"Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos", nunca lo dijo Simón de Montfort

"Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos", nunca lo dijo Simón de Montfort

Guillermo Fatás
GUILLERMO FATÁS CATEDRÁTICO DE HISTORIA

Simón IV de Montfort fue un importante jefe de guerra del siglo XIII. Ganó, entre otras muchas, la trascendental batalla de Muret en septiembre de 1213, en la cual un notable jefe enemigo combatió personalmente y halló la muerte: Pedro II de Aragón, monarca caballeresco que defendía a sus súbditos albigenses del sureste francés, sin atender a la excomunión del papa. (Paradójicamente, la historia lo recuerda como Pedro II el Católico). Es decir, que puede tenerse a Montfort como el brazo armado de la Iglesia que acabó con la vida de aquel rey hispano, con cuya muerte declinó la presencia de la Corona de Aragón en Francia.

Alguien preguntó cómo distinguir a los buenos católicos de los perversos cátaros

Aunque Monfort pasa a menudo por ser el autor de la brutal frase, arquetipo de las barbaridades con aroma religioso, la única (y dudosa) versión documentada de esta perla del fanatismo aparece originariamente en boca de otro personaje: Arnaud Amaury, un monje cisterciense que había sido anteriormente abad del monasterio catalán de Poblet. El papa Inocencio III lo nombró su legado personal para encabezar una cruzada guerrera contra los herejes cátaros, que se multiplicaban rápidamente en el Midi, también llamados albigenses (por la ciudad de Albi, aunque eran bastante más relevantes Toulouse o Carcasona). El papa concedió a los combatientes católicos los mismos beneficios espirituales que a quienes luchaban en Tierra Santa para rescatar del islam los lugares santos de la cristiandad.

Las tropas papales, en las que militaba Montfort -que poco después sería su temible caudillo principal-, asediaron con éxito la plaza fuerte de Béziers en 1209. En el momento de entrar a saco y pasar a cuchillo a los rebeldes, alguien pregunta cómo distinguir a los buenos católicos de los perversos cátaros. A lo que Amaury contesta: “Matadlos a todos, pues Dios ya conoce a los suyos” (Caedite eos, novit enim Dominus qui sunt eius).

El único texto que recoge esta supuesta orden es el de un monje alemán llamado Cesáreo de Heisterbach. Erudito poco fiable, redactó un libro sobre milagros en el que también se recoge este suceso. Escribió la obra entre 1219 y 1223, pero no estuvo presente en la campaña. Por el contrario, cinco cronistas distintos, minuciosos y testigos de los hechos varios de ellos, recogen muchas anécdotas y detalles de la guerra, pero no esta frase. Cesáreo, por lo demás, fue autor nada crítico y, por si faltase algo, pone la pregunta en boca de unos soldados de conciencia preocupadiza cuando, por el contrario, fue iniciativa de la tropa entrar a saco y cuchillo en la plaza.

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