Troya, toda una inspiración
Muere Troya, la perra que ha ilustrado quince años de noticias y avances en los derechos de sus congéneres. Melisa Tuya

Ha muerto Troya a los diecinueve años, una perra cuya vida fue destacable en distintos sentidos, más allá de ser mi compañera durante casi quince años. En este tiempo ilustró con frecuencia todo tipo de reportajes en 20minutos, convirtiéndose en lo más parecido que puede haber a a un perro-periodista.

A lo largo de su vida acudió a numerosos eventos y actos de prensa en los que el denominador común era promover el bienestar de sus congéneres; el último, en 2018, en el Ministerio de Agricultura junto a la que entonces era titular del mismo, Isabel García-Tejerina, y al actual ministro de Interior, Fernando Grande-Marlaska.

Protagonizó presentaciones de libros como el cuento Galgui en librerías que normalmente no admiten animales. Acudió a colegios para explicar a los niños cómo deben interactuar con seguridad con los perros; ayudó en dos ocasiones a que niños con fobia a los perros la superasen en coordinación con los psicólogos que los trataban y procuró ratitos de alegría a varios niños con autismo. Cuando iba con ella a las ferias de adopción, era habitual que la reconociesen y se detuviesen a saludarla.

Ella ha sido motor e inspiración de muchos de los contenidos del blog que escribo, En busca de una segunda oportunidad, el primero sobre protección animal alojado en un periódico en España y que ha contribuido a procurar a este medio premios como los de Fundación Altarriba, Fundación Amigos del Perro o la Asociación Nacional de Amigos de los Animales (ANAA).

Y Troya sigue siendo una pionera que se adentra en tierras inexploradas para los canes incluso tras su muerte, al dejar constancia de su paso por el mundo desde una necrológica en papel impreso.

No obstante, los primeros cinco años de la vida de Troya no fueron fáciles. Arrastraba una historia de abandono y maltrato. Apareció abandonada por la sierra de Madrid, tan flaca que la bautizaron como Raspa. Tenía leishmania y decenas de perdigones bajo la piel. Aún peor, temía a casi todo: las escaleras, los hombres de mediana edad, el palo de la escoba... En muy poco tiempo lo había superado todo.

Me ganó cuando entré en su chenil y se tumbó con la cabeza sobre mi regazo, quedándose dormida casi al instante. Su muerte llegó de una manera semejante. Cuando la vejez había minado sus fuerzas decidió dejar de comer. Dos días después abandonaba este mundo sin ayuda, acompañada de mis caricias, tan dulcemente como lo pisó.

Su partida la ha dejado para siempre, además de en las hemerotecas, dentro de mí. La atesoro en mi memoria sabiendo que su existencia ha ocupado un rincón en muchos corazones. Adiós Troya.