Solía pasar por la habitación 142 a las diez y cuarto de la mañana. Cuando entré en el interior de la estancia, una gran mancha de café en el suelo y un montón de migas me recibían a modo de bienvenida. Sabía que al menos me llevaría media hora arreglar todo ese desastre pero nadie me había avisado que un súper mandamás llegaría justo a las diez y media.

Cinco minutos más tarde mi supervisora llamaba a la puerta y en un inglés zarrapastroso pude entender que un señor esperaba en el hall del hotel a que yo moviera el culo y me diera prisa en acabar la habitación. No sé por qué me había imaginado que por la puerta entraría el típico empresario entrado en años y con barriga cervecera despotricando sobre mi rapidez a la hora de hacer mi trabajo. Ni mucho menos.

Sonaron tres golpes antes de que me diera tiempo a abrir. Delante de mí y como una aparición me daba los buenos días un hombre de unos 35 años, de imponentes ojos azules y pelo rubio. Su boca suave y carnosa dejaba ver una perfecta dentadura traducida en una sonrisa envidiable. Esperar tres meses para ver a un autóctono tan perfecto había merecido la pena, sobre todo cuando me quitó el trapo de la mano y me acompañó al lavabo.

Por suerte hablaba español a la perfección. Me dijo que tenía las manos demasiado bonitas como para acabar limpiando la suciedad de la moqueta. Abrió el grifo y con un poco de jabón comenzó a lavármelas. ¡Jamás había vivido una situación tan excitante y menos aún con un desconocido! ¡Qué delicadeza al retirar la espuma! ¡Qué tacto al medir la temperatura del agua! ¡Con qué cariño me secaba las manos!

Sabía que la situación no era normal. Si mi jefa me pillaba iría directa a la calle pero para el tiempo que me quedaba trabajando para ella decidí obviar el problema. Totalmente secas las manos se las llevó a la boca. Con su lengua comenzó a lamerme todos y cada uno de mis dedos pero con el gordo se esmeró aún más. Era como si me estuviera haciendo una felación pero manual. Se sacaba el dedo de la boca y lo volvía a meter. Daba pequeños bocados. Lo lamía con su lengua. Yo quería hacerle lo mismo pero en otra parte de su cuerpo.

No hizo mucha falta suplicar. Cuando me quise dar cuenta se había desabrochado el cinturón y él solito se estaba masturbando. Pensé que era un auténtico depravado pero yo llevaba meses sin comerme un colín y ahora me iba a comer la reina de las barras.

Bajé sin pararme a quitar ni un botón de su camisa y me metí su pene en la boca. Simulé los mismos movimientos con la lengua que él anteriormente había hecho en mis dedos. Yo estaba aún vestida pero me apetecía tanto disfrutar el momento que me quité las braguitas que llevaba debajo del batín y comencé a masturbarme con el dedo aún mojado por las babas de Mr. Smith.

Ambos jadeábamos sin limitación sabiendo que la habitación estaba insonorizada. De repente, me apartó de su cuerpo, abrió su maletín y se puso un condón.

De un empujón me tiró en la cama y comenzó a penetrarme. Toda la sutileza que había tenido en el baño se perdió de camino a las sábanas. Me gustaba. Mucho. Él no paraba de mirarme las tetas, rebotando cada vez que salía y entraba de mi interior. No entendía muy bien por qué se quitó el preservativo para correrse en ellas. Debía ponerle cachondo el movimiento vertiginoso de mis pechos.

Fue una experiencia increíble, bueno...hasta que me incorporé en la cama y me caí redonda al suelo. El calor, el estrés, las ganas de echar un polvo... el destino se confabuló para que hiciera un viaje astral en el que me tiraba a un australiano impactante. Pena que sólo fuera un sueño fruto de un desmayo. Al incorporarme seguía allí el Mr. Smith. Tan impoluto como cuando le abrí la puerta pero... de sexo nada. Lo único bueno que me llevo aunque no lo recuerde fue su boca a boca para que recobrase la respiración. A estas alturas incluso lo puedo considerar sexo.

Mi mejor amiga y yo aún nos seguimos riendo cuando lo recordamos. Yo digo que fue un desmayo, ella sin embargo siempre dirá que hice "un viaje austral".