Raúl García Castán
El corredor de montaña Raúl García Castán, durante su participación en el cántabro Trail Costa Quebrada 2012. RODRI GONZÁLEZ / CORTESÍA DE RAÚL GARCÍA CASTÁN

La montaña está presente en buena parte de los grandes relatos literarios  que entroncan con el deporte. Relatos de adversidades y superaciones, narraciones de esfuerzos y sacrificios. La vida misma expuesta a la acción de los elementos. Y en las cumbres, precisamente, se gestan las crecientes carreras por montaña, una modalidad atlética donde hay que correr, sí, pero también gestionar las barreras que impone la orografía porque no siempre es factible aferrarse a la alta velocidad. 

En las montañas y sus carreras, de los que las rodea y lo que las alimenta transcurre el hilo argumental de Con los pies en la Sierra (Xplora), la obra con la que Raúl García Castán (Segovia, 1970), uno de los mejores corredores de monte, cinco veces campeón de España y una de Europa, el Raymond Poulidor de la Zegama-Aizkorri, debuta en el mundo literario. Un deportista de élite (sin serlo, porque compatibiliza con la vida laboral y, por supuesto, con la familiar) en una modalidad tan creciente como aún minoritaria ciertamente muy ilustrado. Un trovador con zapatillas.

Las agujetas son la memoria del cuerpo, la conciencia del músculo; son una suerte de resaca de la orgía deportiva

Un estreno el suyo, curioso y sorprendente, que rompe con muchos mitos y clichés que niegan la posibilidad de aunar inquietudes deportivas y, en sentido amplio, literarias. Lo cultural y lo deportivo no tienen porqué estar reñidos. Muy al contrario, pueden ser buenos, magníficos, aliados.  En sus páginas, una especie de diario, "modesto andamiaje lingüístico", nada de consejos o métodos, Castán elogia al sudor y al esfuerzo. Allí loa al sufrimiento. Se lamenta de las lesiones y los consecuentes quirófanos. Cavila sobre el hecho de correr y competir. Reflexiona sobre los orígenes de la que es su pasión deportiva e incluso sobre cuál cree que debe ser su futuro. Muestra sus dudas, sus miedos, sus costumbre previas a una competicón. Y tampoco se olvida del humor.

"Cuando uno lanza un mensaje en una botella, que no otra cosa es al final escribir un libro, que alguien lo encuentre y se identifique emocionalmente con su contenido es la mayor recompensa a que un autor puede aspirar", indica el segoviano, forjado en colaboraciones periodísticas con publicaciones especializadas y prensa regional. Y tímido. "Uno, qué se le va a hacer, es tímido; y la timidez es una variante del miedo", escribe.

La curiosidad vital

¿Por qué de ese vínculo intenso entre montaña y escritura? "Aquel que siente verdadera pasión por la montaña, y la convierte de una manera u otra en su modo de vida, debe ser, si este sentimiento es sincero, una persona de cierta sensibilidad y sobre todo un gran curioso, un buen observador exterior e interior, pues la pasión por la montaña nace, fundamentalmente, de la apreciación de su terrible belleza estética por un lado y de su terrible belleza épica por otro. Y resulta que un escritor es básicamente, fundamentalmente, eso: un gran curioso. Dice uno de mis referentes literarios, Francisco Umbral, que un escritor es, sobre todo, pupila y muñeca, esto es, observador primero y ante todo, y eficaz transmisor luego a la hora de saber reflejar con belleza, con gracia, con estilo aquello que ha observado. Supongo que por esa razón hay buenos montañeros que además son buenos escritores", reflexiona Castán.

El de La Granja de San Ildefonso es uno de los mejores corredores de montaña de España; se acercó a este deporte ya entrado en la treintenaEl paso delante del corredor castellano-leonés (el primero, el de correr, se dilató hasta pasada la treintena) llegó por culpa, o tal vez habría que matizar "gracias a ", una lesión en el tendón tibial posterior del pie derecho que le obligó a pasar por el quirófano y le mantuvo parado durante todo 2011. Castán sintetiza el proceso: "Desde que tengo uso de razón me conozco con un libro en las manos, como apasionado, compulsivo lector primero y luego, como inercia de esa pasión por la lectura, con la idea de intentar escribir. Es, salvando las distancias, como cuando a alguien le gusta el futbol y lo ve por la tele. Lo que desearía realmente es poder ser el quien juega de verdad, ahí abajo, en el campo. Eso me pasaba a mí".

Y prosigue: "Yo quería emular a mis héroes, o mejor dicho, a mis maestros de la literatura creando algo a partir de la arcilla de mis pensamientos y mis sentimientos. Eso es casi como jugar a ser Dios. Lo que pasa es que todas las cosas tienen su momento preciso y a veces el azar que domina las circunstancias no es propicio. En mi caso lo fue cuando como consecuencia de mi lesión estuve un año en el dique seco. Ese fue el punto de inflexión que me determinó a intentar o que tanto tiempo llevaba pensando". Dice sobre él Fabián Roncero: "Raúl García Castán es a la montaña, lo que el agua a los ríos, lo que el aire a la vela, lo que la llama al fuego, lo que la altitud al pico".

Reflexiones de un deportista

Resulta que un escritor es básicamente, fundamentalmente, eso: un gran curioso

"El sudor es el llanto del cuerpo", escribe en un pasaje. "Así como el cerebro tiene su memoria, las agujetas son la memoria del cuerpo, la conciencia del músculo; son, en fin, un suerte de resaca de la orgía deportiva", relata más tarde. "Corre por afición te quita tiempo y dinero, eso es indiscutible, pero el producto resultante de tal inversión sale baratísimo, porque la felicidad no se compra con dinero", manifiesta después.

"Con las piernas no puedo pensar, pero con la mente sí puedo correr", proclama. "La distancia real entre el momento en que un cuerpo manifiesta mediante el mudo grito del dolor que está agotado y el instante en que definitivamente lo está de verdad es considerablemente mayor de lo que puede apreciarse a simple vista", defiende.

Muchísimas frases que hacen parar, releer y asentir. Afirma Castán que "sólo el camino por recorrer existe". Y en esa aventura, el disfrute de la vida misma: "Ahora, cuando el alma y la piel se me han encallecido a partes iguales, y aún a sabiendas de que no encontraré paraísos perdidos, sigo subiendo a buscarlos, porque he comprendido al final que el premio no está en el hallazgo, sino en su búsqueda".