vegas, en su gira de La Zona Sucia. EFE

Soltar lastre, según sus palabras, era uno de los grandes objetivos que persiguió Nacho Vegas durante la creación de La Zona Sucia, quinto LP del asturiano tras ese lúcido y profundamente confesional llamado Manifiesto Desastre. Inició la reinvención cortando vínculos (no todos) con Limbostarr, su discográfica de toda la vida, y formando Marxophone junto a Fernando Alfaro y Raül Fernández, quien precisamente ejerció ayer de telonero con su grupo Refree y su peculiar cancionero interpretado en catalán. Tras ello, Vegas remató la jugada publicando a comienzos de año el esperado álbum, el más conciso y liviano que haya firmado nunca, el menos intenso y descarnado de su carrera.

Llegados a este punto, las paradojas se acumulan. Partiendo de la base de que Nacho Vegas pertenece al casillero de los elegidos, de genios afines a su espíritu como Lapido en este país o de Steve Earle al otro lado del Atlántico, de aquellos escasos músicos que son incapaces de grabar un disco malo o insustancial, resulta chocante que su cuota de popularidad se encuentre en su punto más álgido justo cuando más apartado, voluntaria y conscientemente, está de todo aquello que le definió, le engrandeció y forjó su personalidad musical. Esto es, la oscuridad, el dramatismo, la tormentosa divagación. También descoloca en él, un reputado cronista del infierno, que su disco más nítidamente enmarcado en una ruptura sentimental sea el más distendido y accesible. También es verdad que cada uno rumia sus pérdidas como quiere, o como puede, o como le dejan.

Con el pelo más corto que nunca, como si algo de lastre también se le hubiera podido aferrar a su habitual melena, como si su plan también exigiera una simplificación estética, el apasionado de Mike Leigh y Aki Kaurismaki, el indesmayable seguidor del Sporting de Gijón ofreció una actuación en el madrileño Circo Price muy acorde con los parámetros de La Zona Sucia. Los amantes de la coherencia debieron de salir flotando del recinto. Despachó, salvo La Comedia Humana, todas y cada una de las piezas que lo integran. Incluso, abrió con Cuando Te Canses De Mí y cerró con El Mercado De Sonora, a imagen y semejanza del álbum. Demasiadas reverencias, demasiada sumisión, seguramente, para una carrera tan amplia y deliciosa como la que firma desde 2001, desde aquel trozo de entraña ingenua, apocada y maravillosa llamada Actos Inexplicables.

Subyugante Maldición

Su tendencia a vaciarse siempre con su último disco y rescatar pocas composiciones antiguas, y en algún caso de manera repetida, parece más marcada que nunca, según lo visto. Varios lo hacen, conviene apuntar, pero no se llaman Nacho Vegas, conviene recordar. Así, El Hombre Que Casi Conoció A Michi Panero volvió a aparecer, y ocurrió lo habitual: la inspiradísima y flemática canción del Desaparezca Aquí se redujo a una pachanga, a una verbena indie, a un cansino jolgorio entre el público más bailarín. La rehabilitación para la causa de Maldición, como hace años sucedía con Gang Bang, parece consolidada en su repaso a Cajas De Música Difíciles De Parar, su criatura más siniestra, densa y turbia, la némesis indiscutible de La Zona Sucia. Ésta, en cambio, sonó bien, subyugante, necesaria.

Va A Empezar A Llover o Canción De Palacio fueron otros regocijantes guiños al pasado. Pero el instante más arrebatador del concierto, esos pequeños regalos que nos caen del escenario de tanto en tanto y que justifican la existencia de una velada y de casi una vida entera, llegó con Hablando De Marlén, la sobrecogedora Hablando De Marlén que registrara hace más de un lustro, esa sórdida y bucólica narración que tanto distinguía al primer Nacho Vegas, y que ayer llegó refulgente y melancólica, envolvente, ensoñadora. Algo inolvidable. Y entre ambas, lo dicho, monopolizando casi todo el repertorio, las canciones del último disco. La sensación es que dos trascenderán esta coyuntura, que dos tienen madera de clásico y vocación de eternidad. Se llaman La Gran Broma Final y Taberneros.

Sobra decir que el grupo, tras las exhibiciones desplegadas en la gira de Manifiesto Desastre, continúa en estado de gracia, notablemente  ensamblado, destacando Abraham Boba a los teclados y Xel Pereda, el artífice de aquel descomunal disco de Lucas 15, a la guitarra. Este último, por cierto, y cuando el mencionado corte final agonizaba tras una psicótica jam, arrojó la guitarra al suelo y se marchó aparentemente enojado. Ese malestar no pareció abundar entre la audiencia. Pero algunos quizá sí añoraron un poco de lastre y de melena.