Damiano Cunego
Damiano Cunego, seguido por Danilo di Luca, atraviesa uno de los túneles finales del terrible Zoncolan, etapa reina del Giro 2007 (EFE). EFE

Han pasado ya tres años desde que un jovencísmo Damiano Cunego se subió a las barbas de su teórico jefe de filas, por entonces el incombustible Gilberto Simoni, para sorprender llevándose la general de un Giro, el de 2004, que le aupó a primera línea del ciclismo internacional. Y todo, con 22 años.

Pero desde entonces el ciclista de Cerro Veronese, conocido como el pequeño príncipe, se ha estancado. O eso dicen. Lo cierto es que el éxito de ese Giro triunfal le llevó a generar muchas expectativas que no ha podido cumplir. O lo cosechado no ha satisfecho el nivel de exigencia que le asigna la afición.

En esta Vuelta a España, a la que llega muy descansado tras no disputar el Tour 2007 por agotamiento (acabó quinto en el Giro de este año, que se le acabó haciendo muy largo), buscará una nueva grande para su palmarés. Y como aspirante llega. Habrá que ver si se toma la carrera en serio o únicamente piensa en el mundial de Stuttgart.

Ama el motor

Se ha criticado, muchas veces en exceso, su tendencia a disfrutar de otras pasiones, como los coches. Hijo de un mecánico, para él el motor es algo más que una afición. Le encantan los coches de la marca Ferrari y vibra con la velocidad. No es su única afición. Otra es el hockey sobre hielo, un deporte que practicó con cierto éxito en su niñez.

Lo seguro es que, a su manera, cada temporada Cunego no ha dejado de ganar y seguir sumando para el palmarés. Y de que hay madera de campeón, no se sabe hasta que nivel, pocos pueden dudar.

Su maillot de mejor joven en el Tour 2006 demuestra que, además de escalar muy bien, su principal virtud junto a una punta de velocidad muy interesante, tiene regularidad. Y esta virtud, la de ser constante, es básica para ganar una carrera de tres semanas.