La opinión de Elías Israel: El Madrid es campeón y el VAR, una castaña

El Real Madrid celebra el triunfo frente al Sevilla.
El Real Madrid celebra el triunfo frente al Sevilla.
EFE

Si le hablan de remontadas épicas, lo normal es que, esta temporada y casi siempre en su historia, uno se esté refiriendo al Real Madrid. Cuando se siente zarandeado, el Madrid es capaz de cambiar el signo de cualquier partido. El Sevilla, en una gran primera parte, abrió una brecha de dos goles, pero el equipo de Ancelotti ha hecho de los milagros futbolísticos una forma de vida. En el estadio en el que no había ganado ningún equipo, el Madrid remontó un 2-0 con un segundo tiempo portentoso, posiblemente el mejor de la temporada. Y eso que había jugado una prórroga contra el Chelsea. Se comió a un Sevilla empequeñecido por el caudal futbolístico blanco y por las recaídas físicas de jugadores importantísimos: Papu Gómez, Martial, Acuña… El corazón blanco volvió a imponerse.

Desde la perspectiva del equipo blanco, cuarenta y cinco minutos primorosos, con la frescura de Rodrygo, que se convirtió en un quebradero de cabeza y la jerarquía de Benzema, que está tocado con la varita de los elegidos esta temporada y que se va a llevar el Balón de Oro de calle.

Lo malo del futbol de hoy en día es que el VAR ha venido a cargarse este deporte. Ya nadie sabe lo que es mano punible y lo que no. La de Diego Carlos, que nunca sería penalti en el fútbol de siempre, se ha pitado en otros encuentros. El gol anulado a Vinicius, con un control legal, rozó el surrealismo. Si al “carajal” del VAR le unes un arbitraje pésimo como el de Cuadra Fernández, el fútbol ya no tiene un pase. La segunda amarilla que perdonó a Camavinga fue escandalosa.

El Madrid consiguió otra remontada de campeonato, que festejó casi como lo que es, el próximo campeón de Liga, a falta de oficializar el alirón. El Sevilla, dolido y deprimido, va a tener que sudar tinta para alcanzar la cuarta plaza.

Lo de los criterios del VAR es un problema serio para el fútbol y, sobre todo, para los árbitros, que se convierten en la mayoría de los casos en títeres del monitor y del compañero que lo maneja. Antiguamente se pitaba, bien o mal, lo que se veía; en el fútbol de hoy se pita, mal que bien, lo que se oye por un pinganillo. La jornada, a nivel arbitral, ha sido un auténtico despropósito y los clubes se están jugando las castañas, pendientes de la interpretación de una máquina casi “diabólica”.

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